Sábado, 18 de Noviembre de 2017
23:50 CET.
Venezuela

Temor de ida y vuelta

Con las elecciones presidenciales a poco más de dos meses la oposición venezolana ha logrado, mediante una campaña casa por casa y persona a persona, resonancia suficiente como para que Hugo Chávez se contagie con el miedo que reparte y se vea obligado a ponerle otros remiendos a la caperuza rosada que usa para darle un barniz democrático a su dictadura.

Uno de los parches más notorios aparece en una ley castrense que le confiere la condición de militar en activo y lo convierte en el oficial de más alto rango en el país. Ese reconocimiento le da poder absoluto sobre la institución que debe controlar la imparcialidad de los comicios del 7 de octubre, en los que él se presenta como candidato.

Hay otras medidas de filos más directos. El Gobierno utiliza, cuando quiere y por el tiempo que decida, cadenas nacionales de radio y televisión para trasmitir su propaganda electoral. Además, tanto observadores locales, como representantes organismos defensores de los derechos humanos, aprecian que grupos violentos trabajan —autorizados y con perseverancia— para censurar, agredir y procesar judicialmente a quienes critiquen o se atrevan a cuestionar la gestión de Chávez durante sus 14 años en el palacio de Miraflores.

Ese abanico de palizas, amenazas, terror y barruntos de rejas constituye una fuerza importante para el triunfo si se combina con la presencia de cuatro chavistas confesos en el Consejo Nacional de Electores (compuesto por cinco rectores) y el registro de la identidad de los votantes en manos de un colectivo de técnicos cubanos.

El abogado Enrique Capriles Radonski y su Mesa de Unidad Democrática se mantienen todavía lejos de la candidatura oficialista, según los sondeos de intención de votos. Pero el coraje y el eco popular de la presencia de la oposición han provocado aprensión y desconcierto en el dictador y sus ayudantes. Y, con todo su dinero y sus controles, están nerviosos y desnudos ante Venezuela. Tienen la caperuza rota y desteñida en una mano y, lo que debe ser una bayoneta, en la otra.

 


Este artículo apareció en El Mundo. Se reproduce con autorización del autor.

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