Miércoles, 28 de Septiembre de 2016
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Historia

La contienda que cambió al mundo

Se cumplió el pasado año un siglo del comienzo de la Primera Guerra Mundial y, aunque fueron muchas y diversas las conmemoraciones, no pareciera, sin embargo, que, inmersa y preocupada por el acontecer actual, la mayoría de la gente tuviera plena conciencia de la importancia de este conflicto, mucho más radicalmente innovador y transformador que casi todas las guerras que le antecedieron y, sin duda, que todas las otras que han venido  después.

En ese libro extraordinario que es The Guns of August (Los cañones de agosto) publicado en 1962, minucioso registro de los sucesos que tienen lugar —tanto en el terreno militar como político y diplomático— a lo largo del primer mes de la guerra, la historiadora Barbara W. Tuchman no encuentra mejor preámbulo que el vistoso funeral de Eduardo VII de Inglaterra en mayo de 1910.

Desde tiempos de Victoria, la monarquía británica, debido sobre todo a la vasta prole de esta reina, se había visto como gestora de la paz mediante el tradicional expediente de enlaces matrimoniales con las casas reinantes europeas. A principios del siglo XX, ese parentesco se extendía de un extremo al otro del continente: nietos de Victoria eran la reina de Noruega, la zarina de Rusia, la reina de Suecia, el Káiser de Alemania y la reina de España. Si los lazos de sangre eran garantes de la paz, esta podía darse por sentada desde los Urales hasta el Atlántico.

Tuchman resalta, en el primer párrafo de su famosa obra, la nostalgia por un mundo que se acaba al recontar el impresionante desfile del funeral de Eduardo VII, que es también —aunque sus protagonistas no lo supieran— la despedida de una era:

Tan espléndido era el espectáculo en esa mañana de mayo de 1910 —en que nueve reyes cabalgaban en el funeral de Eduardo VII de Inglaterra— que la multitud, que aguardaba en silencioso y enlutado recogimiento, no pudo contener expresiones de asombro. Ataviados de escarlata y azul y verde y púrpura, los soberanos salieron a caballo,  por las puertas del palacio, de tres en tres, con cascos emplumados, galones de oro, bandas carmesíes e insignias enjoyadas que relumbraban al sol. Les seguían cinco príncipes herederos, otras cuarenta altezas imperiales o reales, siete reinas —cuatro de ellas viudas y tres reinantes— y un puñado de embajadores especiales de países no monárquicos. En total representaban a setenta naciones en el mayor conjunto de realeza y jerarquía que jamás se hubiera reunido en un lugar y que, en su género, sería la última vez. El badajo amortiguado del Big Ben marcaba las nueve cuando el cortejo salió del palacio, pero en el reloj de la historia era el ocaso: el sol del viejo mundo se ponía en una moribunda llamarada de esplendor que nunca más habría de repetirse.[1]

A la muerte de Eduardo VII, en 1910, en Europa ha habido 40 años de paz ininterrumpida, período de gran prosperidad que coincide con el de notables inventos y descubrimientos.

El desarrollo industrial y la expansión colonial, obrando mancomunadamente, habían traído a Europa una era de abundancia y de refinamiento extraordinarios. No se había erradicado la pobreza ni se habían resuelto injusticias sociales que seguían dando pábulo a la prédica incendiaria de anarquistas y comunistas —los que, de vez en cuando, apelaban a la violencia; pero el horizonte, en la cuna de la civilización occidental, se mostraba esperanzador, y el espíritu de la época podría describirse, sin exagerar, como optimista y jubiloso. Hacia fines del siglo XIX, la guerra —un fenómeno que los europeos habían padecido durante milenios— empezaba a juzgarse como una anacrónica aberración: una rémora de la barbarie que solo subsistía en los territorios coloniales. Cuando, en 1895, el joven Winston Churchill quiso iniciarse como corresponsal de guerra, Cuba era probablemente el único sitio donde en ese momento se libraba un conflicto armado de importancia.

