Lunes, 11 de Diciembre de 2017
23:52 CET.
Opinión

La dimisión del Papa

El papa Benedicto XVI no deja de sorprendernos. Su reciente renuncia es otra de esas sorpresas de este papa de aspecto frágil pero de fibra recia. Nos sorprendió desde su ascenso al pontificado, cuando marcó la diferencia respecto de su antecesor, de quien fuera tan cercano colaborador. ¿Quién podría seguirle los pasos a ese hombre telúrico, verdadera fuerza de la naturaleza, de ritmo inagotable y avasallador? Benedicto encontró su propio paso, su estilo de ser Papa.

La frase acuñada por un teólogo español: "Con Juan Pablo II se iba a Roma a ver al Papa. Con Benedicto XVI se va a Roma a oír al Papa", nos habla de esa diferencia. Las Encíclicas, discursos y homilías de este Papa conforman varios volúmenes en los que la profundidad no está reñida ni con la claridad ni con la elegancia: son un continuo llamado a la coherencia de la fe con la vida. Son un continuo llamado al encuentro con Jesús y a la renovación de la fe. Si es verdad que el número de los viajes pastorales, y su duración, disminuyeron con relación a los de Juan Pablo II, también lo es que una cuidadosa programación ha permitido al Papa estar presente a lo ancho y largo de nuestro amplio mundo.

Nosotros, los cubanos, tuvimos la ocasión de experimentar esa pastoral solicitud de Benedicto XVI con su visita de 2012. Sabemos de la dificil trayectoria de las negociaciones para realizar el primer viaje papal a Cuba, en enero de 1998. Desde las postrimerías de los años 70, cuando Juan Pablo II se impuso la tarea de ser el evangelizador por excelencia en medio de las naciones de la tierra, la visita papal a Cuba estuvo siempre presente en el corazón del Papa y en su abultada agenda de viajes. Pero las circustancias que precedieron y acompañaron la debacle del campo socialista en Europa hizo difícil, casi imposible, que el Papa Woytila llegara a Cuba. Toda la América, y casi todo el mundo, ya había recibido la visita del Papa y Cuba quedaba sin visitar. Finalmente, en 1998, tras laboriosas negociaciones, la añorada visita de Juan Pablo se hizo realidad para los cubanos.

El entonces cardenal Ratzinger fue testigo presencial de aquella visita y de su azarosa preparación. Lo que no fue óbice para que al llegar el Año Jubilar del Cuarto Centenario de la presencia entre nosotros de la bendita imagen de la Virgen María, bajo el título de la Caridad, tomando de nuevo el bordón del peregrino, retornara a Cuba, esta vez como Pastor Universal. Peregrino por la Caridad y de la Caridad. Uno más entre los humildes visitantes del Santuario-Basílica del Cobre, que viniendo a honrar a la Madre, proclaman y celebran su fidelidad al Hijo.

Entre los cuidados y escogidos viajes del papa Benedicto, y uno de los últimos, habrá que contar el de Cuba. Vino para testimoniarnos su apoyo e iluminarnos con su sabiduría y para dejarnos constancia de su condición de simple obrero en la viña del Señor, que fiel a Jesús, confirma la fe de sus hermanos.

Ahora, para sorprendernos una vez más, como lo ha hecho en estos casi ocho años de pontificado romano, el paso final de la renuncia. Antes que él, Pablo VI y el mismo Juan Pablo II se plantearon la posibilidad, pero no dieron el paso. Desde Celestino V, en plena Edad Media, no había vuelto a ocurrir. Pero, fiel a su conciencia y como expresión de su servicio al bien mayor de la Iglesia, el papa Benedicto deja su puesto en manos de la misma Iglesia que lo escogió hace ocho años para este ministerio. Benedicto XVI, hombre prudente, nos da testimonio de que "la verdadera prudencia está hecha de mucha audacia".

Gracias, papa Benedicto por estos años de entrega, por sus enseñanzas, por su dedicación. Gracias por su visita a Cuba, como pastor peregrino, que confirma a los hermanos en la fe y en el Amor. Gracias por su valentía en reconocer la propia fragilidad y no tener miedo a romper viejas costumbres cuando media la consecución de un bien mayor. Gracias por su audacia y por su humildad.

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