Viernes, 15 de Diciembre de 2017
01:49 CET.
Opinión

Sobre una fracturada identidad

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La destrucción —y la transformación— de la nación cubana se ha convertido no sólo en un lugar común, sino en una perenne lamentación entre los nuestros. Los que vivimos en el exilio apenas si tenemos otro tema, sobre todo los que se identifican con el llamado "exilio histórico", si bien muchos de nosotros llegamos veinte años después. La identidad cubana a que nos aferramos, con la que solemos identificarnos, no es, por supuesto, el país que dejamos atrás hacia fines de la década del setenta; ni siquiera, en otros casos, diez o quince años antes de esa fecha; sino la república que antecedió al castrismo y que este congeló en la memoria y los anhelos de más de una generación, al tiempo que hacía entrar a toda una sociedad en la intemporalidad totalitaria. Como he insistido más de una vez, la revolución cubana y sus secuelas sólo pueden entenderse a partir del mito de la Bella Durmiente: un instante en que el tiempo real se detiene e ingresamos en el ámbito de la fábula, aunque, a diferencia del relato fantástico, con la desventaja añadida de que envejecemos.

Paradójicamente, esa congelación que tiene lugar, sobre todo, en nuestras mentes, en nuestras conciencias, contrasta con una radical transformación de lo esencial cubano —o lo que por tal tenemos— que no se detiene en la supresión de las libertades fundamentales, ni en la destrucción de toda economía, privada y pública, ni en la agresión al medio ambiente; sino que, ávido de reescribir la historia y suplantar el pasado, en un sociedad huérfana de sus naturales clases rectoras, el Estado induce, por malicia o por carencia, el envilecimiento colectivo de las costumbres ciudadanas, la plebeyez como norma del comercio social, el latrocinio como compensación natural y la prostitución como aspiración redentora. Impotentes y horrorizados, muchos de nosotros hemos asistido a este naufragio, cuyas secuelas, tal como una resaca, llegan también hasta esta orilla para alterar —si no para contaminar— nuestro entendimiento de lo cubano.

Por amor y por tozudez nuestros, existe otra Cuba de este lado del mar: comunidad enquistada en el tiempo de la nostalgia, incapaz de renunciar ni al más insignificante de los recuerdos que atesora y que considera inseparables de la identidad nacional que queremos ver restituida en el territorio al que le es connatural, como si este medio siglo hubiese sido nada más que un mal sueño. Queremos, porque entre ellos me incluyo, que nos retornen el país que perdimos —¿quién?, no sabemos bien si la Divina Providencia o "los americanos" que, por momentos, pueden llegar a confundirse— y que se nos permita, en un acto de amor y disciplina, devolverles a los cubanos de allá (y a algunos de los que llegan) los modales perdidos, el auténtico patriotismo, la moral que parecen haber escurrido en algún sumidero, la voluntad de participar activamente en la vida política de su país, el decoro, en fin, que es ingrediente esencial de las sociedades robustas y prósperas.

Pero lo cierto es que la gran mayoría de los cubanos se pervierte, conforme a nuestros criterios y, al mismo tiempo, nosotros carecemos de los instrumentos políticos indispensables para intentar siquiera revertir ese proceso de perversión. Cuba se ha ido transformando en otra cosa sin que nosotros hayamos podido hacer nada, o nada que realmente pueda tener un efecto real. Además, el tiempo (el de nuestra congelación y el de la destrucción de nuestro país y su nación, uno y el mismo) obra en contra nuestra. A la vuelta de diez, de veinte años (que han de pasar más rápidamente de lo que quisiéramos) aquellos que conserven nuestra visión de Cuba serán muchos menos que hoy, en tanto los que hayan incorporado los rasgos del envilecimiento habrán aumentado en varios millones. En esa carrera contra el tiempo, las solas cifras nos llevan la contraria. Si pasa otra generación a la espera de que Cuba reingrese en el tiempo real de la historia, no quedará casi nadie para contar el espejismo de nuestra aspiración.

