Lunes, 11 de Diciembre de 2017
14:23 CET.
Ciudades del verano

Lisboa

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Primero (hasta donde consigue remontarse la memoria) la llamaron Alis Ubbo, que en lengua fenicia significa Puerto Encantado. Luego, por corrupciones y por cambios, por estos nombres sucesivos: Olisipo, Olisipona, Lisipona, Lisbona, Ulixbuna, Luxbuna, Lixbõa, Lisbõa. Hasta llegar, por fin, a un nombre domesticado de pocas letras, tal como se recomienda ponerle a los perros. Como llevan por el mundo tantas capitales: Roma, París, Lima, Berlín, Rabat, Moscú, Pekín, Sofía…

Fue, según las leyendas, una de las ciudades fundadas por guerreros que regresaban de la caída de Troya. En la versión más socorrida de la leyenda, la fundó Ulises. O un nieto y una biznieta de Ulises, tal como apunta Alfonso X el Sabio. En cualquier caso, sangre de Ulises, de viajero azaroso y desnortado, pero que termina por arribar.  Y para cuando se tambalee el mito y vengan a desmentirlo los vestigios de ciudades anteriores al paso del rey de Ítaca, quedará todavía una coartada. Puede encontrársela en Eça de Queiroz: si bien Ulises no fundó la ciudad, sí que fundó el espíritu de quienes la habitan. (Gracián hizo en El Criticón esta alabanza: "jamás se halló portugués necio, en prueba de que fue su fundador el sagaz Ulises". ¿Sagacidad portuguesa?, cabría preguntar hoy, pero no entonces, cuando estaba a la vista el imperio transoceánico que habían alcanzado.)

Pasaron por allí celtas, fenicios (hay vestigios fenicios bajo la catedral), griegos, romanos (las termas se alzaban en la actual Rua da Prata), romanos (hacia Roma exportaban vino, sal, caballos y garum, ese compuesto a base de pescado sobre cuya receta no consiguen ponerse de acuerdo los historiadores), suevos, visigodos de Toledo, árabes (la ciudad tuvo mezquitas y su más antiguo barrio lleva un nombre árabe: Alfama), vikingos, españoles…

Se acumularon, junto a la leyenda de Ulises fundador, las mitologías de la ciudad y del país. "Atlántida desocultada", han sido llamados.  Jardín de las Hespérides, sitio secreto de los caballeros templarios diseminados, lugar al que alguna vez volverá el rey Sebastián, que en verdad no murió en la batalla de Alcazarquivir y a quien espera una tumba vacía en el Monasterio de los Jerónimos… Portugal y Lisboa comparten con España las leyendas acerca del fin de la tierra.

Más antigua que Roma, Lisboa se alza también sobre siete colinas. Las ciudades montuosas permiten imaginar mejor cómo pudo haber sido el sitio originario. Pues la imaginación trata mejor con montañas que con llanuras, construye bosques para esas montañas y, entre ellas, un valle.

De las siete colinas lisboetas, algunas son volcanes apagados. Así, cuando subimos a uno de los miradores de la ciudad, la maravilla está no solo ante la vista, sino bajo nuestros pies, en el viejo apagado volcán. La ciudad fue, antes de toda certidumbre o leyenda sobre su fundación, un campo de volcanes.

La destruyó en 1755 un gran terremoto. (Quien sienta curiosidad o placer por las ruinas, que visite la Igreja do Carmo o Iglesia del Carmen. Allí podrá pasearse bajo la nervadura de los arcos preservados, un cielo arquitectónico esbozado por un delineador.) La ciudad fue destruida y reconfigurada. El Marqués de Pombal hizo sustituir el trazado de callejuelas medievales de la Baixa por un trazado racional. O mejor dicho, de otra racionalidad: reticulado en lugar de laberintos.

Con ese terremoto y gracias a Voltaire, Lisboa entra en lo que podría considerarse una historia europea de los temperamentos. A la devastación de la ciudad opone uno de los personajes del Cándido, el doctor Pangloss, un optimismo a ultranza, caricaturesco. Puede que Dios juegue pesado con los hombres (si es Dios quien se encuentra detrás del terremoto), pero, así y todo, vivimos en el mejor de los mundos posibles.

A tanto optimismo remachante cabría agregar (dentro de esa hipótetica disciplina que es la historia europea de los temperamentos) la sensación de lontananza que despierta la visión del estuario del río Tajo (llamado Tejo aquí, que es casi un mar), la intraducible saudade.

Gorrión, podríamos aproximarle en lengua cubana. Morriña, en prestámo del gallego cercano. Pero incluso las más avezadas traducciones del portugués conservan la palabra, y es breve este espacio y poco mi atrevimiento como para dar un equivalente o ponerme a desentrañarlo. Eduardo Lourenço (que ha sido para lo portugués equivalente al Octavio Paz que explica en El laberinto de la soledad y en Postdata lo mexicano) le ha dedicado ensayos que se leen con gusto.

