Sábado, 18 de Noviembre de 2017
16:19 CET.
Opinión

Ayudar a Libia

La ola de ataques contra las sedes diplomáticas de Estados Unidos en varios países musulmanes y el asesinato de su embajador en Libia han sido recibidos con estupor por la prensa y los gobiernos occidentales que apoyaron las "revoluciones" del año pasado en el mundo árabe.

La llamada primavera árabe ha dado paso al invierno islamista, dice el nuevo axioma de moda, como si no existiera otra alternativa en esa parte del planeta. Después del entusiasmo excesivo e ingenuo ante la caída de las dictaduras en Túnez, Egipto y Libia, parece haber llegado la hora de la desilusión, excesiva también, ante la ofensiva violenta lanzada por los extremistas religiosos para apoderarse de las instituciones e imponer dictaduras peores aún que las anteriores.

Todas las televisoras estadounidenses hacían esta semana la misma pregunta a sus expertos y sus corresponsales en Oriente Próximo: ¿cómo es posible que esa gente a la que hemos ayudado a acabar con la tiranía del coronel Muamar el Gadafi la emprenda ahora contra nosotros y haya matado a Christopher Stevens, el diplomático que más ha hecho para apoyar a la revolución libia? Semejante ingratitud les parece inconcebible.

Estos brotes de violencia en Egipto, Libia, Sudán o Yemen fueron provocados, se dijo en un principio, por la difusión en YouTube de un video, producido en Estados Unidos, que denigra al profeta Mahoma. Estaríamos así ante una repetición de los incidentes que desató en el mundo musulmán la publicación, en 2006, de unas viñetas de Mahoma en un periódico danés. En aquella oportunidad, las turbas atacaron también embajadas occidentales, y en los zafarranchos murieron unas cincuenta personas.

A diferencia de los dibujos sobre el profeta, en este caso no se sabe con certeza quién está detrás del video La inocencia de los musulmanes. Los propios actores han contado que esa película había sido manipulada en la fase de posproducción para incluir al personaje de Mahoma, que no figuraba en el guión. La película que ellos habían rodado estaba ambientada en el tiempo de los faraones, muy anterior a la llegada del islam… Parece que alguien estaba interesado en ofender a los musulmanes. Y no es casualidad que ese bodrio de 14 minutos se diera a conocer la víspera del 11º aniversario del atentado contra las Torres Gemelas.

En cualquier caso, la ofensa no justifica esa violencia demencial. Sobre todo en el caso de Libia. Se sabe ahora que el ataque contra el consulado norteamericano en Bengasi, que le costó la vida al embajador y a otros tres funcionarios, se planificó antes de que hubiera noticia del video y fue perpetrado por un grupo posiblemente vinculado a Al Qaeda. Este episodio ha revelado con toda crudeza que los extremistas islámicos, aun siendo minoritarios, están consolidando sus posiciones y representan el mayor peligro para la revolución libia. Y todo ello ante la pasividad de las propias autoridades, que no se atreven a hacerles frente y desarmarlos.

En el último año, las brigadas salafistas han emprendido una ofensiva contra los sufíes, una rama mística y pacífica del islam, que han visto cómo sus santuarios y cementerios eran destruidos con total impunidad. Ante estos hechos, el ministro del Interior llegó a decir que no iba a mandar policías a proteger piedras. Tampoco ha sabido proteger vidas humanas: en el último año, 15 ex altos cargos del Ejército (algunos en las filas de la revolución) han sido asesinados en Bengasi por escuadrones de la muerte. Nadie ha sido detenido por ello.

Los salafistas han ido organizándose y creciendo gracias a la financiación generosa de Arabia Saudí. Sin embargo, la sociedad libia les ha dado la espalda. Ninguno de sus dirigentes destacados logró un solo escaño en las elecciones legislativas de julio pasado. De ahí que hayan optado por desestabilizar las frágiles instituciones e intentar conquistar el poder por la violencia.

Ante esa amenaza, la comunidad internacional, en lugar de retraerse, tiene que ayudar más que nunca al nuevo Gobierno libio, que acaba de entrar en funciones bajo la dirección de Mustafa Abu Shagur, un prestigioso ingeniero formado en Estados Unidos. Es vital para la buena marcha del país que las autoridades desarmen a las milicias de una vez por todas y formen unas fuerzas de seguridad capaces de imponerse con toda la legitimidad del Estado.

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