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Libros

'Ciclón', un estruendo que regresa

'La mayor alegría, con la cual recomiendo al lector este volumen, es saber que un legado de la modernidad artístico-literaria en Cuba está siendo rescatado y puesto en términos de debate por una nueva generación.'

Ciudad de México
José Rodríguez Feo (der.) y José Lezama Lima, circa 1944.
José Rodríguez Feo (der.) y José Lezama Lima, circa 1944. Residencia.csic

Pepe Rodríguez Feo no ocultaba su orgullo al proclamarse creador de las dos mejores revistas literarias del idioma español: Orígenes y Ciclón. Lo decía, consciente de la importancia de ambas, aunque añadiera de inmediato: "además de Sur, claro".

Lo sé porque me lo dijo, en aquella tarde en que me planté ante él, dispuesto a recibir uno de sus famosos raspes, que por suerte no sucedió. Por el contrario, me contó cosas así, sin asomo alguno de nostalgia ni exceso de alarde, mientras me exigía leerme Los siervos, la pieza anticomunista de Virgilio Piñera, en uno de los ejemplares de su colección de Ciclón, que guardaba allí, en la biblioteca de la UNEAC. Y al tiempo que me decía todo eso, hojeaba el primer ejemplar que le habían hecho llegar de la edición facsimilar de Orígenes, publicada en México. Al alcance de sus manos y sus ojos, no mucho antes de que falleciera en 1993, podía solazarse a su manera como gestor de esas revistas aparentemente tan antagónicas, y a las que dio no solo el dinero imprescindible para que existieran, sino además no poco de sus gustos y su carácter.

Si el pequeño mundo de Orígenes comenzó a ser rehabilitado a mediados de los 80, con el retorno de Lezama Lima a las estanterías cubanas, no pasaría lo mismo con  Ciclón. Nacida tras el desencuentro que Rodríguez Feo y el autor de Paradiso tuvieron en 1954, al publicar Lezama en Orígenes un texto de Juan Ramón Jiménez que atacaba veladamente a otros poetas españoles amigos de la revista, Ciclón plantó batalla a los origenistas desde su primer número.

Aparecida en 1955, traía una suerte de editorial, impreso en páginas amarillas, titulado "Borrón y cuenta nueva". Aliado a Virgilio Piñera, Rodríguez Feo organizó una publicación contestataria que quiso, además, remover la somnolencia y la pacatería de su tiempo, y de ahí que editara textos incendiarios, abiertos a polémicas y desenmascaramientos, en una suerte de batallar constante que pretendía no dejar títere con cabeza. Una nueva generación de autores (Calvert Casey, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Antón Arrufat, Manuel Díaz Martínez, Pedro de Oraá, Luis Marré…), sería el ejército de Ciclón, que perduró hasta 1957, y tuvo en 1959 un último número, de portada significativamente roja, que saludaba a su modo el arribo al poder de aquella oleada de barbudos. Orígenes había desaparecido en 1956. Pero la contienda entre origenistas y cicloneros se extendería hasta las páginas de Lunes de Revolución.

A esa revista semiolvidada e imprescindible acaba de dedicar todo un libro Dainerys Machado Vento, joven investigadora y ensayista que se ha acercado a la obra de Piñera con anterioridad. No es el primer volumen que rescata el ámbito de Ciclón. En 1995 apareció Tiempo de Ciclón, preparado por Roberto Pérez León, de referencia ineludible por los testimonios de los cicloneros que ahí se recogen. Pepe Rodríguez Feo no llegó a ver ese libro, pero sí la plaquette de 1993 que "adelantaba" algunas de sus páginas. Y en 2018 apareció Orígenes de un ciclón, volumen que recoge evocaciones y conferencias del evento que le dediqué al fundador de ambas publicaciones y que sesionó en el Centro Dulce María Loynaz en noviembre de 2015.

Lo que sí aporta Machado Vento es un repaso más amplio a Ciclón, su origen, sus textos, sus contenidos polémicos y su impacto más allá de olvidos y silencios, como una lectura cruzada de sus entramados y estrategias. El estruendo de Ciclón, la nueva revista cubana es un mapa sobre ese otro mundo, pequeño e intenso, que los cicloneros sobreimpusieron a la cultura cubana previa al triunfo revolucionario, como una revolución de otro carácter que acabaría engullida por la que se avecinaba.