Saudade: lo que debió sentir Ulises, aquello que lo empujara, pese a Calipso, pese a todas las delicias encontradas en su camino, a regresar a Ítaca, a conversar como mendigo con su criador de puercos.

Saudade: lo que despiertan, no solo las páginas que escribiera, sino también las fotografías de paseante lisboeta de Fernando Pessoa. Pues antes de que tuviese yo noticia del paso por allí del rey de Ítaca, Lisboa para mí había sido fundada  por Fernando Pessoa. Las dos calles alquímicas, del Oro y de la Plata, existían porque había imágenes en que él las caminaba. El café Martinho da Arcada abría sus puertas a la Praça do Comércio porque allí estuvo él y le tomaron una de las fotos más triste de escritor que haya yo visto, envejecido, solísimo y seguramente borracho.

En un rincón de ese café de hojaldres tan recomendables, lo recuerda un azulejo. En el Chiado, junto a la puerta de otro de sus cafés favoritos, A Brasileira, tiene estatua y mesa. (El fanatismo de los lisboetas por el café no iba a hacerlo de bronce sin agregarle alguna superficie donde él pudiese dejar los periódicos y la taza.) Un obelisco, en el Monasterio de los Jerónimos, guarda sus restos. Cada una de las caras del obelisco está dedicada a uno de sus heterónimos. Y para que cupieran todos habría sido necesario recurrir a una geometría mucho más complicada.

El protagonista de una hermosa novelita de Antonio Tabucchi, Réquiem, de visita en la ciudad en medio del verano, encuentra a Pessoa. Lisboa está vacía, los amigos a los que él busca parecen haberse ido, aquellos que encuentra están muertos y le hablan, y al final de la noche, en un restaurante, lo espera Fernando Pessoa. Hace tiempo que la leí, entonces me pareció fidelísima al ambiente de la ciudad pero, ahora que la recuento, me temo que ese final peca de alegórico y puede echar a perder el resto del libro. (Otra novela de Tabucchi, Sostiene Pereira, cuenta oblicua y discretamente la Lisboa de la dictadura de Salazar. Lo oblicuo y lo discreto son rasgos eminentemente portugueses.)

Pessoa es, no solo el fundador de Lisboa, sino su caminante único, el último parroquiano delante de su aguardiente. Los turistas revolotean alrededor de su estatua del Chiado, se sientan a su mesa, le tocan confianzudamente el sombrero, llegan hasta a sentársele sobre las piernas. (Hablando de estatuas, hace unas semanas vi en Santander el gesto más delicado que pueda tenerse con una de ellas. Era la de Gerardo Diego, de frente a las playas santanderinas. Una mujer le puso un pañuelo alrededor del cuello y estuvo mirándolo un buen rato, sin sacar foto alguna.)

Lisboa-La Habana

Llegué a Lisboa por primera vez y faltaba poco para que amaneciera. La ciudad estaba tan vacía como en la novela de Tabucchi.

Podría detenerme en la conveniencia de arribar a tal o cual ciudad a determinadas horas. La impresión que entonces nos hará puede pesar muchísimo en cómo la apreciaremos. Yo sorprendí a Lisboa la primera vez metida en la cama. Venía del norte, amanecería en una hora y caminé por sus calles vacías. Vi, a lo largo de esa mañana, cómo se animaba.

Vi cruzar, impulsado desde la pantalla de un cine silente, el primer tranvía.

De esa mezcla de sueño y desperezamiento no ha dejado de estar hecha Lisboa para mí, a pesar de cuánto la he revisitado. En ocasiones he viajado hasta ella muy temprano en la mañana para volar de regreso esa misma tarde, por estancias de unas pocas horas que dejan, como aquella primera impresión, la incertidumbre entre sueño y vigilia.

Hace un par de años, en un bar de Madrid creí haber comprendido cuánto significa Lisboa para mí. (No hay disculpa  en el alcohol, porque iba por el segundo.) Esperaba a alguien en aquel bar y en el televisor, en el infaltable televisor de los bares madrileños, aparecieron imágenes de playa, que entendí cubanas. Las entendí del mismo modo que, en los cristales de las agencias de viaje, alcanzo a ver sin ver el nombre de La Habana.

¿Debía apuntar hacia la pantalla con el júbilo de un vigía en lo más alto del palo mayor? Me lo pregunté después.

Un rato más tarde, otras imágenes: Lisboa. Y, contrario a lo que me ocurriera con las habaneras, sentí aprensión por no estar allí, en Lisboa, en ese mismo momento.  Urgencia de dejarlo todo y volar a Lisboa. Saudade, si pudiera explicarlo y explicarme.

Luego (pero esto fue un consuelo posterior) me he dicho que tengo el término exacto para lo que siento por Lisboa y por Oporto y Portugal. Y que, pese a mi mayor conocimiento del idioma, no hay palabra para lo que pueda sentir por La Habana, que no está (por piedad o por prudencia) en las rachas de sueños que recuerdo, y a la que no encuentro en ninguna añoranza que me haga volver la cabeza.

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