Miércoles, 19 de Diciembre de 2018
Última actualización: 23:51 CET
Política

EEUU-China, más que una guerra comercial

Donald Trump y Xi Jinping el pasado noviembre en Pekín. (FRED DUFOUR/AFP)

"No nos quedaremos de brazos cruzados mientras nuestros intereses sean atacados", declaró el presidente estadounidense Donald Trump después de que la oficina de Comercio Exterior de Estados Unidos oficializara la entrada en vigor de un arancel de 10% a una lista de productos chinos valorados en 200.000 millones de dólares. 

Con esta segunda oleada de aranceles –la primera se aplicó en junio– las sanciones afectan ya a la mitad de las importaciones anuales procedentes de China.

El gigante asiático, por su parte, no tardó en anunciar tasas suplementarias, de 5% y de 10%, a bienes estadounidenses de un valor de 60.000 millones de dólares. 

La diferencia en los respectivos montos sometidos a nuevas tasaciones se debe al desequilibrio comercial entre ambas naciones. Así en 2017, EEUU importó de China productos por un total de 505.600 millones de dólares, mientras sus exportaciones hacia el país asiático alcanzaban los 130.000 millones de dólares.  

Desde su llegada al poder Donald Trump ha tenido a los desequilibrios de la balanza comercial estadounidense en la mirilla. El contencioso con China se insertaría pues en un marco más amplio. En junio, a la vez que imponía la primera subida de aranceles a las importaciones chinas, EEUU activó impuestos al acero (25%) y al aluminio (10%) provenientes de la Unión Europea, Canadá y México.

¿Conflicto comercial o geoestratégico?

La Casa Blanca amenaza con penalizar la totalidad de las importaciones chinas si Pekín no cambia en los próximos meses las prácticas "desleales" que ahondan el desajuste comercial entre ambos países. 

Washington acusa a China de forzar la transferencia de tecnología, ya sea poniendo dicho traspaso como requisito para entrar en el mercado chino u obligando a las empresas extranjeras a producir con empresas locales. 

También le reprocha al Gobierno de Pekín subsidiar fuertemente a las empresas chinas, favoreciéndolas así en detrimento de las foráneas, o manipular el yuan para dar ventaja a sus exportadores.

En China, en cambio, se percibe la embestida estadounidense como un intento de obstaculizar la expansión tecnológica de su industria. Prueba de ello sería que, en la primera alza de impuestos, se incluyó una gran variedad de bienes de alta tecnología clave para el desarrollo de China pero poco relevantes en el cómputo de sus exportaciones.

No hay dudas de los recelos que suscita en EEUU el plan "Made in China 2015", lanzado por el régimen comunista en 2015, cuyo objetivo es aupar la economía china a la cúspide mundial en sectores como la robótica, la biotecnología, la aeronáutica y la inteligencia artificial, entre otros.

Esto supone una reconversión del modelo industrial chino, basada en el reemplazo de la producción a gran escala de mercancías baratas por otras de alto valor añadido, para disputarle a EEUU el dominio en el área de la alta tecnología.

El pulso por la primacía tecnológica acompaña la competencia por las zonas de influencia en el tablero internacional. 

En el caso de China, el ejemplo más significativo concierne el Corredor Económico China-Pakistán (CECP). El objetivo de este proyecto es garantizar el acceso de China al mar Arábigo y al océano Índico, a través de Pakistán, y así facilitar su conexión con África y Medio-Oriente. 

Sin vencedor a la vista

Por ahora, la Casa Blanca se siente en posición de fuerza. El crecimiento actual de la economía estadounidense es el más alto desde 2014, mientras que en China la incertidumbre ligada al conflicto ha influido, en parte, en la caída de un 20% de la Bolsa de Shanghái en lo que va de año.

Además, es sabido que una de las prioridades del Gobierno chino es contener el desmesurado crecimiento de la deuda en el sector industrial, que supone un riesgo para la economía del país. 

La viabilidad de este empeño requiere que no haya descenso notable en los niveles de consumo ni en el comercio exterior. Naturalmente, ambas variables pueden verse afectadas por las restricciones estadounidenses.

Sin embargo, a China no le faltan medios de retorsión. Más allá del aumento de los aranceles, puede complicar las operaciones de las empresas estadounidenses que trabajan en territorio chino, mediante un aumento de las trabas administrativas o dilatando en exceso el proceso de admisión de sus productos en la aduana.

No menos contundente sería la decisión de limitar las inversiones en EEUU, así como el pujante flujo de turistas chinos, o bien de manipular el yuan para amortiguar el alza arancelaria. 

No obstante, la interdependencia de las dos principales economías del mundo hace inevitable que la escalada en las represalias termine golpeando a ambas por igual. 

Por ejemplo, en lo que respecta los productos con fuentes de abastecimiento limitadas, es más que probable que los importadores (tanto estadounidenses como chinos) acaben trasladando el aumento del peso impositivo a los consumidores.

De modo semejante, se repercutirían los daños infligidos a la cadena de producción y suministro entre los dos países. 

Así, EEUU importa semiconductores de China por un monto anual superior a los 3.000 millones de dólares. Sin embargo, estos no solo proceden de filiales de compañías estadounidenses, sino que contienen chips diseñados y fabricados en EEUU.

Por último, el contencioso estaría teniendo como efecto colateral que no pocas empresas europeas estén comenzando a trasladar parte de su producción fuera de China y de EEUU o posponiendo sus planes de inversión en estos países, cuando no buscando otros proveedores.

Como señala el semanario británico The Economist, "poco importa la forma que cobre el conflicto, e independientemente del tiempo que dure, no habrá ningún vencedor".