Domingo, 17 de Diciembre de 2017
10:46 CET.
Cine: Hollywoodenses

'La piel que habito': el extraño caso de los dos Banderas

El doctor Robert Ledgard (Antonio Banderas) ha creado un nuevo tipo de piel, mucho más resistente y moldeable que la piel humana. La injerta en el cuerpo de una paciente que, por cuestiones que veremos más adelante, vive prisionera en los aposentos de El Cigarral. Esa hacienda cuenta con un quirófano moderno y todos los adelantos de la ciencia médica: El Cigarral es una especie de policlínico andaluz del doctor Frankenstein.

La paciente pasa los días en su celda, enfundada en un leotard cárnico que le ciñe el cuerpo como un capullo. La trama de costurones permite imaginar alguna pieza de la colección bondage de Jean Paul Gaultier cortada a la medida del Dimaxion de Buckmisnter Fuller.

Asimismo, la severa geometría de El Cigarral conecta tétricos y sublimes ambientes por medio de un sistema de intercomunicadores. En la cocina hay una pantalla por donde Marilia (Marisa Paredes), asistente médica y cancerbera del doctor Ledgard, vigila a la convaleciente. Pasan los meses y los años y la vida sigue igual en el policlínico andaluz: la vieja vela; la reclusa se entretiene enmarañando muñecos de estambre.

Un Día de los Muertos —conocido en la España como Halloween— aparece a la puerta de El Cigarral un extraño personaje de piel moteada y cola luenga, en atuendo de tigre. Su nombre es Zeca. El ama de llaves lo recibe con frialdad, después le pide que se largue. El tigre, en cambio, pide de comer. Fuerza el paso a la cocina y descubre en pantalla a la bella operada. Cree reconocer en ella a la esposa del doctor que, seis años atrás, pereció en un accidente automovilístico mientras Zeca conducía. El carro se incendia y la mujer queda achicharrada.

Si el tigre es un bruto con acento carioca y cuerpo de fiera, se debe a que la vieja lo parió en Brasil en sus años mozos: Ledgard y Zeca son hermanos. Ahora, frente a la imagen televisada de la paciente, Zeca arde en deseos de follar una vez más a la mujer del cirujano. Cuando la vieja se interpone, el tigre la amarra, la amordaza, y parte en busca de la habitación premiada. Lo que encuentra por fin, en el cubículo estéril y posmoderno, es el odioso resultado de un largo e inhumano experimento.

La hija boba

Norma Ledgard (Blanca Suárez), que es la hija adolescente del doctor, padece de los nervios. Ha vivido ingresada en un sanatorio buena parte de su vida. Un día le dan permiso para asistir a una fiesta de sociedad, donde conoce a Vicente (Jan Cornet), un chico cualquiera, hijo de la modista local. Por esas cosas de las tragedias, al infeliz le toca bailar con la más fea. Mientras sus amigotes se divierten con jevitas normales bajo los árboles de un jardín de las delicias, él se enreda con la orate, que, sin dejarse penetrar, cae despatarrada en el césped.

El doctor Ledgard la encuentra, y supone que la han violado. Parte tras el supuesto violador, lo acorrala en la carretera, lo atropella, lo conduce amarrado a El Cigarral, lo encierra en una mazmorra. Normita, siguiendo el ejemplo de su madre, se lanzará también por la ventana del sanatorio. En venganza, el doctor practica en el pobre Vicente una vaginoplastia radical. Va envolviéndolo en la piel de zapa que ha patentizado, hasta convertirlo en la nueva, total y definitiva chica Almodóvar.

Su nombre será Vera, Vera Cruz (Elena Anaya), que es quizás otro nombre de la Macarena. Sin embargo, la revancha de Ledgard no estará completa hasta que Vera Cruz se le entregue, hasta llegue a amar incondicionalmente a su Pigmalión.

Sr. Banderas & Mr. Flags

Con su estreno en Los Ángeles, el filme La piel que habito, de Pedro Almodóvar, regresa al lugar de residencia del verdadero Dr. Robert Ledgard, que no es otro que el marido de Melaine Griffith, el transformista que presta su acento castizo a la abejita del irrigador nasal Nasonex y al Gato con Botas de los animados de DreamWorks. Esa circunvalación —como si dijéramos, de la Ceca a la Meca— es el auténtico asunto de la película.

Si consideramos que el doctor Ledgard es interpretado por Antonio Banderas, y que Banderas es el original "chico Almodóvar", entenderemos que La piel que habito es el regreso del hijo pródigo, o su vuelta a la actuación en castellano —es decir, en cristiano— luego de décadas de chapurrear inglés hollywoodense.

No hay nada más antinatural que un actor andaluz en Beverly Hills. El idioma de Bogart y de Cooper se retuerce en labios malagueños, sufre de convulsiones en boca de sevillanos. De manera que un artista de la talla de Banderas ha llegado a ser el hazmerreír de los gliteratti de Hollywood, el gachupín insufrible, apenas redimido por el avatar latino con que el actor se presenta las noches de Oscares.

Vera Cruz es Banderas. Lo que es decir, el transformista que abandonó su piel para injertarse en el pellejo de Hollywood. Es lo que le pasa a quien muda de cuerpo y de lengua para ir a calarse en otro espacio y otra esencia. Esta es la tragedia de un exiliado de sí.

Banderas en Hollywood ha sido una suerte de gitano de matiné, pero el Banderas casi irreconocible de La piel que habito es otra vez un galán extraordinario y un gran actor. Solo la vaginoplastia y la castración de Vicente podían darnos la idea cabal de la transformación de Banderas vista desde la perspectiva del séptimo arte. Y Almodóvar, que es la madre de ambos, ha querido juntarlos en una de sus mejores películas.

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