Martes, 12 de Diciembre de 2017
21:28 CET.
Literatura

La casa de Baquero

Un novelista español ha contado su visita al manicomio de Herisau, donde pasó sus días el escritor suizo Robert Walser. En su afán especulativo (cree que Walser fingió su locura para aislarse del mundo, es decir, se autoimpuso la desaparición), se entrevista con el actual médico-jefe del asilo, pero éste le muestra los informes que corroboran el desorden mental del autor suizo.

Bajo la nieve, el tour del ibérico continúa y se va al cementerio donde está la tumba de Walser. Toma unas cuantas fotos. Ya antes ha recorrido sitios memorables de la historia literaria europea: el Café Odeon, donde estuvieron Joyce y Picabia, y donde alguna vez bailó Mata-Hari; el Cabaret Voltaire, punto de inicio del movimiento dadaísta y, luego, cueva de los surrealistas.

Muy cerca del Voltaire tenía su casa un famoso activista político ruso, más tarde regicida encargado de ascender el quepis ferroviario a la categoría de atuendo de revoluciones, de quien se dice que jugó una partida de ajedrez con Tristan Tzara en una calle de esa misma Zurich recorrida ahora por el novelista español.

Alguien le comenta los avatares del Cabaret Voltaire a lo largo de las dos últimas centurias: restaurante grasiento en los años veinte, sitio decorado como una casa de campo en los treinta, discoteca de mala reputación en los setenta, bar gay en los ochenta, adquirido en 2002 por un banco suizo y finalmente ocupado por jóvenes autotitulados neodadaístas que llenaron de graffitis sus paredes.

Al final de su viaje, al novelista le ronda la idea de la desaparición, entendida ésta como la posibilidad del hundimiento en lo común del mundo.

Maleza y escombros

En algún punto de su recorrido vital, el escritor cubano, ese ser constantemente punzado por la necesidad de tomar partido, deberá preguntarse a partir de cuáles asideros reconstruirá su pasado, es decir, se propondrá una "no-desaparición", tal vez descifrada esta como un reencuentro consigo mismo y la anulación de la imposibilidad de seguir adelante.

A escala de país, ya sabemos, en Cuba se ha ensayado el tópico de la prisión que captaba la atención de Michel Foucault, aquel sitio en el cual "el poder no se oculta, no se enmascara, se muestra como tiranía llevada hasta los más ínfimos detalles". Sin embargo, ¿qué va a suceder con aquellos escritores que han sido desaparecidos por una expresa voluntad de poder? ¿Cómo comenzar a recuperar, mucho más allá de lo parcial o lo simbólico, ese trozo de memoria perdida que revela la obra de un autor negado?

Un joven periodista cubano viaja a Gibara tras la huella de Guillermo Cabrera Infante. Descubre que apenas si queda alguien que conozca de quién se trata. Lo que queda de la vieja casa familiar es el torpe aparejo de unos muros de bloques revestidos con cemento, a los que han añadido puertas, ventanas y un techo a como dé lugar. Ahí vive alguien hoy, pero mejor no detenerse a preguntar.

Tiempo después, otro joven periodista se traslada hasta Banes, ahora con el propósito de averiguar qué ha quedado de la que fue la casa de Gastón Baquero en el pueblo. Y todo lo que su lente recoge son ruinas y maleza, unas paredes que se tambalean, que pujan por mantenerse erguidas, un yerbazal impune. Ni siquiera tiene la completa certeza de que se trata de la casa buscada, el antiguo hogar de la familia del poeta. Y como si de la letra de un viejo bolero se tratara, a quién preguntar si nadie puede responder.

El estado natural de un régimen como el cubano es la destrucción. Su locus es el páramo. El hombre de a pie así lo comprende y digiere. No le pidamos entonces que coopere con la memoria de un instante que ha quedado atrás. No tiene el escritor cubano por qué saberse distinto del hombre de a pie. Ninguno de los dos tiene memoria que venerar, no tienen su Cabaret Voltaire, ni siquiera la foto en la que Baquero pasea por un prado cualquiera. No existe eso que William Blake, citado por George Stainer en La Idea de Europa, ha llamado "la sacralidad del detalle mínimo". Lo que tiene ante sí es que la Historia se ha portado como una estúpida.

Lo que de ninguna manera debe parecernos trivial es el uso que hacemos de esos espacios robados a la memoria de una nación, esos sitios que han quedado para recordarnos la capacidad destructiva del individuo investido de poder como supuesto ideólogo gestor de un proceso, ese que con gusto y sin temblor de pánico hubiera demolido el Capitolio con el único objetivo de apuntalar unas hipótesis.

En la Cuba de ahora mismo quizá sea posible aspirar a poner un quiosco con bocaditos y batido en el portal de la casa destartalada, y ya esto será más que una prueba al canto de lo que ya sabemos: el rotundo fracaso de esa aberración cincuentenaria llamada Revolución. Pero pretender reconstruir, a partir de escombros tales, los asideros de una memoria sitiada, nos llevará demasiadas décadas, y quizás al final reparemos en lo inútil del esfuerzo.

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