El libro proviene de la tesis de maestría que Dainerys Machado defendió en México, en 2016. Los primeros capítulos establecen el campo de batalla del cual emerge Ciclón: la ruptura entre Lezama y Rodríguez Feo, las diferencias entre Piñera y Cintio Vitier, esos síntomas que anunciaban lo que en 1955 desencadenó el huracán. Ciclón quiso ser una sacudida y a su modo lo consiguió, tanto contra el Orígenes al que daban por peso muerto, como contra Guillermo de Zéndegui y su Instituto Nacional de Cultura al que denunciaba una y otra vez. Esos desacatos tuvieron un eco contra la censura, contra maquinarias ideológicas que no excluyeron la crítica al comunismo, ni a la moralina sexual a la que combatieron dedicando todo un número a Sigmund Freud, que aquí es analizado con eficaz detenimiento. La autora establece coordenadas útiles al desmontar esos ejes que sostenían a la revista, y que en secciones como "Barómetro" y "Revaluaciones", lanzaba dardos contra todo eso.

A diferencia de la publicación origenista, el teatro tuvo mayor peso en Ciclón, y ahí aparecieron entre otras obras Dónde está la luz, de Ramón Ferreira, El caso se investiga, de Antón Arrufat, y Los siervos, la fábula anticomunista de Piñera, acaso su respuesta a El pensamiento cautivo de Milosz, y que tardaría años en ser recuperada y estrenada en Cuba, así fuera en una versión que atenuaba el carácter profético de esa obra tan amarga.

Curiosamente, Machado Vento no ahonda aquí en ese aspecto, ligado a lo sexual, que caracteriza al proyecto de Ciclón. Sí lo hizo en su tesis, rastreando la presencia de signos de homosexualidad en lo que publicara la revista, y que tiene en "Ballagas en persona", el ensayo piñeriano, un punto crucial. Texto fundacional de nuestros posibles estudios de género, ese ensayo es una formidable pieza de artillería que concentra lo que un lector podía esperar de Ciclón: atrevimiento, inteligencia, lectura aguda, ruptura con las convenciones, y una apuesta que ligaba lo confesional con la incomodidad de una nueva visión.

En un momento en que ya operaba en Estados Unidos la Mattachine Society, Ciclón formuló un interés hacia la homosexualidad y otras variantes del deseo que pesaba no poco en el recelo con el cual sus enemigos intentaron acallarla o ignorarla. Y a ese punto, al que se han referido varios estudiosos debido al carácter pionero y retador que contiene (y como digo, la propia autora), acaso debió dársele un mayor realce en este volumen, que arroja tanta luz sobre otros asuntos recurrentes en la revista.

Entre los mejores momentos de este abordaje, está el repaso a las obras y a la crítica teatral que Ciclón promovió. Machado Vento rastrea en las cartas de los protagonistas de esta historia para evidenciar cómo se fue moldeando el carácter de la publicación (más que una revista Ciclón fue eso: la expresión de un carácter), y el diálogo que fue forjándose entre Piñera y Rodríguez Feo.

La coexistencia de las dos Orígenes (la de Lezama y la que Feo sacaron en dos números dobles, hecho enteramente insólito), es también examinada a fondo, así como los factores relacionados con la presencia de Jorge Luis Borges y Witold Gombrowicz en la publicación  contestataria.

Otro tanto sucede con la lectura puntual de la crítica literaria y los editoriales recogidos en sus números: un index de todo aquello que los cicloneros elegían como sus blancos predilectos: desde Vitier y otros origenistas como Baquero y Gaztelu, hasta Chacón y Calvo, José Antonio Portuondo, o el padre de Cintio, Medardo Vitier. A través de esos pasajes se transparenta la política editorial de Ciclón, a la que, curiosamente, el arribo de los revolucionarios dio nueva vida, con su reaparición fugaz en 1959, y al mismo tiempo desaparición inmediata.

Con el gobierno que irrumpe en ese año, Ciclón se esfuma. Por muchos años no se le nombró. En la entrevista que Jesús Vega le hace a José Rodríguez Feo en 1991, para Revolución y Cultura, ni siquiera es mencionada. Arca llena de explosivos, caja de Pandora que polemizaba y molestaba, fue poco a poco disolviéndose mientras se sucedían Lunes de Revolución, La Gaceta de Cuba y otras revistas.

Este libro se añade a una lista breve, pero tenaz, que quiere saltar sobre esa desmemoria. Y quisiera imaginarlo como un estudio al que, en algún tiempo, la autora podría añadir nuevas páginas porque, como ella misma asegura "la historia de Ciclón puede contarse desde muchas perspectivas". Y si algo confirma este libro, es que puede sacarse mucho más de esos números tan poco revisitados.

