Lunes, 26 de Septiembre de 2016
19:11 CEST.
Opinión

El tiempo, lacayo de malas costumbres

El proceso de transformaciones anunciado por el Gobierno de Cuba hace cinco años está paralizado y sus arquitectos tienen la mirada bovina clavada en un espejo retrovisor. Para ellos, el presente y el porvenir se acaban a media noche y la garantía de la mañana siguiente está en la lotería de un pozo de petróleo en el fondo del mar o en el poder de los chamanes y curanderos para devolverle la salud a Hugo Chávez.

Lo que se anunció como una profunda y delicada intervención quirúrgica para sacar de su agonía al socialismo real y apaciguar a la sociedad con una nueva cuota de esperanza en la libreta de racionamiento, terminó con un reparto de aspirinas que ha producido más pesimismo y decepción en los grandes sectores de la sociedad y una leve mejoría en el nivel de vida a una minoría.

La propaganda oficial y algunas medidas puntuales parecían indicar (entre los ilusos) que el régimen comenzaba a dar pasos para acoplarse al ritmo de sus viejos compañeros de Vietnam. La realidad mostró enseguida que los encargados de hacer la operación no podían moverse en un quirófano ganado por el marabú, la indolencia, la torpeza de la gestión económica y por el miedo a que pudieran prosperar los negocios privados y los cubanos salieran definitivamente del control del Estado. El asunto viene a quedar en que algunos puedan convertir las ventanas de sus casas en mostradores de productos como pan con dulce de guayaba y otros abran, en patios o portalones, unas fondas pobres y bajo sospecha.

La liberación no es total porque ya comenzaron a funcionar los sindicatos de cuentapropistas bajo la dirección de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), un apéndice del Partido Comunista.

Suben los precios de los alimentos básicos; explotan escándalos de corrupción; se van, poco a poco, los inversionistas extranjeros, los cambios se pierden en las páginas de los panfletos y tienen espacios abundantes las francachelas académicas, artísticas y literarias porque el Gobierno ya no pretende ocultar la violencia y la represión.

La dictadura lo que quiere es que aquella realidad, con presos políticos, golpizas a las Damas de Blanco, persecución a disidentes, periodistas independientes y activistas de derechos humanos, pase a formar parte de la costumbre de los hombres y mujeres civilizados del mundo. Que se vea con naturalidad la vida de los cubanos sin libertad y sin ilusión.

 

 


Este artículo apareció en El Mundo. Se reproduce con autorización del autor.