Jueves, 29 de Septiembre de 2016
23:17 CEST.
América Latina

Son los mismos

Una de las tesis que no cesan de fecundar la especulación filosófica es la enunciada por Platón relativa a las ideas. Según el gran filósofo de la antigua Grecia, las ideas tienen vida propia: existen incluso antes de que alguien llegue a formularlas. La interpretación platónica fue reactivada a principios del siglo XX por el filósofo alemán Gottlob Frege, para quien las teorías científicas de algún modo vagan en el aire, a la espera de ser "atrapadas" por algún pensador perspicaz.

Observando el fatídico acontecer político latinoamericano, algo similar puede decirse de las pulsiones dictatoriales, es decir, de ese malsano deseo de sojuzgar a un pueblo y de imponerle por las buenas o por las malas los designios de quienes detentan el poder. La experiencia histórica muestra en efecto que dichas pulsiones rondan nuestro continente, se mantienen al acecho de cualquier ocasión que les permita agrietar y destronar a la democracia y asentar su dominación. El contexto cambia, los protagonistas esgrimen ideologías cada vez diferentes, pero las pulsiones dictatoriales siguen impertérritas su funesta trayectoria, adaptándose a las circunstancias, mutando cual un camaleón.

Ayer tuvimos a Somoza, Trujillo y Batista, luego llegaron Pinochet y los gorilas brasileños o argentinos. Ahora son Chávez, Morales, Ortega y Correa, los Kirchner también, quienes junto con el Castro sempiterno hacen o tratan de hacer lo que les venga en ganas en los predios que dominan. La bestia cambia pues de aspecto, de nombre, de ideología, se pasea de un país al otro, de un extremo al otro del tablero político. La intensidad de la represión varía en función de la correlación de fuerzas, con Castro batiendo todos las marcas en términos de permanencia en el poder, prisioneros políticos (500.000 según la ONG Freedom House) y asesinatos mediante juicios sumarios de tipo estaliniano. Pero los zarpazos son los mismos, los estragos también.

Ayer, en la época de las dictaduras de derechas, fue la lucha contra el "colectivismo" lo que solía servir de estandarte para acallar la prensa independiente y la oposición. Hoy, el combate contra el "Imperio" y por la "soberanía nacional" es el expediente que se invoca cómodamente para coartar o suprimir la libertad de expresión y de asociación.

Por diferentes que estos regímenes puedan a primera vista parecer, tienen lo esencial en común: para todos, la oposición es corrupta por definición, apátrida, vendida a intereses extranjeros. El partido contrincante no es un rival que se ha de combatir en el marco de instituciones que garanticen el respeto de las minorías, sino un enemigo a aniquilar, a eliminar de la arena política, tan pronto como la correlación de fuerzas lo permita.

Ayer, quien denunciara las violaciones de derechos humanos recibía ipso facto el calificativo de "agente de la subversión" o un epíteto similar. Hoy son las etiquetas envilecedoras de "pitiyanqui", "miembro de la oligarquía" o "mercenario" las que se utilizan para denigrar y perseguir a quienes tratan de ejercer el derecho a disentir.

El no respeto de la separación de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial), las leyes coercitivas y las multas astronómicas destinadas a amordazar la prensa independiente, la persecución de representantes de la oposición, el acoso y encarcelamiento de quienes podrían constituir un reto o alternativa al régimen de turno, la reforma constitucional con vistas a permitir la reelección sin límites, el fraude electoral, en resumen toda la panoplia del aparato represivo y continuista de nuestras repúblicas bananeras de antaño adquiere vigencia una vez más a través de esa enésima versión de la república bananera que es el castrochavismo.

Los regímenes castrochavistas logran por lo general resultados acordes con los de las repúblicas bananeras precedentes, es decir, mediocres, cuando no decepcionantes. Después de haber alcanzado a mediados del siglo XX un honorable tercer lugar entre las naciones latinoamericanas en términos de ingreso per cápita, la economía cubana se encuentra exangüe, incapaz de operar con eficiencia y motivar a la población, dependiendo de la ayuda de sus cómplices —primero de la Unión Soviética, luego de Hugo Chávez— y de las remesas generosas que los cubanos del exilio envían a sus familiares.

Venezuela ha tomado un sendero similar. Mientras Hugo Chávez despilfarra los petrodólares ganados por el país, utilizándolos para financiar el clientelismo electoral y apuntalar a sus amigotes del continente, la producción agrícola se descalabra, la tasa de inflación es la más alta del mundo (a excepción tal vez del Zimbabue de Mugabe), la criminalidad adquiere proporciones de guerra civil y la inversión privada, tanto nacional como extranjera, huye en estampida en busca de un mejor terreno para prosperar.

Por su parte, en Argentina, el alza de los precios mundiales de los principales renglones de exportación del país ha generado tasas de crecimiento económico elevadas. No obstante, la fuga de capitales se está convirtiendo en deporte nacional, lo que va en desmedro de las perspectivas de mediano y largo plazo. Por otro lado, como las cifras de la inflación no son del gusto del kirchnerismo, pues bien, al gobierno argentino no se le ha ocurrido nada mejor que manipular dichas cifras y así esconder la magnitud de la inflación. A la usanza de las repúblicas bananeras de otrora, cada vez que la verdad entra en colisión con los intereses del mandatario, se proscribe o se encubre.

A guisa de conclusión, vale precisar que América Latina no es una excepción en lo que respecta a la influencia tenaz de las pulsiones dictatoriales. Europa también fue víctima de ese maleficio destructor: la peste parda (nazi o fascista) y el totalitarismo rojo (leninista-estalinista) pasaron por allí, causando desolación.

Y así como Europa pudo vencer al terrible demonio de las pulsiones totalitarias después de haber probado ambas variantes de las mismas, no está lejos el día en que América Latina logre lo mismo frente a las dictaduras y autocracias de ambos extremos del espectro político, que tanto daño y sufrimiento llegan a ocasionar.