Lunes, 26 de Septiembre de 2016
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Irán, Libia, Terrorismo

El terrorista equivocado

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Muchos celebraron el fallecimiento, el pasado domingo, del "agente libio" condenado por el atentado contra el avión de la Pan Am que explotó en diciembre de 1988 sobre la localidad escocesa de Lockerbie (270 muertos). Y, sin embargo, Abdel Basset al-Megrahi, que así se llamaba el único sentenciado por esa monstruosidad, era probablemente inocente. Más sorprendente aún, Libia y el coronel Muamar el Gadafi tampoco habrían tenido que ver con el bombazo.

Esta tesis no es nueva, pero ha cobrado fuerza en los últimos meses a raíz de la publicación de varios trabajos de investigación en el Reino Unido sobre el mayor atentado jamás realizado en Europa. Solo la prensa especializada en asuntos de seguridad y terrorismo ha dado cabida a esos documentos. Sin embargo, la BBC ha señalado esta semana la existencia de una petición apoyada por 42 personalidades y familiares de víctimas, que exigen una revisión exhaustiva de la investigación y del juicio. Entre los firmantes figuran un exembajador de Estados Unidos, un experto en seguridad aérea y varios destacados juristas, incluido Robert Black, el profesor de derecho de la Universidad de Edimburgo que encontró la fórmula para convencer a Gadafi de entregar a los dos sospechosos a la justicia. El dictador libio aceptó la propuesta de realizar el juicio en un país "neutro". En 1999, Al-Megrahi y su presunto cómplice, Al Amin Jalifa Fahimah, ambos empleados de la compañía libia de aviación, fueron enviados a Holanda para ser juzgados por tres magistrados escoceses.

Después del veredicto, pronunciado en 2001 —cadena perpetua para Al-Megrahi y absolución para Fahimah—, Black lamentaría haber contribuido con su iniciativa a la condena de "un inocente y al mayor error judicial cometido en los últimos 100 años en Escocia". Según el profesor de derecho, no era posible sentenciar a nadie con los elementos presentados en el juicio. Otros juristas denunciaron, además, la compra de testigos y la manipulación de las pruebas científicas por parte de la policía y los forenses. Se necesitaba un culpable para aplacar el dolor de las familias de las víctimas, y nada mejor que un supuesto agente de inteligencia de un régimen repugnante, que financiaba todo tipo de organizaciones terroristas.

Cuando la Comisión Escocesa de Revisión de los Casos Criminales aceptó finalmente la petición de los abogados de Al-Megrahi de realizar un nuevo juicio en apelación, habían pasado ocho años y el detenido había desarrollado un cáncer de la próstata de muy mal pronóstico. Al-Megrahi prefirió desistir de su apelación y negociar una liberación por motivos humanitarios. Corría el año 2009, y Gadafi ya no era tan malo. Libia, incluso, colaboraba en la lucha contra el terrorismo de Al Qaeda y firmaba contratos jugosos con todos los países, atraídos por sus enormes recursos petroleros. Al-Megrahi fue devuelto a Trípoli, donde fue recibido como un héroe, lo que provocó reacciones airadas de gran parte de la opinión pública británica y estadounidense. Nadie entendía que se le hiciera el favor a Gadafi de cerrar el caso con la entrega del único condenado por el atentado contra el vuelo Londres-Nueva York.

Desde entonces, el panorama político ha cambiado totalmente. Libia ha vivido una revolución que ha acabado con la dictadura y la vida de Gadafi. A la luz de la documentación encontrada en los archivos de los servicios secretos, se podrá reconstruir algunas de las operaciones encubiertas de las últimas décadas. Si apareciera alguna prueba de la participación de Libia en el atentado de Lockerbie, el nuevo gobierno no dudaría en presentarla para desmarcarse del régimen anterior. El hecho de que no haya ocurrido hasta ahora da argumentos a los investigadores que sugieren buscar la autoría del sabotaje en otro país: Irán.

En un trabajo publicado hace poco, la académica británica Davina Miller desarrolla la hipótesis de una venganza de Teherán, a raíz del derribo de un avión civil de Iran Air (290 muertos) por un misil lanzado desde un buque de guerra estadounidense en el golfo Pérsico. Washington habló de un "error". Seis meses después, una tragedia similar ocurría en el cielo de Lockerbie. Irán habría encargado el trabajo a una organización palestina radicada en Siria, el Frente Popular de Liberación-Comando General, dirigido por Ahmed Jibril.

Curiosamente, es la versión que tuvo más fuerza poco después del atentado contra el vuelo 103 de Pan Am. Lo decían públicamente los investigadores británicos, el FBI, la CIA y algunos otros. Y, de repente, en 1990, todo cambió. Gadafi era el culpable. Según Davina Miller y algunos otros expertos, EE UU quería evitar una guerra abierta con Teherán porque necesitaba su mediación para obtener la liberación de varios de sus ciudadanos secuestrados por un grupo libanés. El libio Abdel Basset al-Megrahi fue, quizá, víctima de esa jugada geopolítica.