Sábado, 18 de Noviembre de 2017
23:50 CET.
Egipto

Cambalache en El Cairo

Archivado en

La presidencia para los islamistas, todo lo demás para los militares. Tal parece haber sido el compromiso pergeñado en El Cairo para evitar la violencia a raíz de la victoria electoral del candidato de los Hermanos Musulmanes. Un ingeniero de 60 años, Mohamed Morsi, es desde el 30 de junio el nuevo presidente de Egipto, pero el Ejército ha impuesto condiciones y sigue teniendo el poder real. El cambalache se ha hecho a espaldas de los activistas laicos que iniciaron una protesta pacífica hace 18 meses en la ahora famosa plaza Tahrir. ¿Se acabó la primavera egipcia? Todo depende de cómo se mire.

Los demócratas, especialmente los sectores liberales, están algo desanimados, es cierto. En sus filas, se nota mucho cansancio y una sombra de derrota, especialmente desde que los islamistas les han arrebatado la plaza Tahrir para hacer sus demostraciones de fuerza. Sin embargo, no todos han tirado la toalla. Uno de los blogueros "revolucionarios" más seguidos, Mahmud Salem, recordaba hace poco que, sin ellos, el dictador Hosni Mubarak no hubiera renunciado ni tampoco los egipcios hubieran podido participar a las primeras elecciones democráticas de su historia. "Se acabó el primer capítulo de la revolución, no la revolución", dice Mahmud, que lamenta la victoria de los islamistas —"quieren imponer un Estado religioso"—, pero relativiza la fuerza real de los Hermanos Musulmanes.

Las cifras parecen darle la razón al bloguero. Morsi obtuvo menos del 52% de los votos en la segunda vuelta de las presidenciales, el 17 de junio. Y su adversario, el general Ahmed Shafik, que fue el último primer ministro de Mubarak, consiguió más del 48%. Esos resultados oficiales no fueron "cocinados" por los militares, porque son idénticos a los datos recopilados por los Hermanos Musulmanes en las más de 13.000 casillas del país. Además de los islamistas, también votaron por Morsi los electores que lo veían como un mal menor ante la candidatura de un exmiembro del régimen militar. Quizá, finalmente, los Hermanos Musulmanes no son tan poderosos como se creía, a pesar de ser la primera fuerza política del país.

Ésa parece haber sido la conclusión a la cual llegó el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA), que gobierna el país desde la destitución de Mubarak, en febrero del año pasado. Los 24 generales del CSFA decidieron reconocer la victoria de Morsi, pero no lo hicieron antes de tomar una serie de disposiciones para acotar el poder del nuevo presidente de la República. Dos días antes de la elección presidencial, los militares forzaron una resolución del Tribunal Constitucional para disolver el Parlamento, donde los islamistas ostentaban la mayoría absoluta. De paso, los Hermanos Musulmanes perdieron también el control de la comisión creada para redactar la futura Constitución. Y los militares crearon un nuevo mecanismo que les permitirá supervisar la elaboración de la nueva Carta Magna.

¿Por qué Morsi y los Hermanos Musulmanes aceptaron las condiciones impuestas por los militares? Sin duda, porque la correlación de fuerzas no daba para más en este momento. Después de tantos años en la semiclandestinidad, los islamistas no quisieron perder la oportunidad de participar en el ejercicio del poder, aunque fuera por la puerta de servicio. Estamos ante una jugada magistral de los generales, que han soltado una parcela de su autoridad para quedarse con los principales instrumentos del poder y proteger así sus enormes intereses económicos. Además, le hacen un regalo envenenado a Morsi, que hereda una grave crisis económica y deberá tomar decisiones muy impopulares. Y, para colmo, tendrá un mandato cortísimo, de menos de un año, si se respeta el calendario acordado, que prevé un referéndum constitucional dentro de unos meses, inmediatamente seguido de elecciones legislativas y presidenciales.

Ahora bien, los militares no están tampoco en la mejor situación y no pueden actuar como si nada hubiera ocurrido desde enero de 2011. Están sometidos a una presión interna —la dinámica de la plaza Tahrir— y externa, especialmente de parte de EE UU cuya gigantesca ayuda financiera es vital para el Ejército egipcio. En los think tanks occidentales se habla de una salida inspirada en el modelo de Turquía, donde las poderosas Fuerzas Armadas cedieron poco a poco, y a regañadientes, el poder que ejercieron durante décadas. Allí se beneficiaron los islamistas, que han ganado ampliamente varias elecciones democráticas. No es lo que los jóvenes de Tahrir han soñado para su país, pero podría ser la única salida pacífica para acabar con una dictadura de más de medio siglo.

Síguenos en Twitter, Facebook o Instagram. Si resides en Cuba, suscríbete a nuestro boletín con una selección de los contenidos más destacados del día. Si vives en cualquier otro punto del planeta, recibe en tu buzón de correos enlaces a lo más relevante del día.