Lunes, 26 de Septiembre de 2016
10:31 CEST.
Venezuela

Chávez y el incendio del Reichstag

El incendio del Reichstag, edificio del Parlamento alemán en Berlín, en febrero de 1933, marcó un hito en el proceso de apropiación del poder absoluto que Adolf Hitler, nombrado cuatro semanas antes Canciller del Reich (jefe de gobierno), se propuso y logró llevar a cabo.

Imputado a un activista del partido comunista alemán, no son pocos quienes vieron en dicho incendio una aviesa maniobra de Hitler que le sirvió de argumento para estigmatizar a sus adversarios, desatar una campaña de represión y, en definitiva, arrogarse todo el poder.

Artimañas de ese tipo no han sido exclusividad de la Alemania nazi. Las mismas son moneda corriente en regímenes autocráticos resueltos a desmantelar lo que puede quedar de oposición.

También Castro orquestó a su manera su incendio del Reichstag. Ocurre la noche del 27 de julio de 1959, cuando ante una multitud manipulada por un discurso incendiario en el que acusa sin prueba alguna al presidente provisional Manuel Urrutia Lleó de "altos visos de traición", Castro lanza la multitud contra Urrutia y le obliga a dimitir. A partir de ese momento, el poder queda monopolizado de manera definitiva por el Líder Máximo, con las largas y trágicas consecuencias por todos conocidas.

La situación de Venezuela en la actualidad no es ni la de Alemania en 1933 ni la de Cuba en 1959. Las diferencias son múltiples. Pero las similitudes no faltan.

En los tres casos, la libertad de expresión y asociación, así como el pluripartidismo y el juego de la alternancia, constituyen estorbos a un proyecto pretendidamente trascendental (Tercer Reich, sociedad sin clases, Socialismo del Siglo XXI), estorbos de los que hay que deshacerse tan pronto como la correlación de fuerzas lo permita. En los tres casos, gobierna un líder populista intolerante que se mantiene al acecho de quienes osan disentir, persiguiendo y encarcelando a opositores, sancionando a jueces insumisos, imponiendo su voluntad a los legisladores, coartando o suprimiendo la libertad de expresión y el margen de maniobra de la prensa y otros medios de comunicación.

Y es en base a estas similitudes inquietantes que podemos establecer un paralelo entre, de un lado, la manera en que Hitler y Castro, recurriendo a viles estratagemas, enrumbaron sus respectivos regímenes por cauces totalitarios, y del otro, el sospechoso anuncio que, sin presentar ningún tipo de prueba, hace Hugo Chávez sobre la existencia de un supuesto complot de la oposición para asesinar a su propio candidato, Henrique Capriles.

Dicho de otro modo, el estrambótico gobernante bolivariano advierte que la oposición trama hacerse harakiri.

Los dedos de la mano no son suficientes para contar el número de veces que Hugo Chávez ha anunciado conspiraciones inverosímiles como ésta. Chávez se ha dado a conocer en el mundo, provocando de paso cierta burla, por ver por todas partes maquinaciones del "Imperio". Las vio en el terremoto de Haití, en la revuelta de Tíbet, en las protestas de 2009 en Irán, en supuestos complots para asesinarlo, e incluso en la enfermedad que lo afecta. También el líder irremplazable ha denunciado previamente la existencia de siniestros deseos de la oposición de "incendiar", no solamente un Reichstag caraqueño, sino nada menos que toda Venezuela.

La nueva falacia chavista, de un complot tramado por la oposición contra sí misma, pertenece pues al linaje de las acusaciones descabelladas a que nos ha acostumbrado el excéntrico inquilino del Palacio de Miraflores.

El anuncio de Chávez, sin embargo, no deja de ser revelador de cierto malestar en las filas del chavismo. Ocurre en un momento en que el mismo se tambalea por cuatro razones, a saber: la progresión de la enfermedad del caudillo; la ausencia de un sucesor capaz de mantener la cohesión del grupo; la unificación de la oposición en torno a la candidatura de Capriles; y, no menos importante, los resultados de las últimas encuestas, las cuales muestran un marcado aumento de las intenciones de voto a favor del candidato de la oposición.

Ante tan desalentadoras perspectivas, la tentación es grande para el actual régimen venezolano de hacer cruz y raya sobre las elecciones, postergándolas indefinidamente, y así asegurar por las malas su supervivencia política.

Para ello, nada mejor que sembrar el caos y luego echarle la culpa a la oposición —como lo hizo Hitler con el incendio del Reichstag o Castro al acusar a Urrutia Lleó de traición—, utilizando la situación como pretexto para proclamar el estado de excepción, aplazar indefinidamente las elecciones e intensificar la represión y el control absoluto de los medios de comunicación.

Es en ese contexto de diatribas incoherentes contra la oposición que el anuncio de Chávez adquiere toda su significación.

Existe no obstante una diferencia capital entre las maniobras de Hitler y Castro y una posible tentativa del chavismo de sembrar el caos para quedarse con el poder. Tanto Hitler como Castro orquestaron sus inicuas maquinaciones en los albores de sus respectivos regímenes, cuando los mismos estaban en una fase ascendente de popularidad. Les era pues fácil embaucar a la opinión pública. El chavismo, por el contrario, está en pérdida de velocidad, la esperanza de vida de su líder se mide en meses, no en años, y su popularidad ha sufrido y sigue sufriendo un desgaste sostenido. En tales circunstancias, las perspectivas de éxito de una sórdida estratagema son mucho menos halagüeñas que las de Hitler en 1933 y las de Castro en 1959.

Es imposible predecir en qué condiciones tendrá lugar el proceso electoral venezolano, ni cuál será su desenlace. Pero lo que sí deja claro el absurdo anuncio del harakiri o auto-complot de la oposición, es que el chavismo está temblando. Y de frío no es.