Miércoles, 23 de Agosto de 2017
02:02 CEST.
Opinión

¿Qué hacer con Siria?

No pasa un día sin que nos lleguen imágenes horripilantes del conflicto sirio, donde ambos bandos parecen competir en crímenes de guerra. Durante meses, los rebeldes lograron vender la idea de que el régimen de Bashar el Assad era el único responsable de las atrocidades cometidas en el campo de batalla. Las cosas han empezado a cambiar hace algún tiempo con la difusión de videos donde los insurgentes maltratan y fusilan sin miramientos a sus prisioneros. ¿Y qué hace la comunidad internacional? Toma nota y condena las violaciones de los derechos humanos, pero no logra ponerse de acuerdo para obligar a las dos partes a buscar una salida negociada a un enfrentamiento que ha provocado la muerte de unas 30.000 personas, la mayoría civiles, en veinte meses de combates.

Un video difundido esta semana documenta con mucha crudeza el asesinato de 28 soldados y milicianos detenidos por un grupo de rebeldes. Los militares controlaban los accesos a la ciudad de Saraqeb, cerca de Alepo, la gran capital comercial de Siria. "Parece ser un crimen de guerra... otro más", ha lamentado el portavoz del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Rupert Colville. Un insurgente citado por el diario británico The Guardian responsabilizó de la masacre a un grupo yihadista que actúa por su cuenta y no depende del Ejército Libre Sirio (ELS), la principal organización armada de la oposición. Sin embargo, el propio ELS se atribuyó en un comunicado triunfalista la toma de Saraqeb y calificó este hecho de victoria estratégica, porque corta las líneas de suministros del Ejército entre Damasco y Alepo.

En cualquier caso, se ha vuelto muy difícil distinguir entre ELS e islamistas extremistas, y esto es un motivo de preocupación para los países occidentales que apoyan la rebelión, sobre todo Estados Unidos y Francia. Varios testimonios recogidos por la prensa internacional en las últimas semanas revelan que el ELS recluta también a yihadistas, tanto nacionales como extranjeros. Y no lo hace por motivos ideológicos, sino más bien por razones pragmáticas, para obtener fondos de los principales patrocinadores de la insurgencia, Arabia Saudí y Qatar, que solo financian a los grupos islamistas.

Los rebeldes se quejan amargamente de que Estados Unidos no esté dispuesto a entregarles armamento pesado y misiles tierra-aire, que les permitirían derribar a los aviones y helicópteros del Ejército. Solo así cambiaría la correlación de fuerzas a favor de la insurrección, como pasó en Libia cuando la OTAN decretó una zona de exclusión aérea. Washington teme una repetición de la terrible experiencia que tuvo en Afganistán, cuando entregó misiles Stinger a Osama bin Laden para luchar contra las tropas soviéticas. Y hay motivo para preocuparse, porque cientos de combatientes vinculados a la nebulosa de Al Qaeda han llegado a Siria para luchar contra el "hereje" Bashar el Assad.

La desconfianza de Estados Unidos para con el ELS ha tenido un efecto perverso, porque ha llevado a los rebeldes a tomar posiciones más radicales para quedar bien con los saudíes. ¿Fingen ser islamistas para obtener los recursos que tanto necesitan? ¿O se han vuelto más radicales porque se sienten rechazados por Occidente? Es imposible saberlo por el momento, pero los asesinatos de presos de guerra y otras violaciones de derechos humanos son indicios de una radicalización que logra inquietar a sus propios simpatizantes. Algunos partidarios del ELS han expresado su disgusto en las webs que han difundido las imágenes de la masacre de los soldados en Saraqeb. "¡Imbéciles! No ayudan en nada a nuestra causa con esas ejecuciones", protestaba un anónimo, quien reprochaba a los rebeldes que se escuden en Alá para justificar "esos crímenes bárbaros".

Ninguno de los dos bandos tiene la capacidad de imponerse al otro a corto plazo. Estamos ante un conflicto que puede prolongarse durante años y llevar a la desintegración de Siria en varios Estados. Solo la comunidad internacional puede impedirlo, pero hasta ahora las dos potencias involucradas, Estados Unidos y Rusia, han actuado de manera irresponsable. Con la derrota de Bashar el Assad, Washington quiere romper la alianza entre Siria e Irán, que amenaza a su aliado israelí. En cambio, Moscú se opone a toda medida de fuerza contra su aliado sirio y quiere proteger sus intereses geopolíticos en la región. Por el momento, Barack Obama y Vladímir Putin solo han conseguido desestabilizar un poco más a Oriente Próximo.

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