Las nuevas invenciones hacen furor en ese casi medio siglo que precede a 1914: algunas de ellas —la luz eléctrica, el teléfono, el fonógrafo— provienen de esa continuidad de Europa que es Estados Unidos; en otras —el motor de combustión interna, el automóvil, el cine, la telegrafía sin hilos— los europeos llevan la delantera (Peugeot y Benz son nombres establecidos en la industria del automóvil antes de que Ford masifique el invento; los hermanos Lumière revolucionan el mundo de la imagen y el espectáculo desde una sala a oscuras). La aviación tiene pioneros en ambas costas del Atlántico.

Las artes reafirman su libertad. Impresionistas y postimpresionistas renuevan la pintura, como lo harían más tarde, hacía fines de este glamoroso período, el expresionismo y el cubismo. Debussy y Ravel experimentan con la música, al tiempo que Wilde y Shaw reinventan el teatro. El Art Nouveau se impone en el espacio público.

Pareciera que las barreras nacionales se hubiesen derrumbado, casi como en la actualidad. Alfred Nobel, el empresario e inventor sueco, debe su gran fortuna a los yacimientos de petróleo de Bakú, Azerbaiyán, que entonces era parte del imperio zarista. Rusos, ingleses y escandinavos vacacionan en Italia y en los balnearios de Francia: Niza, Cannes, Biarritz… José Martí, para resaltar el cosmopolitismo de una playa —aunque esta se encuentre en América—, dice, en su conocido poema "Los zapaticos de rosa": "se vio sacar los pañuelos a una rusa y a una inglesa". Para el dinero no existían las fronteras.

Europa se encontraba en el ápice de su poder, sobre todo Gran Bretaña, cabeza del imperio más grande de la Historia, cuyos vastos territorios aparecían coloreados de rojo en los mapamundis, y la cual era además dueña de los mares, gracias a su gigantesca Armada. Los ingleses compartían con Francia y Portugal el dominio de África, aunque el emergente imperio alemán contaba también con posesiones mayores que su territorio en el llamado "continente negro" y hasta el minúsculo reino de Bélgica tenía en el Congo una colonia que lo excedía más de 76 veces en tamaño y que, para mayor escándalo, había sido propiedad exclusiva del rey Leopoldo II de 1885 a 1908.

En la periferia del continente, otras potencias se mostraban menos pujantes. Hacia fines de siglo, España —que no se vería arrastrada al conflicto de 1914— perdería el resto de su imperio colonial en el Caribe y en Asia. Rusia, aunque poseedora de enormes riquezas y de un territorio que se extendía hasta el Pacífico, estaba lastrada aún por taras feudales. Había en Rusia, sí, una creciente industrialización y una próspera burguesía, pero con serios bolsones de atraso. Finalmente, el imperio otomano, a quien apodaban "el enfermo de Europa", languidecía sobre sus inmensas posesiones del Oriente Medio y del Norte de África.

¿Qué provocó la guerra?

En la escuela aprendimos que el asesinato del archiduque y heredero del trono austrohúngaro, Francisco Fernando, y de su esposa, en Sarajevo, el 28 de junio de 1914 había sido el detonante de la contienda. Tal fue el pretexto, para que se precipitaran los acontecimientos, pero las causas hay que buscarlas, precisamente, en la riqueza de las naciones beligerantes y en su desmedida ambición, amén de los odios ancestrales y de los profundos recelos de los que medraba un nacionalismo enfermizo. Como dijera Walter Lippmann, escribiendo en The Atlantic un decenio después del armisticio.

Ninguna de las naciones beligerantes podría aceptar la responsabilidad criminal del conflicto. Los austríacos no se verían como agresores en 1914, ellos no le hicieron la guerra a Serbia, sino  que actuaron para evitar que Serbia, respaldada por Rusia, intentara destruir el imperio austríaco. Los alemanas no le hicieron la guerra a Rusia, hicieron la guerra para evitar que Rusia hiciera la guerra. Los franceses no hicieron la guerra, simplemente se defendieron. Los británicos no hicieron la guerra, sino que frenaron la agresión. Los americanos solo trataron de hacer el mundo más seguro para la democracia.[2]

