Martes, 27 de Septiembre de 2016
23:21 CEST.
Opinión

Las elecciones en Francia y el destino del chavismo

Muchos fueron quienes, a golpe de teorías pretendidamente científicas, anunciaron con júbilo que la Gran Depresión de los años 30, o más tarde la estanflación de la década de los 70, marcaban la "crisis final" del sistema capitalista. Y sin embargo no fue así: en uno y otro caso asumieron el poder partidos políticos con programas económicos novedosos —Franklin Roosevelt con su New Deal en los años 30, Margaret Thatcher y Ronald Reagan con la desregulación de los mercados en la década de los 80— que contribuyeron a superar las crisis mencionadas.

Hoy, el debate democrático y la alternancia en el poder se invitan a la lucha por sacar a Europa del marasmo económico en que se encuentra. Dos interpretaciones compiten al respecto.

Una, de corte liberal, defendida por la Alemania de la canciller Angela Merkel, aboga por la reducción del gasto público y la liberalización del mercado de trabajo.

La interpretación contraria, de inspiración socialdemócrata, propone expandir el gasto público a fin de fomentar la demanda interna y por ese medio reactivar la economía en general.

Los defensores de esta corriente ponen sus esperanzas en la reciente elección en Francia del socialista François Hollande, como lo muestra un artículo publicado por el antiguo líder socialista portugués Mario Soares bajo el título de Europa: Llegó la hora de la esperanza.

De ahora en adelante, las dos concepciones rivales podrán medirse una a otra y demostrar en la práctica sus méritos, límites y defectos respectivos. Y en elecciones venideras, los pueblos de Europa podrán votar teniendo en cuenta los resultados alcanzados.

América Latina

Igualmente en América Latina el juego democrático ha permitido cambiar o reajustar el rumbo de la economía en más de una ocasión.

Tomemos el caso del proteccionismo, en boga a mediados del siglo pasado, que imponía barreras comerciales y aranceles elevados a los productos importados a fin de estimular la producción interna de los mismos. En América Latina, la sustitución de importaciones obtuvo resultados deplorables, inferiores a los de países del sudeste asiático que, en vez de producir para el mercado interno, se lanzaron con precios competitivos a la conquista de los mercados mundiales de artículos manufacturados.

Elecciones libres permitieron a los pueblos de América Latina llevar al poder a partidos políticos que, en vez de seguir aplicando recetas proteccionistas, jugaron exitosamente la carta de la globalización.

Luego le tocó el turno a los programas neoliberales, conocidos bajo la etiqueta de Consenso de Washington, de ser echados fuera de borda por no haber aportado soluciones satisfactorias al problema de la pobreza y las desigualdades.

A partir de entonces, en Brasil, Chile, Perú y Uruguay, ejercen el poder a través de elecciones libres partidos que adoptan programas de protección social sin por ello renunciar a la ortodoxia macroeconómica liberal (lucha contra la inflación, reducción o eliminación de los déficits públicos, desreglamentación del mercado de mano de obra). Esta vez los resultados sí han estado a la altura de las expectativas.

Otra suerte es la que les toca vivir a los modelos económicos patrocinados —o mejor dicho impuestos— por regímenes autocráticos o totalitarios. Ahí, se coarta o suprime la libertad de expresión, se persigue y encarcela toda disidencia, desaparece la alternancia en el poder. Los regímenes de ese tipo se van hundiendo económicamente, hasta el día en que explotan, barridos por la desesperación popular, las luchas intestinas, o por ambos fenómenos a la vez. Fue lo que ocurrió con el modelo soviético y el consiguiente desplome del Muro de Berlín, y más recientemente con lo que se ha dado en llamar la primavera árabe.

Por desgracia para Venezuela, el chavismo ha escogido un camino similar.

Venezuela ha podido beneficiarse de un alza sin precedentes del precio del petróleo. De nueve dólares en 1999, cuando Chávez asume la presidencia, el barril del crudo supera los cien dólares en la actualidad. No obstante, durante los trece años de chavismo, Venezuela ha estado a la zaga de la mayoría de los países de América Latina en términos de crecimiento económico.

Añádase a ello que su tasa de inflación es la más elevada del continente, que el control de precios no ha hecho sino crear escasez de artículos de primera necesidad, que el país importa hoy el 70% de los alimentos que consume, contra 30% antes del ascenso al poder de Chávez y su desastrosa "revolución bolivariana". Añádase también que Venezuela figura como uno de los países más corruptos en la clasificación de Transparency International y que el número de asesinatos no tiene nada que envidiarle a un país en guerra civil.

Para acallar las críticas y sofocar el descontento, el chavismo actúa como digno apéndice del castrismo. Cierra canales de televisión, prohíbe telenovelas, deshabilita y encarcela a representantes de la oposición, persigue a jueces independientes, adapta la Constitución a sus designios continuistas, repudia la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y advierte que, con el apoyo de las fuerzas armadas, nunca habrá de perder el poder.

Así, pues, mientras en Europa se afrontan programas antagónicos gracias al ejercicio de la libertad de expresión y asociación, en Venezuela el régimen chavista le cierra las puertas al debate democrático y la alternancia en el poder, creando el espectro de un desenlace estrepitoso, similar al del Muro de Berlín.