¿Se ha perdido, pues, Cuba? ¿Es el castrismo —no el régimen comunista que ya ha probado ser un fiasco universal, sino sus secuelas sociales y morales— irreversible? ¿Es iluso acaso el pretender —y hasta poner algún esfuerzo en ello, como hemos hecho, cada cual con los medios y talentos a su alcance— restaurar la nación (quiero decir, cuerpo de instituciones, tradiciones, costumbres, conductas, etc.) que alguna vez tuvimos?

Dándole cabida al pesimismo, me atrevo a responder afirmativamente a estas preguntas. La devastación totalitaria deja al pueblo de Cuba sin cimientos y sin dechados y, en consecuencia, fácil presa de la dominación. Los que no transigen, los que se acuerdan de como eran las cosas, emigran en su gran mayoría, y esa emigración acelera la pobreza y la enajenación de los que se quedan. A ellos les toca la áspera realidad de la miseria instituida, el vasallaje y el canallesco escepticismo que éste genera. A nosotros, una serie de sueños de lo que fue nuestro país, de lo que pudo llegar a ser, de lo que aún quisiéramos que fuese. Pocas veces la realidad de dos segmentos de la misma nación ha sido tan distinta.

En sus orígenes, Cuba también fue un sueño, un sueño de un grupo de aristócratas y de intelectuales que les eran afines, cuyo bienestar, en la mayoría de los casos, también llevaba el estigma del trabajo esclavo. Habían leído, habían viajado, aspiraban a que la plantación en la que vivían fuera una sociedad más eficaz y educada —en el principio, ni siquiera mucho más justa e independiente. El poder colonial cerró todas las avenidas al criollo rico y culto que se sintió paria en su propia tierra, y la nación cubana fue surgiendo como entidad distinta, separada de España, y esa separación acabaría pagándose con mucha sangre.

La definición de Cuba es una quimera europea, ciertamente un sueño de blancos distinguidos que popularizan esa idea, que la venden, que la propagan, que la predican, que terminan por imponerla. El resto de la población son obreros manuales, campesinos, tenderos españoles —o sus hijos— y esclavos. A mediados del siglo XIX, la población negra, si sólo contamos los esclavos, casi iguala a la blanca y, sumada a la población negra libre, es mayor que la blanca. Aunque el mestizaje no es tan obvio como en la actualidad, ya existe en las fronteras de estas comunidades. Cuba es rica, es verdad, pero su riqueza se ha hecho sobre el sudor y la sangre y las espaldas de centenares de miles de esclavos. Los que sueñan a Cuba aspiran a la perfección de una república europea en medio de una plantación caribeña. No los culpo, yo también he soñado siempre con lo mismo. Las guerras de independencia, que sirvieron de crisol para fundir muchos prejuicios y acelerar la democracia, sirvieron también para consagrar las instituciones salidas del ideal patricio de la nación: una camisa de fuerza —para decirlo con una metáfora— que se le impuso a los negros esclavos y a los tenderos españoles; un ideal con el cual había que vivir, con instituciones forjadas por una clase a la que era menester imitar.

El castrismo dinamita ese contrato social, expolia la riqueza que brinda los fueros de la autoridad, demoniza el pasado, satiriza los paradigmas, usurpa los poderes públicos, adultera las tradiciones. El ciudadano, carente de estos referentes de identificación, de estos parámetros tradicionales, se convierte en rebaño. Los que no consienten son ejecutados o presos, o se marchan al exilio o se consumen en el silencio de su exilio interior. Las nuevas generaciones crecen desprovistas de asideros, de auténticos modelos, de rigurosos arquetipos de superación. Se impone el disimulo, la lealtad ostentosa y caricaturesca a un régimen espurio para la obtención de prebendas que, en la mayoría de los casos, son ridículas, tanto o más que las piedras de abalorios con que los españoles alguna vez compraron el oro de los indios. La degradación del pueblo es universal. La condición material y moral de los cubanos sujetos al castrismo se pude resumir en una sola palabra: miserable.