Lo cierto es que la soberbia, la retórica nacionalista y la abundancia de medios llevó a las grandes potencias europeas a una guerra cuyas consecuencias nadie previó y que, en el fondo, nadie habría querido. Alemania ambicionaba tierras y mercados y petróleo, y sus ambiciones veíanse frenadas por los rusos al este y por los ingleses en el mar. Los austríacos temían  por el desmembramiento de un imperio que era un conglomerado de pueblos diversos a los que daba mal ejemplo la independencia de Serbia.  Los rusos, debilitados por la derrota de su reciente guerra con Japón y por la revolución de 1905, creyeron deber de raza defender a los serbios, los eslavos del sur, y, acaso, obtener ganancias territoriales a costa de los turcos en el Mar Negro. Francia aspiraba a recuperar la Alsacia y la Lorena. Inglaterra miraba con recelo la política alemana desde tiempos de Eduardo VII, a quien el káiser, su sobrino, acusaba de querer aislar al imperio alemán… Al final los parentescos de las casas reales sirvieron de muy poco y se desató la más pavorosa carnicería que el mundo hubiera conocido hasta entonces.

Lo que hizo esta guerra cualitativamente diferente fue el estreno de novísimos instrumentos de muerte, resultado directo de los adelantos científicos y tecnológicos del último medio siglo: la dinamita, inventada por Alfred Nobel en 1867 como una combinación que hacía más estable la nitroglicerina —con poder muy superior al de la pólvora— sería el componente activo de las bombas que lanzaría la artillería de todos los ejércitos combatientes en 1914. También por primera vez se usaron los gases tóxicos —proyectiles de cloro,  de iperita o gas mostaza— que mataron por decenas de miles a franceses, ingleses y rusos en sus trincheras, pues esta fue una contienda fundamentalmente de trincheras, donde los avances territoriales fueron mínimos. Por primera vez se usó la incipiente aviación para observar al enemigo y para lanzar bombas desde el aire, del mismo modo que, por primera vez, hicieron su aparición los carros blindados en el campo de batalla, invención esta que se le atribuye a Winston Churchill. El aumento cualitativo de la capacidad de matar dio unos frutos atroces. Un mes después de iniciada la guerra, el número de bajas mortales era de un cuarto de millón. Cuatro años más tarde, los muertos ascendían a casi 17 millones, de los cuales casi 7 millones eran no combatientes.

Consecuencias directas de la guerra

La primera consecuencia de la guerra fue el derrumbe del orden político que había regido en Europa durante mucho tiempo, representado por cuatro de sus más importantes monarquías: la guerra deshizo el imperio alemán que, si bien era de reciente creación, encarnaba la continuación de Prusia; despedazó al imperio austrohúngaro y fue responsable también del fin del régimen zarista y, poco después, del imperio otomano.

Sobre los escombros de ese mundo surge, como un hongo diabólico, el estado totalitario que no tiene precedentes (con la posible excepción del breve período del terror jacobino durante la Revolución Francesa y de la Comuna de París). Lenin decía que el comunismo no era más que la electrificación y los soviets. En esa extrema simplificación se ven los ingredientes elementales del totalitarismo: regimentación a partir de consejos —de obreros, de soldados, de burócratas—, muy ideológicamente motivados y decididos a establecer un nuevo orden que excluya a las tradicionales clases dirigentes, y las modernas tecnologías que parecían resumirse en esa palabra mágica que entonces se identificaba con el progreso: "electrificación". El totalitarismo no era más que una bárbara elementalidad  que se proponía sobre las ruinas de una civilización.

El primer ensayo se produjo en Rusia, donde la monarquía se derrumbó antes de que terminara la guerra. Al caos político que le sucedió se cuenta que los alemanes le agregaron a Lenin, que estaba en el exilio y a quien enviaron en un tren de vuelta a Rusia como si fuera un virus. Cuando se firmó el armisticio en noviembre de 1918, los bolcheviques llevaban un año en el poder, aunque se encontraban en medio de una devastadora guerra civil, y ya la familia imperial había sido asesinada. La destrucción física y moral que había traído la guerra desmoronó prácticamente todos los soportes de la sociedad rusa —donde las ideologías socialistas habían hecho grandes avances en el último cuarto de siglo. Los bolcheviques, que terminaron por imponerse, encontraban, en esas ruinas, el terreno idóneo para la edificación de su proyecto de ingeniería social.

