Sábado, 19 de Agosto de 2017
01:47 CEST.
México

Imaginación y tragedia

Gabriel García Márquez se siente frustrado porque nunca se le ha ocurrido nada que sea más asombroso que la realidad. Dice que lo más lejos que ha podido llegar es a trasponerla con recursos poéticos. Cuando escribió esa queja amarga hablaba del Caribe frondoso que el escritor se sabe de memoria, pero debía tener en la cabeza todo el continente. Y el valle de México donde ha vivido y ha escrito durante muchos años.

Lo que sucede en algunos puntos de aquella región hace que muchos creyentes se refugien en la idea de que Dios descuida a veces a sus hijos americanos porque tiene cosas muy importantes que hacer en otras partes del mundo. O que la naturaleza le pone a ciertos grupos humanos unos puntos extras de extravío para acentuar la pasión y el colorido del golpe folclórico.

En el caso de México, ese revuelo de la imaginación, ese dominio del surrealismo, tiene una faceta especialmente trágica cuando se manifiesta en los ámbitos de la violencia y de la muerte. Ése es el escenario natural del narcotráfico, un factor de primer orden en la sociedad mexicana que, para el escritor Carlos Monsiváis, se adueña de las primeras planas en el mundo entero, y sus personajes alcanzan la notoriedad antes solo asignada a políticos, deportistas y estrellas de cine.

Las páginas de notas policiales están ahora llenas de los nombres de las bandas, de los motes resonantes de sus jefes y de la estadística funeraria de las drogas, su emporio de negocios sucios, complicidades y dobles juegos. La crónica roja de ese país dejó atrás las ahora pálidas reseñas de crímenes pasionales, robos, tánganas de machos en bares y en cantinas y el escándalo de la corrupción en el tiempo en el que los titulares anunciaba que los heridos de los accidentes de tráfico se daban a la fuga por temor a que la policía los desvalijara.

Detrás de los heridos que huyen, llegaron los vivos y los muertos secuestrados, las identidades robadas, las historias de avaricia, riquezas ocultas y conspiraciones de poderosos arrulladas por narcocorridos. Casi nadie tiene las claves para saber detrás de qué cañones están los buenos y los malos.

La gente prefiere que sea un pobre autor realista quien escriba. Que su destino no dependa de los descuidos de Dios o de los extravíos de la naturaleza.

 


Este artículo apareció en El Mundo. Se reproduce con autorización del autor.

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