Vale la pena preguntarse, ¿son estos hombres y mujeres arrebañados, cuya manera de hablar en ocasiones no reconocemos, parte esencial y prominente del pueblo de Cuba? ¿Son, estos descendientes de esclavos y estos descendientes de tenderos a quienes han explotado y estafado por medio siglo en nombre de un proyecto enloquecido, nuestros compatriotas? ¿Son hermanos nuestros estos millones de individuos envilecidos por la gestión totalitaria que, privados de arquetipos, se hunden en la amoralidad y el escepticismo?

Yo, que siempre he creído y aún creo en la validez del ideal nacional que nos legaran nuestros grandes hombres del siglo XIX, no dudo en contestar que sí. Por mucho que no podamos reconocernos en sus voces, en sus gestos, en sus conductas, en su falta de fe en la nación, son ellos nuestra carne y nuestra sangre, parte de ese pueblo al que pertenecemos agónicamente como una extensión de nuestro ser y sin el cual nos sentiríamos muy disminuidos. Ellos, los cubanos de la otra orilla —tanto como muchos que van llegando a ésta en medio del continuo naufragio— han sido desfigurados por la acción de la historia, pero aun así nos son íntimos y entrañables, como parte substancial de una entidad que nos abarca y nos excede, que nos arraiga y nos explica.

El futuro de nuestro querido país no tiene que ser exactamente como lo hemos soñado en este ya largo exilio. Tal vez las formas consagradas cuya ausencia tanto hemos deplorado nunca más se restauren. Las tradiciones se alteran con nuevos ingredientes, de la misma manera que los idiomas se transforman y las costumbres evolucionan. La catástrofe ocurrida en Cuba, responsable de tanta muerte y cárcel y exilio y envilecimiento, no es algo que podamos borrar como una pesadilla para empezar de nuevo. 

Esto, sin embargo, no debe hacernos sentir frustrados ni derrotados. Aún tenemos, pensando en el futuro de Cuba, lecciones que impartir y que recibir, consejos que dar y que atender, diálogo abierto y generoso en el que hemos de hablar y de escuchar. Es decir, tenemos delante de nosotros el duro trago de la reformulación de lo cubano, lo cual, desde luego, no es tarea exclusiva de nosotros, los de esta orilla, erigidos en depositarios absolutos de una tradición invariable y dispuestos a imponerla desde el podio de alguna fabulosa magistratura, sino de toda suerte de voces y de individuos, con pluralidad de aportaciones y visiones, de principios y de objetivos, de aspiraciones y de avenimientos.

Las transformaciones que un pueblo puede sufrir —a veces para mal— en la historia de su desarrollo no son susceptibles de ser ignoradas: ni el legista, ni el político, ni el filósofo ni el historiador pueden permitirse ese lujo. ¡Ojalá ciertos hechos no hubiesen sucedido!, pero, como bien sabemos, la historia no es lo que pudo haber sido, sino lo que fue, y sus consecuencias son palpables. Si comparamos lo ocurrido en la historia reciente de Cuba con sucesos históricos más drásticos, podemos encontrar incluso algún fundamento para el optimismo:

Pensemos, por ejemplo, en la conquista española de América y lo que significó su impacto en las culturas indígenas, las más adelantadas, porque las del Caribe resultaron simplemente abolidas. ¿Qué profundo trauma no deben haber vivido sacerdotes y príncipes y poetas del mundo incaico y del mundo azteca ante ese choque que destruyó sus templos y sus códigos, avasalló sus lenguas, suprimió sus dioses y sus estamentos jerárquicos y hasta cambió sus nombres? Yo estoy seguro de que hubo muchos miembros de esas culturas que vivieron y murieron soñando con el regreso de los viejos cultos y con la restitución de sus costumbres ancestrales, de una cosmovisión que ya nunca más habría de ser.

Asimismo, en la Inglaterra isabelina, ¿cuántos no habría que esperaron desde un largo exilio, o desde una medrosa clandestinidad, el retorno de lo que suponían era la fe verdadera, la devolución de los monasterios y de las abadías, la celebración del culto legítimo sujeto al romano pontífice, la vuelta de ese mundo, en fin, que la frustración y la cólera de Enrique VIII había deshecho? Pero en Inglaterra no habría de nuevo monasterios hasta 300 años después, y la misa romana jamás habría de volver a celebrarse en las antiguas catedrales del reino. Así de radicales y definitivos pueden ser ciertos cambios.

