Lunes, 20 de Noviembre de 2017
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América Latina

El germen de la autodestrucción

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En el momento de la catástrofe ecológica de Chernóbil, las autoridades soviéticas trataron inicialmente de esconder la realidad, minimizando la importancia de lo que ocurría en el país. No pudieron, sin embargo, mantener esa postura por más de unos días: los satélites estadounidenses hicieron de conocimiento público, a través de las redes mundiales de televisión, la gravedad de la situación. Humillante fue para la URSS no tener más remedio que reconocer la veracidad de las imágenes diseminadas por la superpotencia rival.

El desarrollo de la tecnología capitalista —elemento determinante de lo que en la jerga marxista suele llamarse "fuerzas productivas"— había de esa forma logrado asestar un rudo golpe a los métodos de desinformación de los regímenes comunistas.

Algo similar ocurre con los métodos de toma del poder utilizados por movimientos políticos con designios dictatoriales. El impacto sicológico de la caída del Muro de Berlín, junto al surgimiento y crecimiento de nuevos medios de comunicación y difusión de información (redes sociales, internet y parábolas de televisión, entre otros), fruto de las "fuerzas productivas" del capitalismo, ha tenido como resultado el auge y fortalecimiento del ideal democrático a través del mundo, lo que ha obligado a esos movimientos a ajustar sus estrategias a las nuevas circunstancias.

En América Latina, la guerra de guerrillas (como la de las FARC en Colombia) ha pasado de moda, al igual que las intentonas de golpe de Estado (como la de Chávez en 1992). Ahora los "revolucionarios" prefieren acudir a elecciones, prometiendo villas y castillas, cacareando a los cuatro vientos su profunda fe democrática y jurando por todos los santos su gran pasión por la libertad.

Ésa es la vía que han seguido los líderes del eje bolivariano (Chávez, Ortega, Correa, Morales y los Kirchner) para alcanzar el poder.

No obstante, una vez ganadas las elecciones, se pone en marcha un siniestro mecanismo tendiente a corroer, cual un cáncer, la libertad de expresión y asociación, la independencia de la justicia, el pluralismo político y la alternancia en el poder. Al igual que en las repúblicas bananeras de antaño, la presidencia vitalicia se convierte en objetivo primordial.

Según proclaman nuestros autócratas bolivarianos, lo que ellos hacen no es destruir la democracia, sino fortalecerla, despojando a la "burguesía" de lo que le queda de poder.

¿Cuál es el destino de ese proceso de demolición de la democracia? Pues bien, el mismo que condujo al colapso del bloque soviético, el mismo que obliga a la economía castrista a vivir con el gotero puesto, alimentándose de las dádivas de sus cómplices (URSS, Chávez), el mismo, también, que destruyó los experimentos socializantes de Perón en Argentina, Allende en Chile, Velasco Alvarado en Perú, los sandinistas en Nicaragua y Omar Torrijos en Panamá, a saber: la demostrada incapacidad de todos los intentos socialistas de desarrollar las "fuerzas productivas".

Y eso es lo que está ocurriendo ahora en los predios bolivarianos. La economía no funciona, sobrevive simplemente gracias a la renta del petróleo o a la exportación de algunas materias primas o productos agrícolas.

Se desencadena así un círculo vicioso que no puede sino dar al traste con el régimen que lo causa. Al maniatar la iniciativa privada y la clase empresarial (o "burguesía"), se aniquilan los incentivos para producir e innovar. Los bienes de primera necesidad comienzan a escasear, los precios aumentan, poniendo en marcha la inflación. El régimen rehúsa cambiar de política, abrirse al mercado, y prefiere imponer nuevas trabas (control de precios y divisas, expropiaciones). Desaparece el incentivo de invertir y la fuga de capitales se convierte en deporte nacional, lo que a su vez agudiza la escasez. El descontento crece en consecuencia, lo que obliga a acentuar la represión. Hasta llegar, tarde o temprano, a la explosión final.

Recordemos que es el propio Marx quien pone de relieve la importancia de las "fuerzas productivas" en la evolución de toda sociedad. Para Marx, son ellas las que determinan el potencial y la supervivencia de un sistema económico. Cuando éste no logra desarrollar dichas fuerzas y se muestra incapaz de responder a las aspiraciones de la sociedad, el sistema termina por reventar.

Para contradecir los argumentos presentados aquí, se argüirá que el capitalismo no está en condiciones de creerse superior, pues una grave crisis lo sacude a nivel mundial. Salvo que ésta no es la primera ni la peor de las crisis que a ese sistema le ha tocado atravesar. En todas y cada una de las crisis precedentes, los detractores del capitalismo anunciaron la crisis "final" del mismo, equivocándose cada vez. Y mientras el capitalismo no cesa de rebasar sus crisis, las tentativas socialistas mueren una tras otra en un fiasco total.

Se argüirá, además, que en China no hay democracia y sin embargo el sistema se mantiene. Salvo que en China, a diferencia de los regímenes bolivarianos, no se estigmatiza el capital. Allá el slogan vigente, lanzado por Deng Xiaoping en 1978, es "Enriquézcanse", consigna en las antípodas del "Exprópienmela", proferido por Hugo Chávez cada vez que una empresa privada osa contradecir sus absurdas ordenanzas.

Es por la conjunción de esos dos factores —odio a la clase empresarial y trabas a las fuerzas del mercado— por lo que, empleando otra expresión sacada de la fraseología marxista, se puede hoy afirmar que el eje bolivariano trae consigo el germen de su propia destrucción.

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