Jueves, 29 de Septiembre de 2016
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América Latina

Los Castro y la 'Doctrina Insulza'

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Si a cualquier presidente o canciller de América Latina se le preguntara si le parecería bien que en su país un "hombre fuerte" gobernase durante medio siglo sin someterse jamás a las urnas, y luego al retirarse  por enfermedad le entregase graciosamente la presidencia a su hermano menor, con toda seguridad respondería que no, que eso estaría muy mal… excepto si se trata de Cuba.

¿Por qué es Cuba la excepción? Porque a los cincuentenarios gobernantes de la isla se le aplica la Doctrina Insulza, un sorprendente aporte a las ciencias políticas realizado por el actual secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), José Miguel  Insulza, que aunque no ha sido formulado oficialmente rige de hecho en dicha organización de un tiempo a esta parte.

El funcionario de la OEA enunció su teoría el 13 de febrero de 2007 cuando declaró a CPN Radio, de Lima: "La fuente de legitimidad del sistema cubano se llama Fidel Castro". Insulza, quien dijo sentir "respeto y admiración por el personaje", agregó que "Fidel Castro es un líder carismático que ha marcado medio siglo de la vida hemisférica… y esa personalidad ha terminado por imponer como legítimo dentro del hemisferio o dentro de América Latina un régimen como el que hoy día tiene Cuba". 

Dos años más tarde, en 2009, a instancias de Hugo Chávez y con base en la Doctrina Insulza, la OEA decidió que Cuba podía regresar a la entidad. Los Castro, sin embargo, reiteraron que no regresarán nunca a esa "basura" al servicio de EE UU.

En otras palabras, que no importa si un jefe de Estado ha sido electo en las urnas, o se ha instalado por la fuerza. Si logra mantenerse en el poder por bastante tiempo su mandato será tan legítimo como si hubiera sido electo por una abrumadora mayoría de votos populares, ya que el tiempo y el carisma del personaje en cuestión son "fuentes de legitimidad".

Lo que sucede es que la Doctrina Insulza solo funciona con líderes de izquierda. Si el político que se eterniza en el poder es de derecha, no se le aplica. En ese caso se le juzga bajo la Carta Democrática Interamericana aprobada por la OEA en septiembre de 2001, en una asamblea general de la organización celebrada también en Lima, Perú.

La Carta Democrática Interamericana  establece que todo presidente que no sea elegido en las urnas es un dictador y su gobierno debe de ser expulsado de la OEA, sometido a sanciones y al aislamiento diplomático y político.

El general Augusto Pinochet, por ser de derecha, fue considerado un dictador. Los Castro, en cambio, son tratados según la Doctrina Insulza, y no son dictadores. Encima, como el comandante Castro es "fuente de legitimidad", se le concedió el privilegio de transferir legitimidad a terceros. Y fue lo que hizo al ungir a su hermano como Jefe de Estado. Por eso la OEA considera como auténtica la presidencia de Raúl Castro pese a que lleva en el cargo solo cuatro años.

Si el tiempo en el poder "bendice" a un gobernante aunque no haya sido electo nunca, también fue legítima la dinastía de los Somoza en Nicaragua, pues marcó casi "medio siglo de la vida hemisférica" (43 años), desde 1936 hasta 1979. Y lo fue el régimen de Alfredo Stroessner, dictador de Paraguay por 35 años; el de Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, por 31 años; la dinastía Duvalier en Haití, durante de 27 años; o la dictadura de Porfirio Díaz en México, 27 años. Incluso la dictadura de Pinochet, que duró 17 años.

¿'Lamentable' la ausencia de Cuba?

Es con la insólita lógica de la Doctrina Insulza que la inmensa mayoría de los presidentes de América Latina, a quienes se sumó el expresidente socialista español, Felipe González, se lamenta de que Cuba no participe en la Cumbre de las Américas, que bajo los auspicios de la OEA tendrá lugar a mediados de abril próximo en Cartagena de Indias, Colombia.

La lectura que tiene este "pesar" por la ausencia del régimen de La Habana, que han nutrido al menos 10 cancilleres con declaraciones melifluas sobre los Castro, es la de que si un dictador gobierna desde la derecha es malo, pero si lo hace desde la izquierda es bueno.

Si el autócrata dice que gobierna en nombre de los pobres y enarbola la bandera antiestadounidense, nacionalista o populista, mientras más tiempo se aferre al poder más legitimará su mano de hierro y atropello a las libertades básicas del individuo. Es decir, la Doctrina Insulza opera como una ecuación inversamente proporcional: a más años como tirano, menos tirano será considerado y más calurosa será su bienvenida al seno de las naciones democráticas de Latinoamérica.

Ello explica el creciente "consenso latinoamericano" para que Raúl Castro, ya que no fue  invitado por Colombia a la cumbre de Cartagena, al menos tenga la satisfacción de poder asistir a la siguiente cita cumbre de 2015, en Panamá.

Con  excepción de los gobierno de Estados Unidos y Canadá, ninguno otro ha dicho que el general Castro no tiene derecho a estar presente en las conferencias cumbres porque no ha sido elegido democráticamente. No se ha tenido la valentía política de decir que Raúl Castro es presidente de Cuba por obra y gracia de su hermano Fidel, quien le cedió los cargos de Primer Secretario del Partido Comunista (máxima instancia de poder en la isla) y de Presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministro, sin consultar con el pueblo cubano.

Nadie ha dicho, si se exceptúan el "imperio del Norte" y el primer ministro canadiense, Stephen Harper, que un tirano no puede sentarse a la misma mesa que los presidentes que han sido elegidos por el voto popular, pues eso sería dinamitar las bases de la democracia en que se afinca la modernidad.

¿No sería más justo que los gobernantes y políticos de Latinoamérica expresaran sus buenos deseos de que haya elecciones democráticas en Cuba, que el pueblo elija al fin a sus gobernantes —no lo hace desde 1948— y que el nuevo presidente cubano represente honorablemente a la isla en Panamá?

Difícilmente Insulza, los líderes latinoamericanos, o Felipe González, querrían para sus países respectivos un régimen como el de los Castro, que se instaló en 1959 con la promesa de celebrar elecciones democráticas y 53 años después aún no han sido convocadas.

¿Es ético aceptar para otros lo que no se acepta para uno mismo?