Sábado, 18 de Noviembre de 2017
23:50 CET.
Colombia

Política o cocaína

Con una simple foto, donde aparece arropado por más de cien generales y coroneles del Ejército y de la Policía Nacional, el presidente Juan Manuel Santos ha mandado un mensaje contundente a la guerrilla colombiana: el Gobierno no baja la guardia y no habrá tregua en la lucha contra la insurgencia más antigua del continente, a pesar del acuerdo logrado entre las dos partes para iniciar una negociación de paz a principios de octubre, en Noruega primero y luego en Cuba.

"Intensifiquen su accionar" contra las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), dijo Santos a las fuerzas de seguridad, que no se harán de rogar para cumplir la orden. El día anterior, un bombardeo aéreo acabó con la vida de un importante cuadro de la guerrilla, conocido como "Danilo García". Dirigía el frente 33, que opera en la frontera con Venezuela, y era considerado como "la mano derecha" del máximo líder de las FARC, Rodrigo Londoño, alias "Timochenko". Es otro golpe duro para la insurgencia, que sufre una sangría inacabable de sus dirigentes desde 2008, con la muerte de numerosos jefes de frente y de cinco de los siete miembros de su Secretariado, la más alta instancia de esa organización creada en 1964.

Con esta puesta en escena en la principal base militar del país, Santos ha querido tranquilizar a las fuerzas del orden y a los colombianos que temen una componenda entre el Gobierno y la guerrilla para acelerar el proceso de paz. El mandatario ha asegurado que no se repetirían los errores de las negociaciones anteriores, especialmente las del Caguán (1998-2002), cuando el presidente Andrés Pastrana retiró el Ejército de una zona del tamaño de Suiza, que las FARC aprovecharon para rearmarse y dedicarse al secuestro y al narcotráfico. Esta vez, el diálogo se desarrollará fuera de Colombia y el Gobierno no cederá "un solo milímetro del territorio nacional". Además, no habrá "ningún tipo de cese al fuego" mientras no haya un "acuerdo final" que incluya el desarme y la reintegración de los guerrilleros a la vida civil.

Tanta firmeza era necesaria para aplacar la sospecha de que Santos habría caído en una nueva trampa tendida por las FARC, ahora con el apoyo de sus dos padrinos, Venezuela y Cuba, que aspiran a "lavar" la imagen de Chávez ante las elecciones presidenciales y, de paso, garantizarse la benevolencia de sus vecinos en caso de un eventual fraude en las elecciones presidenciales.

En una columna anterior escribí que, en nombre de sus intereses estratégicos, el eje bolivariano no iba a permitir la derrota electoral del caudillo venezolano el 7 de octubre. Entonces, ironiza un lector, se trataría de" una maniobra de Chávez para ganar las elecciones, dejando a Santos sin paz alguna, haciendo el papel de Bobo de la Yuca". Pues no, Don Perico (así firma el lector), no creo que Santos sea un tonto útil que se deje manipular. Más bien, estoy convencido de que el presidente colombiano es muy hábil, mucho más que Chávez, pero quizá menos que los dirigentes cubanos, bregados en esas lides durante 50 años de conspiración.

Con la excepción probable de Noruega, que actúa como garante del proceso de paz, como lo ha hecho ya en varios otros conflictos, los demás participantes en el diálogo con las FARC persiguen objetivos políticos propios. El presidente Santos considera que la correlación de fuerzas está ahora claramente a favor del Estado colombiano, a diferencia de lo que pasó en las negociaciones anteriores. Él mismo, como ministro de Defensa del Gobierno presidido por Álvaro Uribe, dirigió una ofensiva militar muy exitosa contra la guerrilla, que ha perdido la mitad de sus efectivos. "Colombia ha cambiado", dice el mandatario, y es ahora la tercera potencia económica de América Latina, detrás de Brasil y México. El momento ha llegado para cerrar un conflicto anacrónico y dedicar los esfuerzos de la sociedad al desarrollo y a la lucha contra la pobreza. Y ¿quién mejor que él para hacerlo y pasar a la historia como el presidente que ha logrado la paz? Sería un motivo de mucho peso para conseguir un segundo mandato en 2014.

Ya sabemos por qué La Habana y Caracas se apuntan, el primero como garante, a la par de Noruega, y el otro como "acompañante" del proceso de paz. Buscan impedir como sea la victoria del candidato de la oposición venezolana, Henrique Capriles, que se ha comprometido a cerrar el grifo del petróleo gratis a Cuba. Han sido las presiones de Cuba y Venezuela, sus dos máximos valedores, las que han obligado a las FARC a sentarse a la mesa de diálogo sin demasiado entusiasmo: saben que una negociación les obligará tarde o temprano a escoger entre la actividad política legal y el lucrativo negocio de la cocaína.

 

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