Viernes, 15 de Diciembre de 2017
01:21 CET.
Opinión

La derrota de Assange

Vaya paradoja: al fundador de WikiLeaks y "héroe de la libertad de prensa", el australiano Julian Assange, no se le ha ocurrido mejor idea que la de pedir asilo político al presidente ecuatoriano, Rafael Correa, que está en guerra con los medios de comunicación de su propio país. Hace apenas cuatro meses, el director del diario El Universo, Carlos Pérez, se refugió en la embajada de Panamá en Quito para eludir una condena descomunal —tres años de prisión y 40 por millones de dólares de indemnización— por "injurias" al jefe del Estado. Y ahora, ese mismo jefe de Estado se solidariza con Assange, que se ha plantado en la misión diplomática de Ecuador en Londres para huir de la justicia británica y sueca (debe responder a denuncias de violación y abusos sexuales presentadas por dos mujeres en Estocolmo).

¿En qué quedamos? ¿Es Rafael Correa un defensor o un represor de la libertad de expresión? Depende de las circunstancias. En casa, el líder del socialismo del siglo XXI, también llamado "revolución ciudadana" en Ecuador, ve a la prensa como su principal enemiga. Correa no cesa de denunciar una confabulación entre "los intereses económicos, los bancos, la partidocracia y los medios de comunicación". Son instrumentos de "la contrarrevolución", al servicio de "unas cuantas élites […] en contubernio con poderes extranjeros", que impiden la construcción de "verdaderos Estados populares" en América Latina. Para el inquilino del Palacio de Carondelet, que buscará un tercer mandato presidencial en 2013, la prensa internacional es también parte de esa "conspiración".

No pasa una semana sin que Correa se enfrente con algún medio o llame a los ciudadanos a "no comprar la prensa corrupta". Un día rompe en público un ejemplar del diario La Hora. Luego le toca el turno a El Universo, contra el cual lleva una guerra personal y política. Además, este año el Gobierno ha clausurado 14 emisoras de radio y de televisión por incumplir los contratos de concesión de frecuencias, pero no aplica el mismo rigor a los medios oficialistas. En un intento más de meter en cintura a los periodistas, Correa ha dicho que estaba "pensando seriamente" en prohibir todo contacto de su Gobierno con la prensa de oposición. ¿Sueña el presidente ecuatoriano con una prensa amordazada al estilo de Cuba?

En cambio, con su defensa entusiasta del fundador de WikiLeaks, Rafael Correa quiere aparecer como el gran valedor de la libertad de expresión. No fue siempre así. Cuando Assange hizo públicos los cables secretos de la Embajada de Estados Unidos en Quito, donde se señalaba la corrupción al más alto nivel de la policía ecuatoriana, el presidente enfureció. Llovía sobre mojado: unos meses antes, los correos de la guerrilla colombiana habían revelado el financiamiento de la campaña electoral de Correa por ese grupo armado vinculado al tráfico de cocaína. El Gobierno descalificó toda esa información y decidió cortar por lo sano: expulsó a la embajadora de EE UU, en abril de 2011, y rehabilitó al mando supuestamente corrupto.

A finales de abril, Correa se explayó sobre WikiLeaks en una entrevista a la nueva cadena internacional Rusia Hoy. Su interlocutor era Julian Assange, que el canal del Kremlin contrató para hacer entrevistas desde Londres, donde estaba en arresto domiciliario mientras la justicia estudiaba la petición de extradición presentada por Suecia contra él. "Mi querido Julian, los WikiLeaks nos fortalecieron", aseguró Correa, que se hizo el simpático. "¡Ánimo! Bienvenido al club de los perseguidos", le dijo a Assange, que tuvo la desfachatez de criticar a "los grandes medios, como The Guardian, El País o The New York Times, [porque] han censurado nuestro material […] para proteger a oligarcas […], así como a grandes y corruptas compañías petroleras italianas operando en Kazajistán".

Fue quizá a raíz de esa entrevista, donde se nota una gran complicidad entre los dos hombres, que se armó el plan para recibir a Assange en la misión diplomática de Ecuador en Londres. Él se presenta como una víctima del "imperialismo yanqui", que habría inspirado las denuncias de las dos suecas para neutralizarlo, primero, y obtener luego su extradición a EE UU, donde lo podrían condenar a muerte por "traición y espionaje". Ahí vio Correa la gran oportunidad para desafiar a Washington y aparecer como el defensor de una causa supuestamente noble.

En cambio, Assange tiene todas las de perder. El Gobierno británico no le dará un salvoconducto para tomar un vuelo rumbo a Quito. Le quedarán cada vez menos amigos, como los que acaban de perder los 370.000 dólares que habían depositado como fianza para que pudiera salir de la cárcel. El fundador de WikiLeaks, que puso patas arribas la diplomacia internacional, se ha convertido en un simple peón en una partida de ajedrez que le supera.

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