Viernes, 30 de Septiembre de 2016
18:55 CEST.
Venezuela

Con o sin Chávez

No se puede hablar todavía de pánico, pero sí de nerviosismo en los círculos de poder en Caracas y en La Habana, al acercarse la fecha de las elecciones venezolanas. El presidente Hugo Chávez obtendría probablemente un tercer mandato de seis años si no fuera por el cáncer que podría acabar con su vida antes de la votación del 7 de octubre. Los médicos cubanos lo han sometido a un sinfín de tratamientos muy agresivos, pero no han logrado curarle. Ahora, Chávez y los hermanos Castro estudian juntos cómo evitar una victoria de la oposición, que acabaría con la revolución bolivariana y cortaría el grifo de la gigantesca ayuda económica de Caracas a la Isla.

En las últimas semanas se han desatado los rumores sobre los candidatos que podrían sustituir a Chávez. Se habló, primero, del sociólogo Elías Jaua y del ex militar Diosdado Cabello, que ocupan actualmente los dos principales cargos institucionales del país (vicepresidente de la República y presidente del Parlamento). Un tercer hombre los acaba de desplazar en las quinielas. Se trata de Nicolás Maduro, canciller desde 2006 y ex dirigente sindical del transporte público. Los tres pertenecen al oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y son muy cercanos a Chávez. Sin embargo, según las encuestas, ninguno de los tres ganaría contra Henrique Capriles, el candidato de la alianza opositora Mesa de la Unidad Democrática (MUD).

Desde hace más de un año, antes de que Chávez supiera de su enfermedad, los dirigentes del PSUV y sus aliados de la cúpula militar dejaron claro que no aceptarían nunca una derrota de la revolución bolivariana por la vía de las urnas. El más claro de todos fue el general Henry Rangel Silva, que hizo en noviembre de 2010 unas declaraciones sin la menor ambigüedad: "Un hipotético gobierno de la oposición a partir de 2012 sería vender el país, eso no lo va a aceptar la Fuerza Armada". Otros altos mandos militares se han pronunciado recientemente en el mismo sentido. Y el propio mandatario, al volver en enero de una de sus sesiones de quimioterapia en La Habana, amenazó con quedarse veinte años más en el poder: "Esa gente [la oposición] nunca va a volver aquí. Es mi voluntad, es lo que yo quiero. Voy a hacer todo lo que yo pueda, humanamente, políticamente posible, para salir de aquí en 2031".

Todas esas declaraciones pertenecen al folclor de la retórica populista. Es una manera de movilizar a los seguidores y, al mismo tiempo, de intimidar a los adversarios. Sin embargo, la enfermedad de Chávez cambia la perspectiva. Al verse amenazada en su supervivencia, la revolución bolivariana querrá cambiar las reglas del juego para seguir vigente. Si ninguna de las candidaturas alternativas es viable —un caudillo no es sustituible—, entonces solo queda suspender las elecciones. A finales de abril, el gobernador oficialista del estado de Portuguesa, Wilmar Castro, planteó esa opción en el transcurso de un mitin. Sería una clara violación de la Constitución, pero no sería la primera desde que Chávez gobierna a control remoto desde La Habana, donde últimamente pasa más tiempo que en Caracas.

En una de sus "Reflexiones", publicada también a finales de abril, Fidel Castro justifica de antemano la anulación de la votación en Venezuela por la amenaza del "Gobierno de Estados Unidos [que ha] decidido en tales circunstancias promover el derrocamiento del Gobierno bolivariano". Es un argumento muy zafio, pero es la misma cantaleta que el dictador cubano ha usado durante más de 50 años para impedir elecciones democráticas en la Isla. Castro nunca perdonó a Daniel Ortega que desoyera su consejo de no someter la revolución sandinista al veredicto de las urnas en 1990. Ortega cedió ante esa exigencia de la comunidad internacional porque estaba convencido de ganar holgadamente las elecciones. Las perdió estrepitosamente.

Nicaragua era solamente una pieza de la estrategia expansionista de La Habana contra la influencia política de Estados Unidos en América Latina. En cambio, Venezuela es vital para el régimen cubano, que tiene los medios para impedir la llegada de un gobierno hostil en Caracas. Sus servicios de inteligencia, en contubernio con los militares venezolanos más radicales, no dudarán en provocar algunos incidentes violentos y denunciar una injerencia externa para justificar la suspensión de las elecciones. Lo peor, sin embargo, no ocurre siempre y quizá haya votación el próximo 7 de octubre, con o sin Chávez.