Miércoles, 17 de Enero de 2018
21:14 CET.
Opinión

El legado de Chávez

Lo poco que se ha filtrado sobre el estado de salud de Hugo Chávez apunta a que, incluso si llegara a salir vivo de Cuba, no estaría en condiciones de volver a ejercer el poder durante mucho tiempo. En esa coyuntura, parece oportuno examinar cuál será el legado del pintoresco caudillo venezolano.

En América Latina el caudillismo ha sido un fenómeno frecuente, pero de huella histórica más bien efímera. Tras la desaparición de los magnos salvapatrias, el "-ismo/sin" casi nunca ha funcionado. No hubo trujillismo sin Trujillo, ni porfirismo sin Porfirio Díaz, ni gomecismo después de que Juan Vicente Gómez se marchara de este mundo, aunque durante algún tiempo muchos venezolanos se resistieran a creer que había fallecido de veras.

Quizá la única excepción en el amplio muestrario de ineficacia póstuma sea el caso de Juan Domingo Perón. Cuarenta años después de que el general pasara a mejor vida, el peronismo es todavía el banderín de enganche de diversas corrientes políticas empeñadas seguir hundiendo a la Argentina.

En realidad, cuando se examina de cerca, el concepto de caudillismo parece demasiado vago, algo así como un cajón de sastre en el que encuentran acomodo numerosas manifestaciones de la vida pública latinoamericana de muy distinto pelaje. El único denominador común entre todos los caudillos es haber ejercido el poder de manera autoritaria, con el apoyo de una parte de la población que los consideró poco menos que el Mesías redivivo.

De modo que tildar a Chávez de "caudillo" no añade gran cosa a la comprensión del fenómeno chavista y de su eventual posteridad. Para hacerse una idea de las perspectivas de supervivencia del chavismo tras la desaparición de su creador, sería preciso definir primero en qué consiste y qué rasgos lo diferencian de otras corrientes ideológicas actuales, y luego examinarlo en el contexto nacional y latinoamericano. Vasta tarea, que excede con mucho el marco de este artículo, de modo que aquí apenas se esbozará lo esencial.

El chavismo, neobolivarianismo o socialismo del siglo XXI, es una mescolanza de marxismo, populismo, nacionalismo y religión, aplicada por un señor logorreico que se comporta como si fuera un híbrido de Gadafi y Clavelitos, con una abultada chequera en cada mano. Es poco probable que ni en Venezuela ni en ningún otro país del continente se reproduzca una combinación de circunstancias personales y sociales como las que hicieron posible la ascensión de Chávez.

Este personaje sui generis, aupado a la presidencia por el voto popular tras haber encabezado un intento de golpe militar —dato a tener en cuenta—, pudo subvertir luego las instituciones democráticas hasta vaciarlas de contenido, con ánimo de perpetuarse en el poder. Hoy queda en Venezuela el caparazón de un Estado de Derecho, que sirve para amparar la tropelía chavista de cara a la opinión pública mundial. Subsiste una apariencia de democracia, con elecciones, tribunales, prensa plural, empresa privada, etc., pero desvirtuada y controlada por la acción del Estado, que intimida y agrede constantemente a la mitad de la ciudadanía que no comulga con el Presidente y sus acólitos.

En el plano internacional, el chavismo ha sido un esfuerzo por resucitar un frente tercermundista capaz de contrarrestar la influencia de Estados Unidos y sus aliados en diversos ámbitos. Gracias al dinero de que disponía, Chávez promovió la alianza de regímenes tan dispares como los de Ucrania, Nicaragua, Irán y Corea del Norte, en el marco de una política antiyanqui que ha dado escasos resultados, fuera de algunas votaciones simbólicas en foros de las Naciones Unidas.

Los dos factores que hicieron posible esa estrategia fueron los cuantiosos ingresos derivados del petróleo y la ayuda del gobierno cubano. Sin el aumento de los precios del crudo en los primeros años de este siglo y sin la asistencia del régimen castrista en materia de policía política, fuerzas armadas, educación y salud pública, el chavismo nunca hubiera logrado consolidarse como lo ha hecho.

Pero la conexión habanera es doblemente onerosa. Primero, porque Venezuela ha de pagar por los servicios cubanos en petróleo contante y burbujeante, y luego porque un plan de estatización como el que Chávez puso en marcha entraña gastos enormes para cualquier economía nacional. Mientras los vientos del mercado fueron favorables, los costos de esa política eran menos visibles. Con la llegada de la crisis económica mundial, el déficit, la deuda y la inflación se han disparado y el sistema bancario y la industria petrolera empiezan a acusar graves deficiencias.

Aun así, hay sectores que se sienten beneficiados por las medidas populistas y apoyan sinceramente al chavismo. Tanto las capas más desfavorecidas de la población como los nuevos ricos que han medrado al amparo del régimen —los boliburgueses— tienen buenas razones para pensar que cualquier tiempo pasado fue peor.

En Argentina, Perón murió tras arruinar el país y legó el gobierno a una ex bailarina de cabaret y un astrólogo. Chávez se ha propuesto no ser menos y, una vez devastada la economía nacional, pretende dejar al país en manos de un tándem formado por un ex conductor de autobuses y un antiguo militar golpista, tutelados desde La Habana por los hermanos Castro.

No obstante, cualesquiera sean las dotes personales de los sucesores y la coyuntura económica internacional, el chavismo no parece tener ni la coherencia ideológica ni el arraigo social necesarios para sobrevivir a la desaparición de su creador. Pero conviene recordar que el peronismo tampoco parecía tenerlos y ha sobrevivido cuatro decenios.

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