La revolución francesa —que tan exaltada y venerada ha sido por el republicanismo militante— quiso hacer nuevas todas las cosas y, en ánimo de cambiar, cambió no sólo la configuración del Estado, sino hasta el nombre de los meses del año y la duración de las semanas y, por supuesto, el himno nacional y la bandera y la división política del país y otras mil cosas. Francia ya no volvería a ser la misma ni tampoco el resto de Europa y por tanto del mundo, gracias a ese engendro de la revolución que fue Bonaparte y no obstante los quince años de restauración borbónica que siguieron a su derrocamiento. ¡Cuántos, cuántos —pensemos— vivieron y murieron en la Francia del siglo XIX y hasta en la del XX, soñando con el regreso del Ancien Régime, esperando que la odiosa escarapela que representaba a los descamisados y a los regicidas fuese arriada de una vez y por todas, y que de nuevo campearan los lises que habían distinguido a los reyes franceses desde la alta Edad Media! Hay muy pocos hoy que se acuerden de que Francia tuvo alguna vez otra bandera.

Afortunadamente para nosotros, y pese al drástico proceso de transformación y deterioro que ha tenido lugar en nuestro país en los últimos cincuenta y tantos años, los símbolos visibles que nos identifican no se han visto alterados: el nombre oficial del Estado no ha cambiado, ni la bandera, ni el escudo ni el himno. Esto no es mucho, ciertamente, pero es algo, un terreno de entendimiento común desde el cual partir. Tampoco han rechazado los que mandan en Cuba el lugar y la palabra de los próceres fundadores, sobre todo el de José Martí, si bien han manipulado su doctrina y lo han querido hacer cómplice de la infamia. El discurso de Martí sobre Cuba y su visión política —profundamente democrática— pueden servir todavía para tender un puente —precario, pero puente al fin— entre estas dos orillas de nuestra fracturada identidad nacional.

No hay lugar, es verdad, para el desbordado optimismo ni para las visiones triunfalistas que alguna vez nos animaran. Cuba no nos estará esperando, en algún momento de un futuro improbable, como un material dócil sobre el cual imprimir la visión de nuestra sociedad, más perfecta e idealizada, además, de lo que jamás fuera; para realizar el viejo sueño de despertar a la Bella Durmiente y encontrar que todo se reanima a su alrededor. Eso no es posible. Eso nunca, en la historia, ha sido posible.

Sin embargo, esa realidad tampoco nos deja sin tarea. Hay una obra que hacer aún, creo yo, frente a esta devastación que nos aflige. Nosotros conservamos nuestra visión. Hemos tenido tiempo de meditar en las debilidades, políticas y sociales, que nos llevaron, como pueblo, hasta este punto de desfiguración. Aún nos queda un atisbo de entusiasmo y de entrega, aún somos depositarios de unos saberes cívicos que los nuestros de allá —porque son parte nuestra y dolor nuestro— tal vez hayan olvidado, forzados por las durezas de su vida; o casi seguramente reinventado en medio de sus atroces circunstancias. Entre unos y otros tenemos que volver a reformular a Cuba cuando esta pesadilla termine, e incluso antes de que termine, desde el momento mismo en que pensamos salvar este abismo, con las contribuciones de todos y las voces de todos. Decía sabiamente Martí "de los derechos y opiniones de sus hijos todos esta hecho un pueblo, y no de los derechos y opiniones de una clase sola de sus hijos". ¡Cuán difícil es renunciar, frente al terrible desarraigo, al asidero de nuestra verdad, de nuestras soluciones, de nuestra arrogante suficiencia, para adquirir la generosidad y la humildad que siempre impone el empeño común! Tal es nuestro reto.

 

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Trabajo leído en la Asociación de Ex Presos Políticos Cubanos de Nueva York-Nueva Jersey, el 23 de noviembre de 2010.

 

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