Martes, 11 de Diciembre de 2018
Última actualización: 07:08 CET
Colombia

¿Quién le teme a las FARC-EP?

En Nueva York y antes de tomar la palabra en la reciente sesión de la Asamblea General, el presidente colombiano Juan Manuel Santos aseguró ante un grupo de inquietos inversionistas: "No estoy dando el país a las FARC, ni habrá castrochavismo en Colombia.  Eso no va a pasar". Pero del dicho al hecho va un trecho y el supuesto logro de una acuerdo negociado con la narcoguerrilla no descarta la posibilidad de que el mandatario sea utilizado como idiota útil en favor del populismo, suerte de ébola que infesta a Latinoamérica de punta a cabo y de cabo a rabo.

Irracional sería descartar la experiencia histórica en materia de políticos embusteros y, objetando las comparaciones, Fidel Castro representa un triste ejemplo de mentiroso de campeonato, cuando en 1959 también aseguró a sus prosélitos que "la revolución sería tan verde como las palmas" y luego transformó su régimen en un engendro de corte stalinista, con purgas, ejecuciones sumarias y reclusiones en campos de concentración de la llamada "basura social".

La ceguera pudiera acarrear un grave peligro para la democracia y, más aún, cuando Juan Manuel Santos declaró "que no quiere pasar a la historia como otro presidente que no logró la paz",  preocupante defensa de un record personal, que a criterio de muchos, le acerca más a los perfiles patriarcales de Hugo Chávez y Fidel Castro, que a la personalidad de un bienhechor.

Para los que creíamos que los criminales y narcotraficantes morían como vivían, a balazos y acorralados por las fuerzas del orden u otros maleantes de la misma calaña, tras analizar el desarrollo de los "Diálogos de Paz", podemos arriesgarnos a certificar que los narcoterroristas de las FARC-EP están a punto de encontrar la resquebrajadura para fugársele a la justicia y, por el mismo filón, también se escurrirán los paramilitares y el resto de guerrilleros de ELN que aún andan y desandan la campiña colombiana.

Un proceso kafkiano

Paradójicamente, la primera baja de los "Diálogos de Paz" ha sido la transparencia, máxime si se desarrollan en la guarida de una dictadura totalitaria que reprime la libertad de expresión, de prensa y el derecho a manifestarse contra la presencia de estos criminales en territorio cubano. 

A ello se suma la opacidad para seleccionar a los martirizados  por la FARC-EP,  paramilitares y ejército nacional, con marcadas incógnitas en las proporciones entre víctimas y victimarios.  Asimismo, lo visto a través de la flaca rendija abierta por la prensa oficial, solo expone  patéticos ceremoniales donde los representantes de las víctimas desfilan portando velas encendidas o escenifican rituales de santería para perdonar a sus verdugos.  Igualmente, la falta de información ha justificado el espionaje en torno al proceso.

Además, se ha hecho notable en la bancada de las víctimas y los victimarios el vacío dejado por  los familiares de los jóvenes norteamericanos muertos a causa del narcotráfico de la ruta Colombia-EEUU y, de Fidel Castro, ese controversial genio del mal, quien ni siquiera ha asomado por el Palacio de las Convenciones, para recoger "la cuota que le corresponde" del aluvión de sangre que se cierne sobre la cabeza de los criminales.  Su responsabilidad en el apoyo político y armamentístico de los insurgentes sin dudas fue almacenada en el frigorífico, a conveniencia de los interesados.

Sin embargo, lo que más atenta contra la inteligencia de los que observamos el desenvolvimiento de los "Diálogos" es que tras la muerte de Tiro Fijo y los cabecillas históricos de las FARC-EP, solo ha quedado un elenco de actores de reparto.  Testaferros que han cargado con la desmoralización y el debilitamiento del brazo narcoterrorista y cuya única aspiración es la de convertirse en presas fáciles de los drones, pero que como marionetas del castrochavismo, tienen la oportunidad de salvar el pellejo y ser muchos más útiles.

