Jueves, 14 de Diciembre de 2017
18:19 CET.
Centenario de Lezama Lima

Lezama Lima o la muerte de Narciso

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Nacer es aquí una fiesta innombrable.

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En dos ocasiones había intentado la lectura de Paradiso. No había podido pasar de los primeros capítulos. Para mí aquello era impenetrable. No tanto por la dificultad casi irreflexiva o la forma detenida en imágenes caprichosas como colores de pecera o imponentes como ruina. Ruina, aquí, en cierta mirada, es un espacio también habitable; pero sólo como pasado, porque como pasado es esplendor y como presente imposible. No, no era la dificultad de la tarea/ del toreo. Dificultad anticipada en los ensayos y la poesía de Lezama. Dificultad, en cierta medida, anticipada con gusto, porque por supuesto lo barroco es tanto un despliegue como una mirada. Yo tenía esa mirada. No, no era eso. La impenetrabilidad de aquello, en el fondo, tenía que ver con un confesado desasosiego —desdén— por lo narrativo. Así, la dificultad de la novela era apenas incidental en esa otra mayor dificultad donde asomaba, como desdén por lo narrativo, una más peligrosa y compleja decepción con la historia. Quizá en una novela mi marginalidad, de por sí suficientemente áspera, entraba en cuestión. En una novela la marginalidad accede, complacida, a ser rescatada por lo histórico, pero como sometimiento y como arrojada constatación de cierta mala fe, como hay que decir, o como había que decir hace unos años. Porque en esa lectura, en esa novela, en aquello, en lo histórico, no había una solución de continuidad con lo implacable, que era la historia, con su línea y su progreso. Tampoco quedaba, en quien leía a pesar de un irremisible y asumido anacronismo, la resolución necesaria para integrarse en la continuidad. Yo no era romano en la época de César. No fui ciudadano hace dos siglos. Hoy no pertenezco a la compañía, que es en nuestros días el puente entre dos ríos, pues ya no hay orillas. Ni la compañía ideológica ni la compañía comercial, el anonimato de los intereses o de los censores no me pertenece ni me interesa.

8

Una cosa es perderse en un mapa y otra, muy distinta, entrar sin mapa al territorio y pasear frente a la risueña dentadura del caníbal. Una cosa es la cartografía y otra el territorio que no se verifica como mera extensión y que no confunde al conquistador con el arqueólogo disfrazado de conquistador. Leer a Lezama y perderse en su remota sintaxis, en su cabrilleo verbal, entender poco o mal o nada de su desmesurado encabritarse a  partir de cualquier frase, no poder seguir la flecha lanzada desde un arco más armonioso en tensión, ni saber siquiera que las frases son lanzadas como flechas o halcones obedientes, no poder o no saber leer a Lezama leyéndolo es un aprendizaje imprescindible. Un aprendizaje más valioso y necesario que la lectura desentrañante de lo concebido sin acto, como mera fatalidad de sentido. Porque es posible conocer ciertos textos no leyéndolos, así de improbable es su aventura. Pero es posible también entregarse a otros sin llegar nunca a saciarse de sentido y como para conocerlos a gusto, saboreando lo disponible y deseando el resto. Es ésta, para mí, una enseñanza de Lezama. Otra enseñanza complementaria: desprenderse de lo que llega sólo como curioseo aritmético o domada superficie. No la cuantitativa mesura del circunspecto decir o la cifra desconfiada pero torpe del no decir nada, como niño que ha robado mal un caramelo. Una eficiencia geométrica de progresión. Entrar por múltiplo al delirio, al decir de relampagueantes y lobunas secuencias, atrayendo detrás del discurso que abre paso a unos cerrándoselo a otros.

No son, estas enseñanzas, axiomas que se desprenden como por gravitación de todo lo barroco. La sensualidad barroca no excluye las más diversas superficies ni los más divergentes latidos bajo esas superficies que van hacia el tacto. En el barroco cubano, por ejemplo, no es posible confundir a Carpentier con Lezama. Entre esos dos estilos, uno de piezas y otro de retazos, hay un salto: de un barroco natural a un barroco formal, de un código genético a un código programado. Uno surge y otro tiende. Uno no se aparta de la voz atravesada por sus propias conversaciones: si es informada es también informe y relaciona siempre, como rozando, lo ascendente de la idea con la presencia inmediata y cotidiana; otro se aplaza al derrochar las frases, como reconociendo medidas y exigencias ajenas al deseo, moviéndose más bien para evitar su inconfesable inclinación al rococó.

