Sábado, 1 de Octubre de 2016
12:30 CEST.
Argentina

Ardor y olvido por decreto

La presidenta Cristina Fernández, viuda de Néstor Kirchner, ha nacionalizado la empresa petrolera YPF, filial de Repsol, inspirada en el pensamiento y las orientaciones espirituales de su marido. Con esa decisión, lanzada al aire en un mitin político concebido como un jolgorio patriótico, la dirigente sudamericana entra con paso de parada militar en el umbral de otra viudedad: la de Hugo Chávez.

El gesto de la señora Fernández es la firma de un acta pública de inscripción en la nómina del Socialismo del Siglo XXI. La rúbrica la hace aparecer de manera definitiva en la fila junto a Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Ecuador, en los momentos en que esa corriente populista agoniza entre una sala de terapia en La Habana, un antiimperialismo verbal desfasado y el avance de la oposición en Caracas en medio de un sigiloso movimiento de tanques.

Ella ha elegido ese tango nacionalista que es más atractivo y pasional en momentos difíciles. Nada como un buen enemigo extranjero para distraer y desviar la atención de la gente desesperanzada que necesita materia para su rabia y culpables para sus frustraciones.

Con la expropiación de la más importante compañía petrolera del país, la presidenta Fernández considera que ha comenzado a cambiar la historia. Y nadie lo duda. Ni siquiera los observadores y expertos de la región que ven en esa transformación un signo negativo para la Argentina porque la deja un poco más aislada y bajo sospecha en el equipo de escandalosos en declive, en una cuadrilla que funciona como una cofradía de plañideras del comunismo que se seca las lágrimas y compra el luto con el dinero de los venezolanos.

La primera felicitación que llegó a Buenos Aires estaba firmada, desde luego, por Hugo Chávez. Tenía el sello de la bienvenida a su colega. Y no podía faltar un espacio etéreo para que entrara la esencia del pensamiento de Néstor Kirchner, quien, según el presidente de Venezuela, había previsto la importancia de tomar el control del petróleo argentino a lo largo de una conversación del año 2003, con el río Orinoco como testigo.

Fernández renuncia con esta medida a otras vías, pragmáticas y provechosas, que han encontrado sin tánganas nacionalistas ni comunicaciones con el más allá algunos países de la región —como sus vecinos Uruguay y Brasil— dirigidos por líderes que pertenecen a su misma parentela ideológica.

Llega tarde a la borrosa foto de familia de los perdedores. Pero llega para aprovechar el relumbrón de las cámaras, la emoción de los radicales y la neblina que deja la demagogia en la vida real.

 


Este artículo apareció originalmente en El Mundo. Se reproduce con autorización del autor.