Martes, 12 de Diciembre de 2017
11:00 CET.
Brasil

Una bola de cristal para el pasado

En Brasil todos los asuntos aparecen contagiados por el gigantismo. Ahora, en agosto, está en marcha la celebración del juicio del siglo sobre el más notorio escándalo de corrupción de la historia de ese país. En los primeros planos de la escena están, como principales imputados, figuras de alto rango del Partido de los Trabajadores, el mayor defensor y garante de la felicidad y el bienestar de la clase obrera.

Son 38 exministros, banqueros, empresarios, funcionarios, y dirigentes políticos, sentados frente al Tribunal Supremo Federal, bajo la acusación de apropiarse de dinero público y sobornar a congresistas de otros partidos para que le dieran su voto en el parlamento a las propuestas del gobierno del presidente Lula da Silva.

La trama se descubrió y se denunció en 2005 y el jefe máximo salió ileso en los revuelos iniciales. Sin embargo, el segundo al mando, el hombre que ejercía como una especie de primer ministro, José Dirceu, se tuvo que ir a casa porque surgía como diseñador y gestor principal de la maraña.

El hombre, una potencia con perfiles propios dentro del Partido de los Trabajadores, fue sustituido por la señora Dilma Russeauf. Ella asumió la comprometedora posición que siempre asigna el símil de la mano derecha. Desde ese sitio salió para el sillón de la presidencia.

La justicia y la verdad llegarán por sus caminos. Pero muchos analistas que usan la máquina del tiempo se preguntan qué hubiera pasado si no llega a explotar la olla calentada por la izquierda austera. El tramo hasta el palacio lo habría hecho, con el paso natural que le pertenecía por sus cargos en el Gobierno y en el Partido, el camarada Dirceu, el creativo servidor de los trabajadores, procesado hoy por ladrón.

Exiliado en Cuba durante la dictadura militar brasileña, fanático y deudor del castrismo y reconocido como un admirador ferviente de Hugo Chávez, Dirceu en el poder hubiera sido una desgracia para Brasil, y América Latina sería otra, peor. Describo esta realidad improbable con gran alivio porque todo lo que viene de allá tiene que ser enorme.

 


Este artículo apareció en El Mundo. Se reproduce con autorización del autor.

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