El barroco natural como valencia negativa, alteridad con lo natural mismo, que es no ir hacia donde no se puede llegar. El barroco formal tiene acceso a su propio límite: su meta no es su metáfora como dinamismo sino como stasis. Puede exceder su propio límite, pero para quedar dentro del marco, para actualizarse por substracción, lo elastiza. Ilimita su límite: su metáfora es llegar a la meta pero para lanzarla siempre más allá y así permanecer como exceso incumplido, improbable.

Como sumar dos más dos para llegar a cinco o sumar dos más dos para no llegar a tres: propósito y despropósito tienden a lo mismo en la medida que lo mismo no lo es. Esto es claro. Uno tiene tendiendo, otro tiende teniendo. En uno riesgo es rigor, en otro rigor es riesgo. Uno tira la mano y esconde la piedra, otro estira la piedra y esconde la mano. Elasticidad de cascada contra elasticidad de extensión.

9

Sí, en esta tercera ocasión, al fin, había leído Paradiso. Y se deshizo su impenetrabilidad. ¿Por qué? Pienso: leí aquello como cordialidad, como algo de cierta intimidad. Había leído a instancia de Lorenzo García Vega. Discutiríamos aquello. Como crónica, como documento. Hablaríamos, hemos hablado del reverso de Paradiso, su infierno humano, tan laberíntico y a la vez desolado como su esplendor verbal. Laberíntico y desolado: en el fondo, en el centro, estaba Lezama. Lezama/ Minotauro.

[…]

12

Estamos en los primeros días de agosto. He escrito un párrafo sobre Paradiso. El comienzo, me digo, de algo que verdaderamente refleje una lectura, un encuentro.

"Son personajes que tienden a la inmovilidad, como el elefante cuando es de marfil. Así, la novela finiquita espesamente, en una asombrosa nocturnidad como de agua ya tiñéndose al traspasar lo bien molido, hasta celebrar, con el café, el apogeo de  lo diurno. Porque en la creciente inmovilidad de Cemí, que es quedarse solo, como el ídolo aborigen cuando ya no quedan ni areítos ni aborígenes, el final es una silla nada empírica, por lo habitual, una mesa, y una taza de café con leche. Sentado, solo, el tintineo de la cuchara en esa taza reconstruirá cierta ausencia, que es la novela misma, que en ese instante acaba (de comenzar). Hay que preguntarse entonces qué es una novela, qué es esa novela que acaba (de comenzar). Porque no se trata de una adivinanza en medio de una pesadilla formal, sino sobre todo de alguien que se ha adivinado, que así, se ha colocado al margen para establecer su cotidianidad en la confluencia de lo diverso, y que se sienta como para configurar, de pasada, un cuadrilátero con la silla, la mesa y la taza de café con leche. Entrar en esa figura es más que discretas alusiones al barroco; es más que cierta inteligencia que aspira a no excederse; es más que la evitación laberíntica del laberinto, que se entrega con el heroísmo de lo que se deshilvana sin negaciones".

[…] 

14 

Lunes 9 de agosto, 1976.

Pienso en el comienzo del proyectado y luego abandonado estudio sobre Orígenes: Situada justamente entre revista de avance y Casa de las Américas, es decir, entre una revista revolucionaria y una revista de la revolución, Orígenes (1944-1956) significa todavía el impulso más radical alentado por revistas cubanas, si nos atenemos al valor etimológico o matemático de esa palabra que ya hoy sugiere cierta cursilería ideológica.

Y me digo: los sentimientos propios, las ideas propias, incluso el vocabulario propio, resisten a lo ajeno. A tal punto que, o lo excluyen, o lo deforman suficientemente como para que sea asimilable sin compromisos, dentro de las categorías y estructuras preexistentes. En otras palabras: lo reducen a centelleo innocuo.

Me preocupa mucho cuando alguien me comprende. Será que no ha oído bien, me pregunto, ¿Será que entendió mal?

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Todo esto lo he escrito después de la visita de Lorenzo. Han pasado varios días. Hoy mismo lo visité. Él vino el lunes; yo pasé a verlo esta tarde, miércoles. Y por la conversación que tuvimos hoy y que no pudimos tener el lunes, me animé a escribir. Una narración, como ha sugerido el amigo. Porque, es cierto, lo del lunes fue curioso. Aquello fue curioso. (Curioso: la palabra no basta para describir lo del lunes, que tiene algo de lezamiamo orden sucesivo. Aquello fue más que curioso).

Lorenzo llegó, empapado. Pasamos a mi cuarto con odio a las paredes. Una torpeza inicial. Como ya no ha habido torpeza inicial en nuestros encuentros, creo que es el ciclón. Levanto una hoja de papel. Hay algo escrito. Un párrafo. Digo: sobre Paradiso.

—Murió ayer. Es Lorenzo que habla, como enajenado.