La prolongación del "Diálogo" por más de 22 meses, cuya agenda solo podía tratar controversias sobre narcotráfico, crímenes, secuestros, actos terroristas, violaciones, extorciones, secuestros de aviones, deposición de armas y sometimiento a la justicia, no obedece a la pericia política y negociadora de los delegados de las FARC-EP, sino a los intereses geopolíticos de La Habana, especie de finta que propició con éxito la reelección de Santos y evitó la ascensión de un candidato uribista.

El costo de la concordia

La paz, sosiego por el cual los colombianos depositaron en las urnas la mayoría de sus votos a favor del reelecto presidente Juan Manuel Santos, también representa las apetencias populistas del harén de La Habana en pos de satanizar al líder de centro derecha Álvaro Uribe, gallo con espolones que les cortó las pezuñas durante su periodo presidencial 2002-2010.

Colombia, la cuarta economía de América Latina, en los últimos 10 años ―según el Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE) ― ha triplicado su PBI per cápita y ha estabilizado su índice de pobreza extrema en el 12%, sin necesidad de pertenecer a la Alianza Bolivariana (ALBA). 

Tras la firma del Tratado de Libre Comercio con los EEUU (TLC), los consumidores colombianos a causa de la baja de precios en sus mercados, han advertido una notable alza del valor de su moneda (baja inflacionaria), que junto a la parafernalia de 7 bases militares norteamericanas instaladas en su territorio y el predominio de la centroderecha como orientación política, ante el desprestigio de la izquierda, hace gala de  rompegrupo del bloque liderado por La Habana y Caracas.

El subdesarrollo económico, principal freno para la consolidación de las democracias en la región, se revela como el inconveniente que más favorece a la causa populista.  Lo demostrado por Chávez, Evo, Correa, Ortega y Maduro, es que tras agenciarse el poder mediante las urnas, después echan raíces en la silla presidencial a costa de amordazar la prensa, domesticar la justicia y contar los votos.  Está probado que la violencia revolucionaria para llegar al poder ya es cosa de cavernícolas y fuente inagotable de desprestigios. 

El desarme de las guerrillas colombianas, junto al beneficio de la paz, traería un comprometido desafío para  los colombianos, que no han tenido un movimiento populista enérgico desde Gaitán y Rojas Pinilla.  Los insurgentes representaban a los inconformes  y, tras la desaparición de sus destacamentos guerrilleros y su posterior regreso a la vida civil y política, el desconcierto se traducirá en protestas y manifestaciones multitudinarias que, sin dudas, le sumarán  prosélitos a los partidos de izquierda, con el consabido peaje al populismo.

A pesar de los pesares, la mayor preocupación recae sobre el protagonismo que debe desempeñar el sistema de justicia colombiano en las negociaciones, puesto que si en La Habana no se acuerda someter a juicio a los criminales (un punto que hasta ahora, ni siquiera ha sido mencionado en la agenda, a no ser que Santos saque ese conejo de la chistera) entonces se le estará restando autoridad al mejor antídoto contra el populismo.  Pero lo más realista de esta historia, es que nadie escarmienta por cabeza ajena.

2 comentarios

Imagen de javier monzon velazques

Es triste pero cierto: nadie escarmienta por cabeza ajena. El mejor ejemplo entre varios, es el ascenso al Poder de Chavez, cuyo regimen, copia sumisa del cubano, aun muerto el promotor, todavia se mantiene en Venezuela a tiros de escopeta, prisiones, anulacion de la Prensa libre, fraudes electorales y la asesoria represiva de los "especialistas" de la Habana. Sera ese el espejo en que se veran en un futuro los colombianos; Dios no lo quiera. 

Imagen de Anónimo

Este artìculo no hace más que repetir una sarta de lugares comunes. La realidad colombiana es mucho mas compleja que la imagen que nos trasmite el desinformado columnista. Por poner solo un ejemplo, decir que  " El desarme de las guerrillas colombianas traería un comprometido desafío para  los colombianos, que no han tenido un populismo enérgico desde Gaitán y Rojas Pinilla..."     es una prueba de su grave desconocimiento. Alvaro Uribe ejerce desde las elecciones de 2002 un liderazgo caudillista y populista de gran incidencia para el país, es un digno alumno de Fidel Castro, pero con un discurso de derecha. En verdad los discursos de los caudillo no son importantes, sino sus prácticas.  

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