Lunes, 20 de Noviembre de 2017
10:13 CET.
Opinión

De los fiordos a Varadero

Los colombianos necesitan creer en el proceso de paz que se iniciará en octubre en Noruega entre el Gobierno y la narco guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Lo demuestran día a día las encuestas (se habla ya de un 77% de aprobación ciudadana) y los índices, ahora casi parejos, entre los que piensan que se acabará la guerra y quienes lo ven todo todavía muy distante y oscuro.

Los hombres y las mujeres de ese país reclaman el final del conflicto y saben que la pólvora y el plomo seguirán en primer plano por un tiempo porque los problemas internos, las diferencias entre las partes que se tienen que sentar a la mesa, los pozos secretos de esa batalla, no se eliminan con unas cuantas sesiones de diálogos y unos portafolios llenos de buenas intenciones.

Los asuntos domésticos, las secuelas de ese combate y el porvenir de la nación, hay que confiarlos a la sabiduría de los demócratas. Y depende solo de los colombianos. Pero muchos observadores de la realidad de aquel continente ven con preocupación la nominación de Noruega y Cuba como garantes, sedes oficiales de las conversaciones y guías en el camino hacia la pacificación. Uno, Oslo, porque queda muy lejos. Y el otro, La Habana, porque está demasiado cerca de una de las partes en litigio.

No se habla de geografía, la lejanía física no es una noción del mundo de hoy. Son intereses, compromisos, complicidades de los cubanos con los guerrilleros colombianos desde sus orígenes en la década del 60. Y, en última instancia (que podría ser la primera) de los ejemplos de los fiadores como países abiertos con respeto absoluto por la libertad para todos sus ciudadanos.

Noruega, en ese plano, es impecable. No se puede decir lo mismo del régimen de Cuba que mantiene una campaña represiva que llevó a la cárcel, en el mes de agosto pasado, a más de 500 opositores pacíficos, activistas de derechos humanos, Damas de Blanco y periodistas independientes.

Es obsceno y ofensivo el entusiasmo de los comunistas caribeños por la paz en Colombia mientras prospera en la Isla un clima de violencia, golpizas y linchamientos verbales.

Los que usan la guerra para gobernar no pueden avalar la paz de nadie.

 

 


 

Este artículo apareció en El Mundo. Se reproduce con autorización del autor.

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