La próxima consolidación del totalitarismo se produciría en Italia, en 1924, encabezada por Benito Mussolini, que regiría los destinos de ese país —sin suprimir la monarquía— durante 20 años. El fascismo puede definirse brevemente como la conjunción de un partido único —inspirado por la ideología de un hipertrofiado nacionalismo— con el gran capital. El fenómeno se replica luego en Alemania, donde el nacionalsocialismo explota las humillaciones impuestas por los aliados vencedores y la posterior crisis económica mundial que, en la llamada República de Weimar, adquiere proporciones monstruosas. Hitler es el engendro natural del colapso de valores que trajo consigo la Gran Guerra y, a los alemanes en particular, la derrota.

En el terreno político, una de las secuelas más lamentables de la Primera Guerra Mundial es la falta de fe en la democracia, la desconfianza en el régimen parlamentario que, en Europa, está representado, de manera emblemática, por Inglaterra y Francia. En la misma medida, se acrecienta la fe en los llamados "hombres providenciales", aunque no respondan a las mismas ideologías: Stalin, Mussolini, Primo de Rivera, Hitler, Chiang-Kai-shek, Franco, Mao… para mencionar solo a los más notables, encarnan una época de profundo escepticismo  hacia la democracia, escepticismo que es una derivación natural del descoyuntamiento que produjo la guerra. Hasta la democracia norteamericana, de tan sólidos soportes, pero en la que el Presidente dispone, constitucionalmente, de enormes prerrogativas, tuvo también su "hombre providencial"  en la figura de Franklin D. Roosevelt que, cual nadie antes, ganó cuatro elecciones consecutivas y en quien no faltaron los que vieran tendencias al autoritarismo. En nuestro modesto ámbito nacional, Gerardo Machado y el expediente de la prórroga de poderes es el primer intento formal de violentar las instituciones democráticas. El que los tres mayores partidos del país coadyuvaran en ese proyecto sin provocar mayor escándalo es una muestra del espíritu de la época.

Pero los efectos de la Primera Guerra Mundial no habrían de hacerse sentir tan solo en el ámbito de la política. La sacudida generada por el conflicto afectaba el tuétano mismo de toda una cultura, cuestionaba sus credos, derribaba sus jerarquías, daba lugar a una rebeldía del espíritu que habría de manifestarse en el pensamiento, tanto como en el arte y la literatura. Los que habían vivido la guerra en Europa eran testigos de una catástrofe sin precedentes que había barrido con la estabilidad, con los valores que se daban por sentados, con los hábitos consuetudinarios y arraigados de una civilización. El armisticio de 1918 era incapaz de restaurar el estado de cosas, la manera de ser, las relaciones humanas previas a la contienda, el status quo ante. Ese mundo de previsible seguridad había sucumbido a sus propios demonios para dar paso a un nuevo "orden" donde imperaban lo precario, lo perecedero, lo banal. Los signos de los tiempos eran otros.

La filosofía alemana, que desde Kant había tenido una indiscutible primacía en el pensamiento europeo (decía Gastón Baquero que, del siglo XVIII al siglo XX "todo lo que se pensó en filosofía y en teología primero se pensó en alemán") no solo resultaba víctima del conflicto, sino que, en opinión de más de un pensador, era responsable del mismo, porque el llamado "idealismo alemán", que había encontrado su máximo expositor en Hegel, con su apriorismo, su historicismo, su rigor, se tenía por fundamento del "inevitable" destino de una cultura y de un pueblo en particular, el pueblo alemán, cuya cosmovisión o Weltanschauung había lanzado a Europa al abismo.

La debacle significó también la quiebra de ese pensamiento que se identificaba con las verdades absolutas para darle mayor voz al pragmatismo —escuela filosófica surgida en EEUU a fines del siglo XIX que se caracterizaba por definir el mundo y las cosas a partir de las consecuencias, es decir de los juicios a posteriori, rechazando cualquier determinismo apriorístico— y al existencialismo —corriente nacida también en el siglo XIX, más un discurso que una escuela formal, que agrupa a diversos filósofos y pensadores bajo la posterior definición de Sartre de que "la existencia precede a la esencia" y que es fundamentalmente una reacción contra la filosofía tradicional.

