Domingo, 17 de Diciembre de 2017
15:08 CET.
América Latina

Las caretas de Robin Hood

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Los políticos que aprovechan sus cargos para saquear una nación y vivir en la opulencia y el lujo no son de izquierdas ni de derechas. Son ladrones. Lo que pasa es que esa riqueza provoca desmemorias interesadas, deslumbramientos de tarados y bandas de guatacas que ayudan en el trucaje de las fotos y edulcoran las obscenidades del relato.

En los países del socialismo real los jefes se comportaban (se comportan los sobrevivientes) como los dueños de una hacienda privada. Amos de todo, dueños de la vida y de los individuos.

Así es que no hay que asombrarse por los detalles sobre el uso particular de los aviones, automóviles, residencias, dineros y recursos del Estado. Ésa es una realidad aceptada. Es una categoría del robo que no llega al delito. Es hasta una heroicidad para los nostálgicos del comunismo.

En América Latina, famosa por los generales con medallas de zinc y balas de plomo que mataron a cara de perro y se robaron el patrimonio de varios países, hay un rechazo visceral para esos personajes y sus herederos. Pero existe también una visión demasiado tolerante para quienes usan otras vías para meter las manos en los bolsillos de los ciudadanos.

Algunos de los dirigentes de la región utilizan como propiedad privada los medios destinados a sus funciones como servidores públicos. La picaresca tiene un expediente abundante en la Nicaragua de Daniel Ortega.

Hubo mutismo en la región cuando hace un tiempo se denunció que, para el tratamiento contra el cáncer de Hugo Chávez en Cuba, el Gobierno venezolano tuviera que gastar cuatro millones de dólares en tres semanas porque se estableció un puente aéreo diario para una comitiva de 200 personas.

Ahora se recibió con prudencia que la señora Cristina Fernández ordenara que el avión presidencial hiciera un vuelo de urgencia (que costó 80.000 dólares) para llevar a su hijo Máximo Kirchner, de 36 años, a un hospital de Buenos Aires porque el hombre tenía dolor en una rodilla.

Ya es realmente muy difícil detener en el continente el progreso de esa combinación de asalto con adelantos del totalitarismo.

 


Este artículo apareció en El Mundo. Se reproduce con autorización del autor.

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