Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
12:27 CET.
Opinión

El presidente y el hacker

En su afán por escapar a la justicia, el pirata informático Julian Assange ha conseguido el "asilo diplomático" en la embajada de Ecuador en Londres. Grave error. Sin proponérselo, el fundador de WikiLeaks ha escogido la peor de las cárceles y tiene que prepararse para una larga estancia, de meses o quizás años, en el cuartucho donde lo aloja la misión diplomática. En cambio, con esta decisión el presidente Rafael Correa se afianza como un líder independiente que no duda en desafiar a la poderosa Gran Bretaña y, a través de ella, al "imperio yanqui", que tiene cuentas pendientes con Assange. Correa le va arruinar la vida a su protegido pero, para él, es todo beneficio en previsión de su candidatura a la reelección en 2013.

La cancillería ecuatoriana desveló esta semana sus argumentos para pedir a Gran Bretaña la entrega de un salvoconducto para el australiano de 42 años que divulgó cientos de miles de documentos secretos del Gobierno estadounidense. Según Quito, la vida de Assange corre peligro y" existen serios indicios" de una posible "represalia que puede poner en riesgo su seguridad, integridad e incluso su vida". Ecuador no cita nunca a EE UU por su nombre pero el contexto no deja la menor duda sobre la identidad de ese "tercer país fuera de la Unión Europea".

¿A qué viene tanta preocupación por la vida de un hombre que, por el momento, está llamado por la justicia sueca a responder a denuncias de violación y abusos sexuales presentadas por dos mujeres con las cuales tuvo relaciones en Estocolmo hace dos años? Cuando decidió refugiarse hace dos meses en la embajada ecuatoriana en Londres, donde estaba bajo arresto domiciliario, Assange acababa de agotar todos los recursos ante la justicia británica para evitar su extradición a Suecia. El australiano se presentó entonces como un perseguido político, víctima de un contubernio entre Gran Bretaña y Suecia para despacharlo a EE UU y juzgarlo allí por las filtraciones de WikiLeaks. Y el presidente Correa se ha dejado seducir por la explicación porque, dijo, las acusaciones por supuestos delitos sexuales "son cosas bastante dudosas, por decir lo menos".

Correa se apunta así al club de los que ven la mano de la CIA en las denuncias de las dos amigas suecas de Assange. Ahí también está el exjuez Baltasar Garzón, apartado hace unos meses de la carrera judicial por prevaricación en un caso de escuchas ilegales. Garzón, que es parte del equipo de defensa del australiano, aseguró que la extradición a Suecia era en realidad una "excusa para juzgarle en EE UU por revelar informaciones que afectan a las instituciones" de ese país. En una entrevista con el diario El País, el exjuez de la Audiencia Nacional dijo que la vida de su defendido "corre peligro" por la información que no ha publicado aún y que algunos "pueden intentar que no se conozca nunca". Y Garzón remató con la amenaza inverosímil de acudir a la Corte Internacional de Justicia si el Gobierno británico no da un salvoconducto a Assange para salir de la embajada y tomar un vuelo a Quito.

Muchos se preguntan por qué, si el caso está aún en fase de investigación y no hay ninguna acusación formal contra el australiano, Suecia no ha querido mandar a un fiscal para interrogarle en Londres, en lugar de recurrir a la parafernalia judicial de la extradición. Esa actitud ha dado argumentos a los que sospechan que hay gato encerrado en este asunto. Sin embargo, hay una respuesta obvia: si todo fuera una maniobra de EE UU para llevárselo a casa, ¿de qué sirve mandarlo primero a Estocolmo si se puede hacer directamente desde Londres y a un costo menor? Además, no hay por el momento ningún proceso judicial abierto contra Assange en EE UU, donde el único acusado por las filtraciones de WikiLeaks es el soldado Bradley Manning, detenido desde mayo de 2010.

Deben de estar encantados en Washington con la paranoia que corroe a Assange y a sus amigos, que ya no se atreven a sacar nuevos documentos, si los tienen. No dudo, sin embargo, de que a la primera de cambio, entre dos aviones, el largo brazo de la justicia estadounidense lo alcanzará. Eso, si el australiano logra salir un día de la cárcel en la que se ha metido, bastante peor que cualquier celda sueca o estadounidense, donde los presos tienen derecho a pasear por lo menos una hora al día en un patio al aire libre. En la embajada ecuatoriana tuvieron que darle una lámpara solar y una cinta para correr porque no puede salir del edificio. "El señor Julian Assange puede quedarse indefinidamente en nuestra embajada", ha asegurado el presidente Correa con todo el cinismo que le caracteriza. ¡Vaya consuelo para el atribulado huésped!

 

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