Domingo, 25 de Septiembre de 2016
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Libia

Un año de revolución

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¿Celebrar el primer aniversario de la revolución o protestar contra la lentitud de las nuevas autoridades para cumplir con las promesas de cambio? Los libios no lo tienen muy claro al acercarse la fecha del 17 de febrero, que conmemora el inicio de la lucha contra la dictadura del coronel Muamar el Gadafi.

Najib, jubilado y ex encargado de compras en una multinacional petrolera, se ubica dentro el campo de los decepcionados, si bien no reniega de su entusiasmo revolucionario. Lo conocí el año pasado en Benghazi, esta gran ciudad del este de Libia, donde había un apoyo casi unánime por el recién estrenado Consejo Nacional de Transición (CNT), que gobernaba en la mitad del país. En las calles de la capital de la Cirenaica se respiraba entonces un aire de libertad recientemente conquistada, mientras se mantenía un clima de movilización permanente para liberar el resto del país. Todos los días, la población se reunía en el malecón de Benghazi para orar y escuchar las últimas noticias del frente de guerra. Ahí estaba Najib, entre miles de familias jubilosas, pero también preocupadas por la suerte de sus hijos que se habían ido a combatir contra el ejército de El Gadafi sin tener la más mínima preparación militar.

Hoy, la ciudad marítima ha retomado su ritmo normal, con su tráfico endemoniado y una población abultada por la llegada de refugiados de las zonas más afectadas por el conflicto. "Nada ha cambiado realmente con la revolución", se queja Najib. "La economía sigue deprimida y no sabemos lo que hace el Gobierno. Y cuando hace algo, no lo explica o da argumentos absurdos". Najib está particularmente molesto con los decretos que anulan la validez de los dos billetes de más alta denominación. En enero las autoridades sacaron de la calle los billetes de 50 dinares (unos 40 dólares), donde figuraba el retrato de El Gadafi. Y ahora acaban de cancelar los de 20 dinares. Todo el mundo pensó que se trataba del primer paso para eliminar los símbolos de la dictadura y que los nuevos billetes ya estaban listos para remplazar a la vieja moneda. Nada de esto. Sigue sin aparecer la nueva moneda y el antiguo billete de 1 dinar, que lleva también un retrato de El Gadafi, está por todos lados.

A pesar del amplio rechazo que provoca la figura de El Gadafi —la gente pisa su retrato al entrar en los edificios públicos y los grafiteros lo ridiculizan en cientos de paredes a lo largo y ancho del país—, nadie parecía molestarse por su presencia en la moneda, a la par del héroe nacional, Omar Mokhtar, que luchó contra la invasión italiana a principios del siglo pasado. En cambio, los libios están sumamente disgustados por el procedimiento usado por el CNT, que les ha obligado a depositar esos billetes en los bancos y ha congelado esos fondos. Algo bastante similar al corralito argentino, de triste memoria.

La cancelación de los billetes de 20 y 50 dinares golpea especialmente a los comerciantes, y Libia es un país de comerciantes, que no pueden reinvertir las sumas congeladas. El CNT no ha querido explicar los verdaderos motivos de esta decisión impopular, que agrava la escasez de recursos provocada por la lentitud de los países occidentales en devolver a Libia sus gigantescos fondos depositados en el extranjero. Se trataría en realidad de una operación de contrainsurgencia para secar las finanzas de los gadafistas, que disponen de grandes cantidades de dinero en efectivo y estarían preparando algunos golpes alrededor del 17 de febrero.

A diferencia de Najib, Intisar mantiene su confianza en el CNT. "Hay que darle más tiempo. Después de 42 años de dictadura, las cosas no pueden cambiar de un día para el otro", dice esa funcionaria de Hacienda, que ha perdido su trabajo y acaba de vender su pulsera de oro en una joyería del zoco de Benghazi. La vida es difícil, pero hoy "podemos protestar en la calle y hablar con toda libertad", agrega. "Y eso sí es un cambio radical con el pasado".

A Intisar y a muchos otros libios, no les preocupa sobremanera la presencia de miles de milicianos armados —se habla de 50 mil en todo el país— que no han entregado sus armas y han cometido graves abusos en algunas ciudades contra los gadafistas derrotados. Se trata de casos aislados de venganza, insiste el CNT. Es preocupante, pero por el momento no es comparable con los cientos de presos fusilados en Cuba en 1959. La prueba reina está por venir: si no aparece por ahí un mesías empeñado en apoderarse de la legitimidad revolucionaria, las primeras elecciones libres en la historia del país tendrán lugar en junio.