Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
20:48 CET.
Siria

La clave está en Moscú

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El atentado contra la sede de la Seguridad Nacional en Damasco, que acabó el pasado miércoles con la vida de cuatro altos cargos del régimen sirio, podría haber sido obra de la propia cúpula del poder. ¿Con qué objetivo? Algunos expertos barajan la hipótesis de una operación preventiva para impedir un golpe en preparación contra el presidente Bashar el Assad. Otros señalan que la fecha escogida para el ataque hace pensar que sus autores querían influir sobre una reunión clave del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que iba a votar ese día en Nueva York una resolución de condena a Siria. EE UU, Francia y Gran Bretaña habían consensuado un texto que amenazaba con imponer sanciones contra Damasco por sus excesos en el uso de la fuerza militar contra la población civil. El principal aliado de Siria, Rusia, necesitaba un argumento para vetar el texto. El bombazo se lo proporcionó: el agredido ya no era el pueblo sirio, sino el propio gobierno de Bashar el Assad.

Pero ¿estalló realmente una bomba en el edificio de la Seguridad el pasado miércoles? Hay muy pocos periodistas extranjeros en Siria —Damasco da visados con cuentagotas— pero por lo menos dos corresponsales, incluyendo la enviada de la BBC, se acercaron al lugar poco después de la supuesta explosión. Se quedaron sorprendidos al constatar que no había daños visibles, ni un solo cristal roto en las ventanas del edificio. La zona no estaba acordonada y no había ninguna restricción para los transeúntes. Varios residentes de la zona, citados por el diario británico The Guardian, aseguraron que no habían oído ninguna explosión.

Esto no impidió, sin embargo, que los rebeldes se atribuyeran la autoría del atentado. Y, además, por partida doble. La principal organización armada de la oposición, el Ejército de Liberación Sirio (ELS), dijo que había escondido la bomba en la sala de reuniones donde murieron el ministro de Defensa y tres personas más. En cambio, un grupo islamista aseguró que había sido un suicida con explosivos adheridos a su cuerpo. Fuesen o no los verdaderos autores, los rebeldes no iban a desperdiciar semejante oportunidad para atribuirse una operación que les da más relevancia militar y política en su lucha contra la dictadura.

Ahora bien, el solo hecho de que la noticia del atentado fuera anunciada primero en la televisión estatal alimenta las sospechas de que podría tratarse de un montaje de los todopoderosos servicios secretos, los tenebrosos mujabarat. Los medios estatales no suelen dar publicidad a los éxitos de los rebeldes. Todo esto suena a teoría conspirativa, es cierto, pero también es cierto que los Assad, padre e hijos, se han mantenido en el poder durante más de cuarenta años gracias a las intrigas y al uso sistemático de la violencia. Al régimen nunca le ha temblado la mano para eliminar a sus adversarios y a los traidores, supuestos o reales, dentro de sus propias filas.

En todo caso, los acontecimientos de la pasada semana han dado al Gobierno sirio un pretexto para aumentar las operaciones militares contra los rebeldes, que han abandonado casi todas las posiciones que habían tomado en varios barrios de la capital. El régimen ha hecho una demostración de fuerza para desmentir los pronósticos de los que lo daban ya por muerto. A diferencia de lo que pasó en Libia, donde los alzados se apoderaron muy rápidamente de casi la mitad del país, los rebeldes sirios no han logrado liberar una sola porción del territorio en dieciséis meses de lucha contra la dictadura.

Pese a su enorme superioridad militar, el régimen no puede acabar con una rebelión que se ha extendido a casi todo el país y cuenta con el apoyo de buena parte de la comunidad internacional. Moscú, que tiene unos 10.000 asesores militares en Siria, ha dejado claro que no va a permitir la injerencia de EE UU y Europa en los asuntos internos de su principal aliado estratégico en Oriente Próximo. La decisión de Rusia, apoyada por China, de vetar por tercera vez en diez meses una resolución de la ONU condenando al régimen sirio no debería ser una sorpresa para nadie. Queda ahora por ver si Moscú quiere dar los pasos necesarios para buscar una salida negociada. Solo los rusos pueden convencer a Bashar el Assad de retirarse del poder y dar paso a una transición política.

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