Martes, 12 de Diciembre de 2017
18:57 CET.
España

Tragedia española

Los españoles desayunan, almuerzan y cenan todos los días con la prima de riesgo. El engendro ha logrado colarse en todos los hogares del reino y mantiene a las familias sobre ascuas. En los bares, a la hora del cafecito de media mañana —la crisis no ha logrado acabar con ese rito—, las conversaciones giran en torno al fútbol, claro, pero también a los vaivenes de la Bolsa de Valores. No pasa un solo día sin que se derrumbe la cotización de varias empresas destacadas y se dispare la mentada prima, dos síntomas de la desconfianza aguda que genera la marca España en los mercados internacionales. Y, con un nivel de desempleo cercano al 25%, a los españoles solo les quedan las alegrías que les procuran sus éxitos deportivos en la Eurocopa y el tenis.

En menos de cuatro años, el valor global de las empresas cotizadas en la Bolsa de Madrid ha bajado de la mitad. Mientras, la tasa de interés exigida al Estado español para financiarse se ha duplicado. Hoy, un inversor presta dinero a Alemania al 3%, pero a España le cobra casi el 7% por los mismos bonos a 10 años. La diferencia se debe a la prima de riesgo que los mercados imponen a los países en función de su capacidad de rembolsar los préstamos. Se fían de Berlín pero no de Madrid. Esto es insostenible para una economía poco competitiva como la española, que ve amenazada su capacidad de recuperación. España se acerca peligrosamente a la situación de los tres países —Grecia, Portugal e Irlanda— que pidieron ser rescatados por la Unión Europea en 2010 cuando la tasa de interés superó el 8%.

El cambio de gobierno en diciembre pasado, cuando el conservador Mariano Rajoy sucedió al socialista Rodríguez Zapatero, ha puesto en evidencia los graves desequilibrios de la economía española y las enormes dificultades para corregir los errores del pasado. La industria del ladrillo enriqueció a mucha gente durante dos décadas y contribuyó al aumento espectacular del consumo, hasta que los excesos hicieron reventar la burbuja inmobiliaria en 2008. El sector privado construyó más viviendas que Francia y Alemania juntas. Pero también el Estado realizó obras faraónicas que no se justificaban. Las comunidades autónomas entraron en una carrera loca para dotarse de infraestructuras costosísimas, como los aeropuertos internacionales de Ciudad Real y Castellón, que cerraron poco después de su inauguración por la falta de usuarios.

El dinero era barato, y los bancos prestaban sin averiguar la capacidad financiera de los solicitantes. Hoy, miles de familias han perdido sus empleos y no pueden pagar las cuotas mensuales de sus hipotecas. Se han multiplicado los desahucios a petición de los bancos, que se han convertido en los mayores dueños de casas del país y no saben qué hacer con ellas. Las instituciones financieras no han salido ilesas y están pagando ahora el precio de su irresponsabilidad, especialmente las poderosas cajas de ahorros, que tenían presencia en todo el territorio nacional y encubrían los chanchullos de los políticos, de derecha y de izquierda. El fracaso del Gobierno en sus intentos de sanear el sistema financiero le ha obligado a pedir la ayuda de Bruselas, que le ha ofrecido hasta 100.000 millones de euros para ese cometido. Rajoy lo ha hecho a su gran pesar porque ese dinero vendrá con unas condiciones, desconocidas por el momento, que podrían afectar la soberanía española.

Como las desgracias nunca llegan solas, España ha recibido esta semana una serie de malas noticias. Moody’s, una de las principales agencias de calificación, ha rebajado aún más la nota de su deuda soberana. Y el Fondo Monetario Internacional ha pedido nuevas medidas para reducir el déficit público, entre ellas el aumento del IVA. En su informe, el FMI hace un diagnóstico devastador de la economía española: "Se encuentra en medio de una recesión con recaída sin precedentes, con el desempleo a niveles ya inaceptables, la deuda pública creciendo rápidamente y segmentos del sector financiero con necesidades de recapitalización".

Ante semejante panorama, uno esperaría que los españoles estuvieran deprimidos o al borde de la insurrección, como en Grecia. Muchos lo están pasando mal, es cierto. Cantidades de pequeños negocios han cerrado sus puertas. Miles de jóvenes, afectados por una tasa de desempleo del 50%, están saliendo del país para buscar trabajo en Alemania, en Gran Bretaña, en Brasil y en lugares tan exóticos como los países escandinavos. Y, sin embargo, se nota un deseo de vivir como si no pasara nada. Los bares están llenos, pero no se puede negar totalmente la realidad: los comedores populares ya no dan abasto ante la avalancha de nuevos pobres en busca de un almuerzo gratuito.

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