—¿Cómo?

—Lezama. Que murió ayer. Parece que de una neumonía. Su hermana llamó a Julián desde Puerto Rico.

El viejito hizo café, como siempre. Conversamos. Pero no se pudo hablar sobre Lezama, sobre Paradiso. Emigrado interno, así lo hubiera llamado Trotsky, que conoció el cuento por dentro y por fuera, que contó el cuento y se lo contaron. Lezama murió ayer, allá en Cuba. Como Cemí, quedó solo al final de su peregrinaje. Vida y novela: soledad. (Pienso en la muerte de Narciso). Es curioso. Es muy curioso. Acabo de leer Paradiso; Lezama muere. Vamos a conversar sobre Paradiso; Lezama muere. Lorenzo escribe, en estos días, sobre Lezama; Lezama muere. Murió el caballo y nosotros quedamos como dragón o como espada. Somos los dos centuriones del párrafo cien. Como que hemos visto volar un espanto. Como que nos hemos cubierto con una sola capota, surgiendo del cuello como una cabeza de tortuga, y nos vamos con paso de marcha forzada.

La conversación fue una no-conversación. Y volví/ y vuelvo a pensar en el nada mallarmeano poema en blanco de Juan Manzano, en la elocuencia incoherente de Zequeira, en la lengua mordida de Martí. Con los dientes materialmente clavados en ella.

Propongo una hipérbole. Maté a Lezama leyendo; Lorenzo mató a Lezama escribiendo; los dos lo matamos no conversando. Como si en realidad pudiera haber cierta culpa, ni Lorenzo ni yo reímos. Nada. Silencio que no dice nada, que lo dice todo. Falange/ falangina/ falangeta. Ateta/ ateta/ ateta. Nuestra conversación, nuestro pequeño homenaje, termina —no termina pues no comienza— como dolor y complicidad.

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Una parábola.

La realidad de la mano termina en un color, cierta línea. Serenidad disolviéndose en terror frío, matemático. La lógica del espacio presidida por la centralidad impasible de algún animal, o tal vez alguna fruta. No figuras, prefiguraciones, asomos, indicios. No se pinta la forma sino su sombra, su proyección en nocturnidad. Pintor sin cuadros. Movimiento espacial/ movimiento narrativo: drama. Siempre, en ese espacio, habrá un animal.

Por eso les hablo por parábolas; porque viendo no ven y oyendo no oyen, ni entienden.

Sí, hay un elefante. De marfil, como una versión africana de Moby Dick. Ballena de planicie. Y un león enjaulado. Y lo que estaba anotando para un posible pintor, entra aquí, en estas páginas, como parábola. Como centralidad impasible. Como espacio. Como cuadro. Como síntesis. Como Capítulo XII.

Pienso en Foucault: "el hombre simbólico llega a ser un pájaro fantástico cuyo cuello desmesurado se repliega mil veces sobre él mismo, un ser sin sentido, colocado entre el animal y la cosa, más próximo a los prestigios propios de la imagen que al rigor de un sentido". Ese hombre simbólico es Lezama. Ese pájaro fantástico es Lezama.

[…]

Delicia sobre delicia, coral derramado y nieve verde. Así, con ese natural exceso, Lezama hacía el recuento de alguna experiencia gastronómica particularmente agradable. Gourmet y gourmand. Delicia sobre delicia, coral derramado y nieve verde. Saboreo verbal, el suyo. Como que disfrutaba la comida desde el lenguaje, como palabra. También la palabra se le daba como delicia, coral y nieve. Saber y sabor. Palabra y paladar. Lenguaje y lengua. Gourmet y guru.

Lezama Lima murió en La Habana la noche del domingo 8 de agosto de 1976. Si Dios ha leído Paradiso, Lezama no entrará al reino de los cielos. Su destierro fue de esta tierra. Su marginalidad fue de esta tierra. Pero sin duda en el infierno hallará con quién conversar sobre Santo Tomás.

Así sea.

 

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Octavio Armand nació en Guantánamo en 1946. Entre otros libros de poemas, ha publicado Cosas pasan (Monte Avila Editores, Caracas, 1977), Biografía para feacios (Pre-Textos, Valencia, 1980) y Son de ausencia (Casa de la Poesía Pérez Bonalde, Caracas, 1999). Ha publicado varios libros de ensayos: Superficies (Monte Avila Editores, Caracas, 1980), El pez volador (Casa de la Poesía Pérez Bonalde, Caracas, 1997) y El aliento del dragón (Casa de la Poesía Pérez Bonalde, Caracas, 2005). 

Lezama Lima o la muerte de Narciso, ensayo del cual se publican aquí fragmentos, aparece en su libro Superficies.

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