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Poesía

Amor fatal

'Lo que he sido después, lo que he buscado/ en esos espectros y radiologías del tiempo,/ ha sido pretender odiarte y odiar todo.'

Woodstock

 

¿Por qué una canción,
un rostro nos tira hacia el pasado
que ya no puede recorrerse?
Tu rostro reaparece en pedazos de sueños.
Recobra vida por un tiempo que ni siquiera se advierte.
Cuando despierto, siento tu amor.
El amor que tiene que perecer para recordarse,
que no puede recrearse por el día
porque es como invocar un muerto.
Muertos que nos cavan hoyos en el pecho,
huecos profundos de vergüenza.
Reconocerme en tus besos,
la iluminación, el toque mágico para poder seguir,
para levantarme y comer las estrellas.
Lo que he sido después, lo que he buscado
en esos espectros y radiologías del tiempo,
ha sido pretender odiarte y odiar todo.
Tu mirada hizo que escribiera una palabra
y luego dos, que fuera la mejor o la peor.
Fueron tus pupilas el pozo que me recibía,
laberintos en que nos encontramos
con diferentes cuerpos.
Una historia se unió con la otra.
El deseo en cada una se vació
dejando un poco de ti en cada molde.
Tú, ahora, con ojos azules de otro país
y no los de mi pueblo, devorándonos,
yo gritando barbaridades
por esta picazón constante de la vida.
Resquebrajando el alma mis pasiones
tirando piedras al rostro amado
hasta disolverlo en una pulpa de sangre,
así, detestar el recuerdo.
Uno debe confesar en la cima,
sacar fuerzas para recitar las últimas líneas del script.
Tocar el corazón una vez más, rescatarlo.

Voy al teléfono
No apareces.
Pudiera rogar
a los que te esconden
como si les hubieras prohibido
dar tus señales,
pero no, no pido nada,
ellos son personajes secundarios
que no imaginan ni la melodía
ni mis labios fundidos en el instante
en que tu lengua estrangula mi voz.

Esa actriz se parece a ti.
Tu tez mediterránea
cierra este capítulo que dejo
en la morgue.
¿Estarás en un hospital con miedo
y una maleta vacía?
Es hora de confesar.
El tiempo es un carro que tira afuera
lo innecesario y tú has quedado.

Cuánta grima
por ir al fondo
de lo falso,
de lo que se pudre y fermenta.
Cercenarse uno los labios, cocerlos.
Aprovechar los insultos,
aceptarlos,
y así creernos redimidos.

Fue la ciudad,
la noche y el principio de otra década.
El ángel exterminador aún no tocaba a las puertas.
Frente al espejo,
con la música blasting,
girando, conjugo la noche.
La ropa preparada para el impacto.
La entrada en el vórtice.
Pasos y poses ensayadas
para entradas y salidas en los bares.
Manhattan late
cortada en fragmentos,
tajadas en cada bar,
desplegadas en pistas:
una de Donna Summer
otra de Barry White.
La noche imprescindible
de humo y licor,
lunas en los vasos
y copas de océanos rojos.
Trincheras de mujeres,
desenfrenadas,
anticipan el frenesí en la cama.

Undo this hurt….

Los espejos crujen entre gesticulaciones
y sudor perfumado.
La temperatura aumenta
con la posibilidad del encuentro.
Vísceras y pelvis se restriegan
contorsionadas de placer.
Precipitas tu mano en mi cabeza
acercándose un poco el dolor.
El abrazo entre cuerpos sin conocerse,
torsos, rechinando
temblorosos, palpitan.
Tus dedos expulsan la tela, los botones
y mis senos.
Aterrizajes en la llama del piso,
el vértigo,
   leña quemando
pastillas y licor hasta
volverse ceniza.
Entregarnos al ritmo engendrado
desde el alma de Harlem.
Iglesias transformadas en guaridas secretas,
misas de gemidos,
demonios y dioses exilados,
oficiando misterios.

No era tanto llegar al cuarto
o las camas,
era vivir el arrebato,
mantenerlo vivo hasta el próximo viernes.
Los sábados entre sábanas blancas
entregadas al polen
y al registro carnal,
sucumbían al cansancio.
El domingo trazamos el mapa
del principio y del fin.
Ilusión o nada.

 


Magali Alabau nació en Cienfuegos en 1945. Sus últimos libros publicados son Dos mujeres (Betania y Centro Cultural Cubano de Nueva York, Madrid, 2011) y Volver (Betania, Madrid, 2012).

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