Sábado, 1 de Octubre de 2016
01:17 CEST.
Opinión

Paradigmas en juego

El Museo Guggenheim-Bilbao no quiere sutilezas ni confusiones. Uno de sus paneles afirma categóricamente que "la dictadura de Fidel Castro comenzó en 1959". Da gusto oír llamar las cosas por su nombre, pues produce un efecto que ningún eufemismo alcanza a emular. Sobre todo, cuando el término conceptúa el mal y ayuda a edificar la idea del bien, que es, según el propio marxismo, aquello que la sociedad considera moral y digno de imitación.

Hoy la guerra entre civilización y barbarie se libra fundamentalmente en sectores en los que se aprende y juzga la historia, y el objetivo final son quienes no padecieron directamente los hechos que se pretenden manipular. De ahí la necesidad de denunciar la reescritura interesada de la Historia.

En Chile, el gobierno de Sebastián Piñera amenaza con blanquear la era de Augusto Pinochet. "Régimen militar" es el nuevo término que podrían contener los libros escolares en sustitución de "dictadura", esa palabreja. El propio Pinochet se habría reído de la ocurrencia, porque él mismo se ocupó de proponer su definición: "Esta nunca ha sido dictadura, señores, esta es dictablanda, pero si es necesario, vamos a tener que apretar la mano".

Que Chile se vea enredado en un debate de esta naturaleza, en medio de devastadores incendios forestales y serios problemas educativos y sociales, resulta descorazonador. En medio de su impopularidad presidencial, cualquiera se pregunta si el desatino de Piñera forma parte del pinochetismo explícito de la UDI, uno de los partidos oficialistas, o de un artificio publicitario para desviar la atención.

Pero no solo en Chile. El año pasado reventaron dos escándalos relacionados con Francisco Franco, el peor personaje español del siglo XX.

El primero de ellos, referido a la publicación de un diccionario que calificaba de "régimen" a la dictadura que impuso el general entre 1936 y 1975. Más recientemente, ciertos derechistas se opusieron a que Franco fuese exhumado del Valle de los Caídos, el faraónico monumento que se hizo construir en vida y donde también están enterradas miles de sus víctimas. Los desmemoriados piden que se deje descansar al tirano español, que se mire hacia otro lado ante el escandaloso homenaje que allí se le tributa.

Pero hay demasiado en juego. ¿Qué tan frágiles o sólidas andan las fronteras entre el bien y el mal? ¿Cuáles son los paradigmas bajo los que se educará nuestra descendencia, entre tanto relativismo, si Perón fue un "demócrata", el Che un "legendario revolucionario" y Tirofijo un "gran hombre"?

Para Cuba, el desaguisado de roles históricos es un tema de máxima actualidad, y repleto de preguntas.

¿Qué papel representará la futura izquierda democrática cuando nuestros monstruos locales ya no habiten el barrio? ¿Intentarán frenar cualquier condena pública a los Castro o serán sus mayores críticos?

No ha sido fácil para un importante sector del exilio abjurar de Fulgencio Batista, el dictador socialdemócrata más querido por cierta derecha. ¿Se repetirán algunos de estos modelos?

Perdonar los delitos incruentos sigue teniendo sentido, pero la extirpación definitiva de nuestros cánceres, llámense Machado, Batista, Castro u otros, depende de cómo los denunciemos en las escuelas, los medios, la política y en toda la vida pública. Con la misma intensidad que Alemania reniega de Hitler. Ni más ni menos.