Jueves, 19 de Julio de 2018
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Opinión

Hollande, Depardieu y el complejo de Robin Hood

El celebérrimo actor Gérard Depardieu y el presidente de Francia, François Hollande, protagonizan estos días un culebrón periodístico que se enrosca en torno al talento, el dinero, el patriotismo y la solidaridad. Hollande, con ánimo robinjudesco y al amparo de la crisis, ha entrado a saco en las faltriqueras de las familias acaudaladas del país. Hasta el 85% de los euros ganados en 2012 podrían pasar a manos del fisco, si se suman el alza de los tributos, el impuesto sobre la fortuna y los gravámenes a los ingresos personales y los dividendos de las empresas.

Depardieu, que es uno de los perjudicados por el afán recaudatorio del gobierno socialista, consideró que las medidas eran confiscatorias y anunció, primero, que trasladaría su residencia fiscal a Bélgica y, luego, que renunciaría a la ciudadanía francesa. "Soy ciudadano del mundo", anunció el orondo comediante, parodiando quizá inconscientemente a Humphrey Bogart, que acuñó la frase en 1942, en un café marroquí. No podía ser de otro modo, tratándose de un actor de su talla. Solo le faltó pedir que alguien hiciera callar el piano donde Dooley Wilson tocaba As time goes by.

Más de mil familias acaudaladas se han instalado este año en países aledaños a Francia, huyendo de la voracidad del fisco. Y miles más les seguirían, si pudieran. Porque creen, con razón, que cualquier persona que obtenga ingresos elevados de forma lícita —ya sea por su talento, belleza o buena suerte— debería tributar menos y poder disfrutar de una porción mayor de su riqueza.

Hollande y sus colaboradores del Partido Socialista, aquejados del complejo de Robin Hood, opinan lo contrario. Los socialistas suelen ser muy generosos con el dinero ajeno. El actual presidente, por ejemplo, adquirió celebridad instantánea hace algunos años cuando en una entrevista definió a los ricos como "personas que ganan 4.000 o más euros al mes" y a los que habría que gravar con más entusiasmo. Lo peor del asunto es que una fracción sustancial de la sociedad francesa comparte la creencia de que la raíz de la pobreza está en una distribución "injusta" de bienes e ingresos. Bastaría, pues, con despojar a los más pudientes para sacar al país de la crisis y elevar de golpe el nivel de vida de las capas más desfavorecidas.

La ironía del pulso actual entre el actor y el presidente-por-accidente radica en que Depardieu ha sido durante muchos años uno de los más firmes defensores del castrismo en Francia. Al tiempo que no escatimaba elogios hacia la tiranía cubana, el obeso comediante trataba de emprender diversos negocios con el gobierno de la Isla, desde la prospección de petróleo hasta la cría de gallinas en gran escala. La perspectiva de obtener pingües beneficios en esas operaciones se basaba, sobre todo, en que negociaba con los jerarcas de un régimen que en su día confiscó todos los bienes del país y todavía monopoliza la vida económica de 11 millones de súbditos.

Pero es obvio que a Depardieu, que tanto ha aplaudido al castrismo represor y monopólico, no le gusta en realidad el socialismo. Ni en la versión castrista-leninista, que practica la confiscación integral de la riqueza privada, ni en la versión descafeinada o socialdemócrata del compañero Hollande, que solo pretende sacarle del bolsillo el 75% de lo que ganó este año, más una ñapa, en forma de impuesto sobre la fortuna.

Como tantos europeos y norteamericanos que simpatizan con el régimen de los hermanos Castro, Depardieu prefiere vivir en un país democrático donde el Estado le garantice todos los derechos que en Cuba se vulneran y, si es posible, le cobre pocos impuestos. Y de vez en cuando darse una vuelta por La Habana, para disfrutar a precio módico de las maravillas del comunismo caribeño y condenar la maldad del imperialismo yanqui, esa moderna encarnación del sheriff de Nottingham.

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