Lunes, 26 de Septiembre de 2016
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Opinión

Guerra encubierta

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El presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, decidió pasearse esta semana por América Latina mientras subía la presión internacional para obligarle a desistir de sus planes de fabricar la bomba atómica. En su ausencia, un comando asesinó en las calles de Teherán a un científico nuclear, el cuarto en dos años. Además, Estados Unidos ha reforzado su dispositivo militar en las cercanías del golfo Pérsico y los principales compradores del petróleo iraní, empezando por China y Japón, han dado señales de que se unirían al embargo comercial contra el régimen de los ayatolás.

Ahmadineyad fue a visitar a los pocos amigos que le quedan, en un intento fallido de romper el aislamiento internacional de su país. Venezuela, Cuba, Nicaragua y Ecuador son irrelevantes en términos geopolíticos. El presidente iraní fue bien recibido por Hugo Chávez, Daniel Ortega, los dos hermanos Castro y Rafael Correa, que comparten la misma obsesión anti "yanqui". Y mientras el caudillo venezolano se mofaba de los que le acusan de aliarse con Teherán para atacar a Washington con "misiles", el ruido de los verdaderos tambores de guerra retumbaba a miles de kilómetros de distancia, en ese estrecho de Ormuz por donde pasa el 20% del comercio mundial de petróleo y que Irán amenaza con cerrar en represalia por las sanciones económicas.

Desde el inicio de su gira latinoamericana —la quinta desde 2007—, el presidente iraní pareció darse cuenta de que había equivocado el rumbo y hubiera hecho mejor en quedarse en casa. Reaccionó con una sonrisa forzada ante las inevitables payasadas de Chávez. Y en los días siguientes tuvo que aguantar estoicamente las sandeces de Ortega en su toma de posesión y las "reflexiones" apocalípticas de Fidel Castro. Todos, sí, defendieron el derecho irrenunciable de Irán de desarrollar la energía nuclear para fines pacíficos, es decir, para producir electricidad o para uso médico. A estas alturas del debate y del conflicto en ciernes, de poco le sirven esas declaraciones a Ahmadineyad, cuando el propio Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) ha expresado sus "serias inquietudes" sobre el programa nuclear de Irán.

En noviembre pasado, los inspectores del OIEA señalaron en un informe que había indicios de que el régimen de los ayatolás intentaba desarrollar armas atómicas. Y esta semana, mientras Ahmadineyad estaba de viaje, ese organismo de Naciones Unidas ha destacado con preocupación la existencia de una nueva planta de enriquecimiento de uranio en un subterráneo a prueba de bombas, situado debajo de 90 metros de roca. Ningún país toma tantas medidas de seguridad para producir el combustible que usa en sus centrales nucleares.

Estando en Caracas, el presidente iraní contestó que las acusaciones sobre supuestos planes para fabricar bombas son "para reírse" y sirven de pretexto para impedir el desarrollo de su país. Lo ha repetido en una entrevista con Televisa, con ese tono de pastor evangélico o de imán mesiánico —"el mundo necesita el amor", dijo varias veces— que le resta toda credibilidad. Las medidas de seguridad, aseguró, son "para proteger la salud de la población iraní contra las radiaciones". En cuanto a las sospechas del OIEA sobre el carácter militar del proyecto nuclear, no se las puede tomar en serio porque esa institución está "a sueldo de EE UU". Ahmadineyad se suelta un poco cuando se le pregunta sobre su supuesto deseo de que Israel sea "borrado del mapa". No, dice, Irán no tiene ninguna intención de destruir ese Estado, pero "tampoco es posible que siga existiendo porque ninguno de los pueblos de la región quiere a esos usurpadores que han quitado su territorio al pueblo palestino".

Con sus declaraciones, el propio presidente iraní justifica el empeño de los israelíes por impedir a cualquier precio que Teherán se haga con la bomba nuclear. Perderían la ventaja que tienen actualmente por ser la única potencia atómica de la región. Por eso, es probable que Irán tenga razón cuando acusa a los servicios secretos de su enemigo, el Mossad, de estar detrás de los asesinatos de sus ingenieros nucleares y de los numerosos sabotajes contra sus instalaciones, especialmente la introducción en 2010 del virus informático Stuxnet que paralizó la producción de uranio. Hasta el ex número 2 del Mossad, Ilan Mizrahi, ha sugerido la implicación de su país en esos atentados sofisticados, quizás realizados con la complicidad de algunos miembros de la oposición clandestina iraní. Y aquí está la clave de esa guerra encubierta: no se trata solo de destruir unas instalaciones peligrosas, sino también de propiciar un cambio de régimen.