Miércoles, 28 de Septiembre de 2016
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Siria

Camino de Damasco

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Al ver las imágenes de las barbaridades cometidas por el régimen de Bashar el Assad contra la población siria, muchos se preguntan por qué la OTAN no interviene, como lo hizo el año pasado en Libia. Si el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas autorizó entonces un ataque preventivo de los aviones de la Alianza Atlántica para proteger a los civiles contra las columnas blindadas de Muamar el Gadafi, ¿por qué no hace lo mismo ahora en Siria, donde los habitantes de la ciudad de Homs están siendo masacrados por la artillería pesada del dictador sirio?

Las imágenes que nos llegan de Siria son estremecedoras, y varios periodistas han pagado un precio alto por transmitirlas fuera del país. Al inicio de la revuelta popular, hace casi un año, solo eran manifestaciones en las calles de algunas ciudades. Ahora, son cuerpos de niños desmembrados, familias enteras destruidas por los tiros de morteros de grueso calibre que reducen a escombros edificios enteros de Bab Amro, el barrio rebelde de Homs. La tercera ciudad del país ya ha adquirido el estatus de "mártir", como lo tuvo antes Misrata en Libia. Hay, sin embargo, una diferencia importante entre las dos: mientras la OTAN no permitió que las tropas de El Gadafi arrasaran Misrata, todo parece indicar que nadie podrá detener la voluntad del régimen de Damasco de aplastar la rebelión en Homs, cueste lo que cueste en términos de población civil.

El principal obstáculo a una intervención militar internacional reside en el veto de Rusia y China a una resolución de Naciones Unidas en este sentido. Moscú y Pekín dicen que fueron engañados en el caso de Libia, y tienen toda la razón. Aceptaron entonces —a regañadientes, es cierto— una operación para proteger a la población civil. Y la OTAN cambió su cometido sobre la marcha: ya no se trataba solo de salvar a los libios de la furia de su jefe, sino también de acabar con el régimen. Ahora, Rusia no está dispuesta a poner la otra mejilla y ha dejado muy claro que no permitirá la injerencia de los países occidentales en los asuntos internos de uno de sus principales aliados en la región.

Moscú tiene intereses geopolíticos muy importantes en Siria, empezando por su base naval en el puerto de Tartus, sobre el Mediterráneo. Y teme perderlo todo si los islamistas se apoderan del país después de derribar el régimen laico impuesto en 1971 por Hafez el Assad, padre del actual dictador. Sería un muy mal ejemplo desde el punto de vista de los rusos, que no dudaron en recurrir a la violencia extrema para acabar con su propio problema islamista en Chechenia: cientos de miles de muertos dejaron las dos guerras en aquella república. Por eso a Vladimir Putin no le debe de preocupar demasiado que hayan muerto entre cinco mil y ocho mil civiles en Siria, según las fuentes. Le parecerá un costo asumible para el régimen de El Assad en su defensa contra una rebelión apoyada con armas y dinero por sus vecinos turco, saudí o qatarí.

Los rusos, sin embargo, no pueden cargar con toda la culpa. A Occidente tampoco le conviene una intervención militar internacional, que podría tener consecuencias catastróficas, tanto para la OTAN como para los civiles que se intenta defender. Existe además el riesgo de incendiar la región, donde Damasco cuenta con aliados en los países vecinos (Irán, Irak y Líbano), que pueden distraer la atención con escaramuzas contra Israel. A diferencia de Libia, Siria dispone de un ejército poderoso, el segundo del mundo árabe después de Egipto. Con su medio millón de soldados, una aviación potente y una gama variada de misiles rusos, las fuerzas armadas sirias ofrecerán una resistencia encarnizada. Hay miles de desertores, es cierto, y muchos de ellos se han pasado al Ejército Libre Sirio, el brazo armado del Consejo Nacional Sirio, que aglutina a la oposición. Sin embargo, el régimen puede todavía contar con una guardia pretoriana bastante homogénea, donde casi todos los mandos pertenecen a la minoría alauita de Bashar el Assad.

Y, para los que no quieren verlo, hay que recordar que el régimen de Damasco sigue teniendo mucho apoyo entre las minorías religiosas, especialmente los cristianos y los alauitas (cada grupo con un 10% de la población total), que temen una revancha de la mayoría suní después de 40 años de dictadura del clan Assad. ¿Pronóstico? El régimen seguirá machacando a la oposición para aniquilarla. Lograda la "pacificación", Bashar el Assad designará a su sucesor y se retirará en algún país amigo, todo con el beneplácito de su aliado ruso. Triste pronóstico, pero la realidad es terca.