Lunes, 18 de Diciembre de 2017
11:53 CET.
Opinión

Quito por Caracas

La vida política en América Latina suele ser muy teatral. Puede pasar de golpe y porrazo de la comedia a la tragedia. Ahora mismo, esa teatralidad congénita con ramalazos de telenovela, ofrece, en un mismo capítulo tenso, la desaparición lenta y misteriosa de Hugo Chávez en un punto secreto de La Habana y la reafirmación victoriosa de Rafael Correa como nuevo líder del llamado socialismo del siglo XXI.

Nadie duda, ni siquiera los representantes más optimistas de su apagada y divida oposición, que el presidente de Ecuador, con sus siete años en el poder, seguirá al mando hasta el 2017. El mismo costurón constitucional que pespunteó hace un lustro, le permite reelegirse y le abre las puertas para que continúe hasta que sea también la muerte quien lo saque del palacio de Corondelet.

Hay una especie de conformidad regional con su decisión de sustituir al venezolano en las tánganas antiimperialistas y en la imposición de un socialismo con rancheras y paisajes indígenas que, a juicio de un cineasta latinoamericano que lo vivió en su carne, es un buen guión con una pésima puesta en escena.

En diciembre pasado, dos días después del anuncio de la operación de Chávez en Cuba, Correa comenzó a probarse el uniforme de jefe continental. Declaró su admiración por el compañero enfermo de cáncer y dijo que aunque era un hombre muy necesario "nadie es ni debe ser imprescindible". Los procesos revolucionarios emprendidos en Venezuela, Ecuador, Argentina y Bolivia, dijo, deben continuar "independientemente de las personas". No mencionó a Nicaragua, pero incluyó en el núcleo duro a Cristina Fernández.

Con los partidos políticos tradicionales devastados, la prensa libre amenazada y perseguida, Correa ha hecho esta campaña electoral con cámaras y micrófonos a su disposición desde que ganó los comicios de 2009. Sus contendientes tuvieron 45 días exactos y ni un solo chance para debatir sus programas ante los electores. El presidente se siente invencible y quiere más espacios para sus ideas y sus talentos.

Para la democracia en América Latina Chávez era una figura peligrosa. Rafael Correa también: más lúcido y efectivo, con dos payasos menos y el mismo cuchillo. Lo dicho. Allá se pasa sin transición del circo a los villanos de los culebrones.

 

 


Este artículo apareció en El Mundo. Se reproduce con autorización del autor.

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