En el campo de la literatura, la guerra no será solo un tema, una cantera de reflexión crítica para muchos escritores: Hesse, Barbusse, Rolland, Mann, Hemingway, Remarque, sino que el caos que provoca da lugar  a una  ruptura radical y a un gusto excesivo por la experimentación. La vanguardia, que puede apuntarse un comienzo con el movimiento futurista en la primera década el siglo, se acelera con la guerra. Algunas escuelas, como el dadaísmo, madre del surrealismo, se proponen como una práctica nihilista contra las convenciones. El poeta Louis Aragon, que terminará siendo un cuadro del Partido Comunista Francés al servicio de Moscú, define así al movimiento dadaísta:

El sistema DD os hará libres, romped todo. Sois los amos de todo lo que rompáis. Las leyes, las morales, las estéticas se han hecho para que respetéis las cosas frágiles. Lo que es frágil está destinado a ser roto. Probad vuestra fuerza una sola vez: os desafío a que después no continuéis. Lo que no rompáis os romperá, será vuestro amo.

Muchos, encandilados por el experimento bolchevique creen ver en el régimen soviético el modelo de una radical renovación, una muestra del porvenir.

Desde luego, lo que ocurre en el terreno de la literatura se replica en el de las artes plásticas, y viceversa. Se han derrumbado las barreras que aportaban los cánones, y la búsqueda de innovaciones y nuevos territorios no parece tener límites. Los artistas que insisten en apegarse a la tradición son definidos peyorativamente como "académicos", es decir, reaccionarios. Se trata de una auténtica rebelión cultural, antiformal, antiburguesa, antiestablishment que no pocas veces  incurre en acciones ingenuas o paródicas. Marc Chagall resumiría muy bien la actitud de ese arte que es una secuela natural de la devastación de valores que produjo el conflicto bélico: "La guerra fue otra obra plástica que nos absorbió totalmente, que reformó nuestras formas, destruyó las líneas y nos dio una nueva apariencia del universo".

Esta rebelión se manifiesta también en la conducta, en las costumbres, en la moda, y a veces con connotaciones positivas. El feminismo, y en particular el movimiento sufragista, adquiere un ímpetu notable en el tiempo que sucede a la guerra. La moral convencional, que durante siglos ha reducido a la mujer al ámbito de su casa, es radicalmente desafiada: las mujeres fuman y conducen automóviles, algunas pilotean aviones, se cortan el cabello como los muchachos —"a lo garçon"—, y empiezan a llevar pantalones. El subtexto parece decir: se acabó el mundo y estamos inaugurando uno nuevo.

Pese a estos entusiasmos, subyace en la cultura occidental  un pesimismo generado por la guerra con la que se fue a pique la idea del progreso y la ferviente fe en el ser humano que habían caracterizado a las últimas generaciones  que la anteceden. La Segunda Guerra Mundial, pese a haber ocasionado mucha más destrucción y casi cuadriplicado el número de muertos, no fue más que secuela de la gran contienda que la precedió y sirvió para acentuar la desilusión en el destino de Occidente. La desesperanza en el rumbo de una cultura se convertirá en un mal endémico, al menos por lo que resta del siglo XX que, como bien se ha dicho, comenzó en 1914 y terminó con la caída del muro de Berlín.

Stefan Zweig, testigo de excepción del colapso de esa civilización donde él nació y se formó, hace una insuperable descripción de la tragedia en El mundo de ayer:

La gran ola irrumpió sobre la humanidad tan de repente, con tal violencia, que mientras espumeaba sobre la superficie hacía emerger de las profundidades las urgencias e instintos, oscuros, inconscientes, primitivos, del animal humano —lo que Freud con agudeza describió como un rechazo de la civilización, un anhelo de quebrantar, por una vez, el mundo burgués de leyes y preceptos y satisfacer la sed de sangre de la humanidad. Y tal vez esas potencias oscuras también desempeñaron su papel en la salvaje embriaguez que mezclaba el alcohol con el júbilo de la abnegación, un deseo de aventura y una simple credulidad, la antigua magia de las banderas y los discursos patrióticos: un asombroso frenesí que escapa a toda descripción verbal, pero que es capaz de afectar a millones, el frenesí que por un momento dio rienda suelta, y con ímpetu casi irresistible, al peor crimen de nuestro tiempo.[3]




[1] Barbara W. Tuchman, The Guns of August (History Book Club, Nueva York, 1988, p. 1).

