Martes, 17 de Julio de 2018
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Opinión

Sahelistán

Con la cruenta toma de rehenes en la planta gasística de In Amenas, en Argelia —73 muertos, incluyendo 29 terroristas—, los islamistas le han hecho un inmenso favor a Francia. Le han dado el argumento que necesitaba para legitimar la intervención de sus tropas en defensa de la integridad territorial de Malí, asediado por esos mismos yihadistas, que quieren establecer su ley en la inmensa región del Sahara y del Sahel.

A primera vista, Malí es un país sin relevancia, a pesar de su extensión —el doble de Francia—. Es un territorio en gran parte desértico y con muy pocos recursos naturales. Más allá de los 6.000 franceses, que viven casi todos en la capital, Bamako, no hay ningún interés económico que pueda justificar la decisión del presidente François Hollande de mandar a 2.500 soldados y aviones de guerra para entrometerse en un asunto interno de su antigua colonia. En resumen, Malí no es Libia, cuya inmensa riqueza petrolera tuvo algo que ver en la decisión de Francia y de la OTAN de contribuir al derribo del régimen del coronel Gadafi, hace dos años.

Y sin embargo, a principios de enero, París no dudó un minuto en actuar cuando los islamistas emprendieron su marcha en dirección de Bamako con sus pick-ups artillados. Hasta entonces, las organizaciones yihadistas ocupaban únicamente el norte del país, especialmente las ciudades históricas de Tombuctú y Gao, donde habían implantado la sharía (ley islámica) en su versión más rigorista, que impone castigos bárbaros, como la amputación de una mano a los ladrones o la lapidación a los adúlteros. Además, al igual que sus hermanos talibanes en Afganistán, los islamistas de Malí estaban destruyendo los templos y mausoleos de Tombuctú, catalogados por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. Por no hablar de la prohibición de la música, inherente a la cultura maliense.

Todo esto ocurría en un territorio poblado por una mayoría de tuareg, una tribu de origen bereber que pertenece a la rama sufí del islam, caracterizada por su moderación y su pacifismo. En su afán por crear un Estado propio en el norte de Malí, llamado Azawad, esos tuareg cometieron la grave imprudencia de aliarse con los islamistas de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), la franquicia regional de la red terrorista. Lograron su objetivo ante la debilidad del Gobierno de Bamako, pero cayeron en las redes de una organización que sueña con imponer el fundamentalismo islámico en todo el norte de África.

Esto fue lo que llevó a la intervención de Francia, que teme el contagio yihadista a las puertas de Europa. El resto de la Unión Europea comparte ese temor, pero ha delegado la responsabilidad en la antigua metrópoli y, para variar, se ha puesto de perfil. Y así estaban las cosas hasta que una célula de AQMI asaltó la refinería argelina de In Amenas. Los terroristas fracasaron en su intento de hacer volar por los aires una instalación estratégica, que abastece de gas a Europa. Al Ejército argelino, bregado en esos menesteres, no le tembló la mano y entró a sangre y fuego en la planta. A pesar del número elevado de trabajadores extranjeros entre los muertos —noruegos, británicos, estadounidenses, franceses, japoneses—, pocos gobiernos protestaron ante la negativa de las autoridades argelinas de negociar con los secuestradores.

Este episodio puso de manifiesto la dimensión de la amenaza terrorista en el norte de África. Todos los servicios de inteligencia ya sabían que AQMI y sus socios financiaban su yihad con el secuestro de extranjeros y el tráfico de droga. El 60% de la cocaína consumida en Europa pasa por las manos de esas organizaciones, que la traen de América del Sur. Hubo que esperar, sin embargo, a la guerra en Malí y a la toma de la refinería argelina para que saltaran las alarmas tanto en los países occidentales como en China y Japón, que se aprovisionan de hidrocarburos y de materias primas en la región. La amenaza se extiende también a las incipientes democracias de Libia o Túnez, y a los vecinos del sur, como Senegal o Nigeria.

"Después de Afganistán, no podemos permitirnos que surja ahora un Sahelistán", resumió el ministro francés de Asuntos Exteriores, Laurent Fabius. Los europeos empiezan a tomar conciencia de que no pueden seguir mirando para otro lado, como si la cosa no fuera con ellos.