Con su prosa directa, su capacidad para ir desenrollando la compleja madeja que hizo de esta revista un manifiesto de otras rebeldías, El estruendo de Ciclón... anuncia nuevos cuestionamientos. Entre el puñado de sugerencias que hago como lector agradecido, estaría el de decidirse por un término: ciclónicos o cicloneros, a través de sus párrafos. Y limpiar unas pocas erratas, como esa que en la página 143 proclama que Cuentos fríos, el imprescindible volumen de Piñera, fue editado en Argentina por Emecé, cuando aquí mismo se aclara en otras ocasiones que su aparición se debió a la editorial Losada.

No dejo de pensar en cómo hubiera recibido José Rodríguez Feo un libro como este. Sospecho que lo halagaría y le haría también discutirlo. Aprobarlo y negarlo, rechazarlo y amarlo, fiel a su espíritu de ciclonero imbatible. La mayor alegría, con la cual recomiendo al lector este volumen, es esa: saber que su legado, y el de quienes se confabularon con él y otros gestores de la modernidad artístico-literaria en Cuba, está siendo rescatado y puesto en términos de debate por una nueva generación, como esta a la que pertenece Dainerys Machado Vento. Le agradezco, en medio del estruendo, porque eso me deja confirmar que el ciclón aún no ha terminado.


Dainerys Machado Vento, El estruendo de Ciclón, la nueva revista cubana (Katakana Editores, México, 2022).

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5 comentarios

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Motivante y documentada reseña. Anima a buscar el libro. Un detalle, en Ciclón aparecieron los tres primeros poemas de Pepe Triana, premonitorios de su teatro. Los incluyo en el volumen de su Obra Selecta (Ed. Aduana Vieja), de próxima aparición. Simbólica foto de los dos amigos y tocayos, cuya correspondencia elimina reticencias y chismecitos de Los años de Orígenes.

Pepe Prats, ¿las "reticencias y chismecitos" entre Rodríguez Feo y Lezama Lima, "Ciclón" y "Orígenes", Piñera y Lezama Lima, son obra o invención de Lorenzo García Vega en "Los años de Orígenes"? Tu deseo de culpar a García Vega, te hace ir muy lejos. Porque habrán de ser otras las "reticencias y chismecitos" que pueden achacársele a él, pero no esos. De esos se ocuparon personalmente Rodríguez Feo, Lezama Lima, Piñera y otros. Y no sé cómo una foto previa puede eliminar las diferencias posteriores. Menos blanqueamiento de sepulturas, por favor. Menos simbolismo gratuito. Saludos.

En respuesta a por Antonio José Ponte

Tu deseo de enjuagar a LGV no debe impedir releer "Los años de Orígenes", aunque allí sólo se hace eco de diferencias que nunca impidieron la admiración mutua, como demostró Virgilio cuando tras "Paradiso" llamó a Lezama para felicitarlo, amistad que duró hasta la muerte de Lezama, simbolizada, aunque no te guste la palabra, en el hermoso poema de Virgilio a Lezama. Las sepulturas no se blanquean con defensas pueriles. Pepe Rodríguez Feo autorizó la publicación de su tan jugosa correspondencia con Lezama. Por cierto: otro símbolo de admiración, que no implica coincidencias totales, discrepancias, como debe ser la amistad... Menos argumentos pueriles, por favor. Saludos.

Han pasado casi 70 años del primer número de "Ciclón" y tú sigues empeñado en poner algodones tibios, Pepe. Para ti, las diferencias de Piñera por Lezama "nunca impidieron la admiración mutua". ¿Nunca? Para ti la reconciliación entre los dos de 1966 borra la bronca. Así administrarían ellos su pasado, muy bien, para seguir la amistad. Pero nosotros no somos ellos, los leemos históricamente y será mejor que no neguemos nada de lo ocurrido. Tu lectura privilegia el anacronismo: una foto de los 40 salva de bronca de los 50, una llamada de los 60 salva de bronca en los 50 y un libro de los 70, el de García Vega, es culpable de bronca en los 50. No: hubo admiración, hubo bronca, hubo enemistad (que es muy distinta a la amistad + discrepancias) y entre los que los leemos a ellos debería haber menos santurronería, que fue mala especialidad origenista. Saludos.

Ni cicloneros ni ciclónicos, sino ciclonistas, que concuerda con origenistas.