Jueves, 29 de Septiembre de 2016
21:00 CEST.
Francia

Sarkozy no se rinde

Nicolás Sarkozy no se da por vencido, digan lo que digan las encuestas, que pronostican su derrota en la segunda vuelta de la elección presidencial francesa, el próximo 6 de mayo. Su obsesión por triunfar sobre el socialista François Hollande lo ha llevado a asumir algunas ideas de la extrema derecha, en un intento por seducir a los numerosos electores que votaron en la primera vuelta por la candidata del Frente Nacional (FN), Marine Le Pen. Si logra convencerles, sin perder en camino el apoyo de los centristas, Sarkozy podría obtener un segundo mandato de cinco años en el palacio del Elíseo. No lo tiene fácil, pero hemos visto en otras oportunidades cómo el marido de Carla Bruni se crece ante la adversidad.

La hija del fundador del FN, Jean-Marie Le Pen, el hombre más odiado por la izquierda francesa, se ha convertido en el árbitro de la contienda presidencial. Obtuvo más de 6,4 millones de votos en la primera vuelta (el 18% del total), el mejor resultado jamás cosechado por ese partido. Según las encuestas, el 60% de esos electores, a lo sumo, votaría por Sarkozy en la segunda vuelta. Alrededor del 20% iría por Hollande y los demás se abstendrían. ¿Por qué tantos votantes de la extrema derecha se decantarían por un candidato socialdemócrata? Porque, como ocurrió en elecciones anteriores, se trata de un voto de protesta contra el gobierno de turno y contra la clase política. Esos electores no militan en el FN y no comparten su ideario. Sin embargo, Marine Le Pen actúa como si esos votos fuesen realmente suyos y espera consolidar su éxito electoral en las elecciones legislativas del próximo junio.

Numerosas encuestas demuestran que la mayoría de los electores del FN pertenecen a la clase obrera y a los sectores más golpeados por los cambios económicos de los últimos veinte años. Hoy, hay más obreros y jóvenes entre los votantes del FN que en el Partido Comunista. Además, muchos vienen de familias comunistas. Marine Le Pen tuvo uno de sus mejores resultados en Hénin-Beaumont, una ciudad del norte de Francia muy deprimida a raíz del cierre de las minas de carbón. Ahí, la candidata del FN ganó con el 35% del voto, seguida de Hollande con el 27% y Sarkozy con el 16%.

Los votantes del FN no son esos forajidos que nos presentan algunos medios. No tienen nada en común con el noruego Anders Breivik, que mató el año pasado a cerca de 80 jóvenes de un partido de izquierda. En el imaginario colectivo, la extrema derecha sigue asociada con nazismo, racismo y violencia. Pero, en la realidad, la mayoría de los partidos de ese ámbito han optado por la vía parlamentaria. Las ideas de Marine Le Pen "no son incompatibles con la República", se ha atrevido a decir Sarkozy, que se niega a "demonizar a los electores que han votado por la candidata del Frente Nacional".

Claro, Sarkozy no quiere enemistarse con los que lo pueden llevar de nuevo a la Presidencia. Sin embargo, el propio Hollande ha empezado también a cortejar a esos electores que la izquierda despreciaba tanto hace apenas unos días. Al acercarse la segunda vuelta, el candidato socialista ha endurecido de repente su discurso sobre la inmigración. Ha propuesto reducir las entradas legales en un 30% y luchar contra la inmigración ilegal. Los asesores de Hollande han entendido que se trata de un clamor popular y no solo de una exigencia de los xenófobos y de Sarkozy, que se ha comprometido a "dividir por dos el número de inmigrantes".

La caza por los votos del FN está abierta. La izquierda llega tarde y los medios afines al candidato socialista hacen todo tipo de malabarismos para justificar el nuevo giro: los votos "sucios" de los electores del FN se vuelven limpios si van a Hollande, pero no si apoyan a Sarkozy. En cualquier caso, gane quien gane, se lo deberá a esos electores tan vapuleados en la prensa y en las redes sociales, que descubren ahora con estupefacción los terribles efectos de la globalización en los sectores más desprotegidos de la sociedad francesa. Por primera vez en dos décadas, las víctimas de los grandes cambios económicos, que han perdido sus trabajos en el campo, las minas y la industria, logran hacerse oír. No son una fuerza organizada, pero ahora cuentan.