Martes, 13 de Noviembre de 2018
Última actualización: 17:08 CET
Internacional

El dúo Obama-Xi Jinping

Casi todos los periódicos del mundo han dedicado su portada a la victoria de Barack Obama, en general con unos titulares bastante empalagosos y poco originales, por cierto. El País se llevó el premio a la cursilería con ese muy freudiano "EE UU vuelve a soñar". Hubo, sin embargo, una excepción llamativa. El diario popular francés Le Parisien decidió que la noticia más importante de la semana era el inicio del 18º Congreso Nacional del Partido Comunista Chino (PCCh), que designará al próximo presidente del país más poblado del planeta, con sus 1.350 millones de habitantes.

"El verdadero dueño del mundo es él", rezaba el principal titular del tabloide parisino sobre el fondo rojo de la bandera china y la foto de un hombre desconocido. Se llama Xi Jinping y será el tercer sucesor de Mao Zedong cuando asuma sus funciones en marzo de 2013 por un periodo de diez años. Obama encontró también su espacio en la portada de Le Parisien, pero debajo del nuevo hombre fuerte de Pekín. Obviamente, no se trataba de minusvalorar la importancia de la reelección del inquilino de la Casa Blanca, sino más bien de destacar la coincidencia de dos acontecimientos de gran calado que van a determinar las relaciones internacionales a partir de ahora.

De Obama ya lo sabemos todo después de su primer mandato presidencial y de la desmedida cobertura mediática de la campaña electoral estadounidense. Sobre Xi Jinping, en cambio, disponemos de una biografía mínima. Tiene 59 años y está casado con una cantante de ópera que, además, y esto sólo pasa en China, tiene el rango de general en el Ejército Popular de Liberación. A pesar de haber nacido dentro de una familia revolucionaria —su padre fue compañero de Mao—, Xi fue enviado a trabajar al campo para su "reeducación" durante la Revolución Cultural a finales de los años 60, cuando tenía apenas 15 años. Lo pasó mal, pero luego haría toda su carrera en el PCCh, donde ha ocupado varios cargos hasta su entrada, en 2007, en el Comité Permanente del Politburó (nueve miembros), la más alta instancia del poder en China.

Obama ha llegado a la presidencia a través de un voto democrático, mientras su colega chino ha sido designado por los miembros del partido único. Para Xi no hubo encuestas de opinión, ni campañas agotadoras con mítines y debates televisivos. Y tampoco puede haber sorpresas. Los 2.270 delegados reunidos en el Gran Palacio del Pueblo, en Pekín, han sido bien aleccionados. Habrá unanimidad de fachada y, si hay diferencias de criterio dentro del PCCh, no saldrán a la luz pública. En cambio, durante los próximos cuatro años, Obama será sometido al marcaje permanente de la oposición republicana, mayoritaria en la Cámara de Representantes.

Tanto los chinos como los estadounidenses esperan que sus líderes respectivos se ocupen en prioridad de la economía. A diferencia de EE UU, que está estancado, China sigue creciendo, pero ya no al ritmo del 10% anual de las últimas dos décadas. Y esta desaceleración se debe en gran parte a la disminución importante de las exportaciones destinadas a los países occidentales, todos duramente golpeados por la crisis económica. A Pekín le conviene que la situación mejore en EE UU, pero los dirigentes chinos han tomado conciencia de que el progreso económico pasa ahora por el desarrollo del mercado interno.

El presidente saliente, Hu Jintao, ha dicho sí a un "nuevo modelo de crecimiento" que involucre más al sector privado nacional, pero ha expresado su rechazo tajante a cualquier cambio político inspirado en la democracia occidental. A lo sumo habrá cambios en el funcionamiento interno del PCCh para "hacer la democracia del pueblo más extensiva". ¿Será suficiente para calmar los ánimos de los cientos de millones de chinos que aspiran a acceder a la clase media y que han visto cómo una minoría ha amasado verdaderas fortunas? Quizá los chinos no estén preparados para ejercer el sufragio universal, pero sí quieren respuestas rápidas a los problemas que más les agobian, desde la corrupción rampante hasta la contaminación, que afecta su alimentación y el medio ambiente.

Ése es el enorme desafío que espera a Xi Jinping. Durante un viaje a México, en 2009, se burló del miedo que suscitaba el éxito comercial de China: "Algunos extranjeros con los estómagos llenos y nada mejor que hacer se dedican a señalarnos con el dedo. Primero, China no exporta revolución. Segundo, no exporta hambre y pobreza. Y, tercero, no va liándola por ahí". Tenía toda la razón, pero ahora le toca tomar las decisiones para que la segunda potencia económica del mundo esté a la altura de sus ambiciones.

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