Jueves, 29 de Septiembre de 2016
09:50 CEST.
Cine

Matar un gato en La Habana

Lilo Vilaplana no quiere que la dictadura lo perdone. Ni quiere perdonar a nadie. El artista hace su trabajo. Es un escritor y director de televisión que salió de Cuba hace 18 años y se instaló en Colombia. Allí cuenta, en una prosa clara y desnuda, igual que en sus historias para la pequeña pantalla y el cine, lo que pasa en su país de adopción y en el que nació y tuvo que abandonar porque se sentía censurado y perseguido.

En Bogotá y en toda América Latina se le conoce, entre otras series, por El Capo y otras piezas antológicas. En La Habana todavía hay que ver su trabajo en unas sesiones clandestinas que se anuncian con descaro en los barrios y las cantinas de los solares, en las tertulias contestarias y en las oficiales.

Allá, lo que se quiere ver ahora de Lilo Vilaplana y se proyecta en las salas precarias y espléndidas que el Gobierno condena es La muerte del gato. Se trata de un corto intenso, impecable y conmovedor que narra, con maestría y sin aspavientos, la frustración de una generación de cubanos a través de un instante en la vida de unos amigos que acreditan este enunciado del cuentista cubano Onelio Jorge Cardoso: "El hombre siempre tiene dos hambres".

El guión parte de un relato de Vilaplana y está escrito con la colaboración del actor Alberto Pujol, que trabaja en un elenco en el que aparecen también Jorge Perugorría, Bárbaro Marín y Coralia Veloz. Desde luego que no voy a contar la trama, pero puedo adelantar que el corto es un plano general de la amargura de la realidad cubana retratada con serenidad, talento y con la mirada poética de un creador legítimo.

La muerte del gato inflama la sensibilidad de los censores porque no es una aproximación deslumbrada por el folklore que padecen y disfrutan algunos realizadores extranjeros. Ni es tampoco una visión plañidera o justificativa de un director criollo. Este corto es un despiadado relumbrón de la existencia en Cuba. Un destello que fotografía 56 años de desastres y pobreza.

La escenografía merece una línea aparte. Como les estaba prohibido filmar en La Habana, Vilaplana y sus amigos reprodujeron en la capital colombiana un solar habanero tan auténtico como cualquiera de los que hoy abren un espacio para que se vea en silencio La muerte del gato, mientras crepitan una velas encendidas a un santo y alguien, al final del pasillo, le sirve a unos compadres un vaso de azuquín, alcolifán, chispa de tren o espérame en el suelo, esos rones peligrosos hechos en el fogón de las casas con azúcar sublevada por vapores que los cubanos se beben después de brindar con esta prevención: "Que daño me hagas como miedo te tengo".

La muerte del gato, vedado en Cuba, ganó este mes el premio al mejor filme de América Latina en el Festival Iberoamericano de Cortometrajes que se celebra en Madrid.

Vilaplana envió al festival un mensaje en el que dedicaba el corto "al intelectual cubano Ángel Santiesteban, preso por la dictadura de los Castro por pensar distinto. A nombre de los que no vamos a callar, a nombre de los que no dejaremos de soñar, a nombre de los que también somos Cuba, su cultura, su cine, su bandera, muchas gracias".

Convido a ver La muerte del gato porque es una obra de arte. Y me permito soñar que un día, en un cine de La Habana, lo verán juntos Lilo Vilaplana y Ángel Santiesteban, entre otros amigos.

'La muerte del gato', un corto de Lilo Vilaplana

Comentarios [ 7 ]

Imagen de Ernesto Gutiérrez Tamargo

Como siempre, Raúl, das una puntada literaria de primerísimo nivel como analista y crítico de arte.

Imagen de Anónimo

Gracias, Raúl Rivero, por esta pieza. El filme es muy bueno pero Rivero le proporciona el marco profundo en el que la obra puede apreciarse en términos humanos, algo que un cuento, o un filme de cortometraje, no ofrece.

Rivero es un escritor indispensable: conecta las dos generaciones que sostienen a Cuba, conecta a los que viven dentro y fuera de la isla, y a los que viven dentro y fuera del sistema, y tiene amigos y admiradores en todas partes.

Soren Triff

Imagen de Anónimo

Triste y revelador, esa es la Cuba de la "revolucion" la estafa mas grande que se le ha hecho al pueblo de Cuba. La manipulacion, el secuestro de nuestra libertad, los crimenes, las condenas crueles que tantos cubanos hemos sufrido deben ser llevadas a la Corte Penal Internacional y juzgados los principales perpetradores de semejantes  abusos. Con cuanta ingenuidad o complicidad muchas personas creen lo que la dictadura se empeño el transmitir al exterior en una campaña de marketing politico, nadie como nosotros los cubanos que hemos sufrido y estamos sufriendo  sabemos la destruccion, el envilecimiento y el dolor que este regimen le ha causado a las familias cubanas. Ojala que nos sacudamos tanta basura y "sin enemigos necesarios" tomemos conciencia que es hora de sacar esta lacra del poder y comenzar a contruir todos nuestro propio presente y futuro y los intelectuales, cineastas etc  muestren lo que nunca mas se debe repetir 

Imagen de Anónimo

Muy bueno, muy buen corto.

Imagen de Anónimo

muy buen cortometraje

Imagen de Anónimo

Aunque hace muchos años que salí de Cuba y afortunadamente no pasé ese "período especial" el corto me hizo recordar cuando mi padre compraba en la bolsa negra café o carne de puerco, y teníamos que cerrar puertas y ventanas para que el olor no nos delatara, y aún así había que darle algo a la vecina chismosa para tenerla siempre de nuestra parte. 

Imagen de Anónimo

El cortometraje está muy bien hecho, las actuaciones también, especialmente el de coralita veloz,cuántas personas en cuba se verán retractadas, comiéndose un cable y haciendo daño,por el simple placer de perjudicar al prójimo.