[2] Walter Lippmann, "War is Someone Else’s Fault" (titulado originalmente "The Political Equivalent of War"), The Atlantic, agosto de 1928 (reproducido en un número conmemorativo especial de 2014) p. 31.

[3] Stefan Zweig, The World of Yesterday (University of Nebraska Press, Lincoln, 2013, pp. 246-247).

Comentarios [ 12 ]

Imagen de Anónimo

Quisiera hacer mencion (mas de la que hace de pasada el Maestro Echerri) de el papel de el gobierno Serbio y los proponentes de la idea de la Gran Serbia en el asesinato de el Archiduque.

El resultado de el suicidio colectivo de la PGM y SGM es la conquista de Europa por Africa y el Medio Oriente

Imagen de javier monzon velazques

Magnifico analisis. Es toda una clase.

Imagen de Anónimo

Un buen resumen sobre un conflicto de civilización, más conocido por su escenario bélico y por sus bajas que por sus crisis: culturales, filosóficas, teológicas, o sistémicas. La tarea de analizar y dibujar esta conflagración como el colapso de la civilizción occidental e identificar la explosión de los pilares de la misma como la dinamita en los campos de batalla, Echerri la ha logrado con esmero y con lujo de detalles -que alguien con muy mala leche ha descrito como "pedantería".  Qué injusticia! Qué envidia!  Echerri ha facilitado el que los lectores se replanteen la IIGuerra Mundial mediante una lectura panorámica de múltiples tramas desencadenadas simultáneamente por un asesinato.  No todo el mundo es historiador, ni siquiera estudiante de la Historia. Por eso estos resúmenes de amena lectura son tan necesarios, porque al no estar escritos para eruditos, el lector promedio aprende muchísimo no sólo en datos, sino en cómo interpretar los acontecimientos pasados y presentes desde diversos ángulos y perspectivas. Que se repita!  Ileana Fuentes

Imagen de Anónimo

Escribir sobre la Primera Guerra Mundial sin mencionar a la Declaracion de Balfour, es igual que hablar de París y no mencionar la Torre Eiffel.

Imagen de Anónimo

Y yo lo que me pregunto es: ¿A qué viene todo esto? Es como si en medio de una plática familiar, bien afincada, alguien de pronto comenzara a hablar física nuclear u otro tema igual de fascinante, pero para otra audiencia. Ojalá me equivoque, pero me da la impresión de que todo tiene un trasfondo de pedantería y de ideas más que sobadas acerca de las consecuencias de la primera gran conflagración mundial. Sería bueno, además, que algún editor, de los experimentados que seguramente tiene este diario, le explicara a Vicente Echerri que Zweig se escribe con Z de zorro.

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Imbecil y estupido Anónimo - 18 Ene 2015 - 9:54 pm  La revolucion Francesa y las revoluciones de Independencia en America fueron productos de conspiraciones masonicas. La Conspiracion Soles y Rayos de Bolivar, la Conspiracion del Aguila Negra, en Cuba Cespedes, Agramonte, Narciso Lopez, Teurbe, hasta Marti, Maceo y Gomez forjaron la independencia de Espana dentro de las Logias masonicas. Lee y estudia antes de abrir la boca, cretino.

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Excelente ensayo, se le agradece.  Se puede enmarcar este período dentro de dos extremos:  el interregnum conocido como ¨La Belle Epoque¨ hasta el estallido de la guerra en que resultó en que una condición tan terrible como el ¨trench foot¨llegara a ser parte del vocabulario.

La Marquesa 

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No es este artículo histórico el tipo de texto que usualmente consumen, y esperan, los lectores de DDC, de ahí el par de comentarios críticos. No obstante, es un interesante análisis de una de las contiendas más sangrientas de los últimos dos siglos. Puedo agregar que hay historiadores que definen el período de 1914 a 1945 como una Gran Guerra con una tregua de veinte años entre la Primera y la Segunda. Para mi es un gran artículo, Vicente. Muchas gracias.  

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Anonimo-18 ene 2015-4;14 pm. ,,, las estupideces y basuras que escribes son increibles, no conosco uno que este cuerdo , que crea esas teorias de conspiraciones, todos los que las creen, son una mano de frustrados , tontos y fracasados ,,, no llenes este espacio con tales sandeces por favor.

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Patética esta apología velada a la monarquía.