Jueves, 23 de Noviembre de 2017
18:48 CET.
América Latina

La banana perpetua

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No importa el paso del tiempo ni los cambios del mundo. Tampoco el tono del discurso ni el origen o el empaque de los dirigentes. Cuando uno menos se lo espera reaparece en algún sitio de América Latina, con las fanfarrias de un escándalo publico, el síndrome de la república bananera. Es una calamidad que va, como un infarto, en el corazón de los políticos.

En la vida diaria, los líderes de la región hacen que esa filosofía de expedientes tramposos, una herencia de violentos y pícaros, no muera nunca. Es una pistola oculta que se enseña a veces. Para algunos señores es un recurso que se usa para afincarse en el poder o para anular a un enemigo.

Produce desastres, frustraciones y estancamientos en las naciones que controla. Y le da al mundo (si hay alguien que mire todavía) una visión de inestabilidad y atraso o un ataque piadoso de tolerancia porque se acepta como una expansión folclórica al nivel del mambo y de la cumbia.

En los últimos días, en el continente tiene un auténtico brote bananero en Paraguay con la salida, mediante la destitución, preparada a la velocidad de un entierro de pobre, del presidente Fernando Lugo y la presencia en los pasillos de Palacio del canciller de Venezuela, Nicolás Maduro, y del embajador de Ecuador en Asunción, Julio Prado, en un trasiego de reuniones y arengas con jefes militares paraguayos.

Cualquiera que sea el resultado de las investigaciones abiertas, la plantación florece y prospera, mientras Lugo se deja querer y se compara con Jesucristo en medio de un conflicto que divide y paraliza el país.

Hay otro retoño en México por el recuento de votos y la tángana del candidato Andrés Manuel López Obrador, negado a aceptar su derrota en los comicios del domingo pasado.

En Buenos Aires, se ha mostrado un racimo espiritual. La presidenta Cristina Fernández le presentó a los argentinos una muñeca de tela de su figura. Junto a ella aparecen monigotes alados de su difunto esposo Néstor Kichner, Fidel Castro, Ernesto Guevara y Evo Morales.

La banana no falta y no tiene límites. Lo mismo secuestra un país que adora una pieza de trapo.

 

 


Este artículo apareció en El Mundo. Se reproduce con autorización del autor.

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