Martes, 27 de Septiembre de 2016
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Opinión

Hugo Chávez, ¿agente de Estados Unidos?

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A lo largo del siglo pasado, no fueron pocas las ocasiones en las que la política norteamericana entró en colisión con los intereses legítimos de países de América Latina. Ocupaciones militares (particularmente en la zona del Caribe) y dictaduras promovidas o sostenidas por Estados Unidos (Trujillo, Somoza, Pinochet) contribuyeron a fomentar en el subcontinente latinoamericano un comprensible sentimiento de acrimonia hacia Estados Unidos. Los libros de historia narran las epopeyas de latinoamericanos insignes que dieron el frente con denuedo a desaciertos de la política del Tío Sam.

Aunque legítimos en tales ocasiones, los posicionamientos críticos frente a Estados Unidos se vieron desnaturalizados por una extrema izquierda procastrista que ha hecho del antiamericanismo una especie de negocio ideológico, convirtiendo a Estados Unidos en el culpable por antonomasia de todos los males que padecía o padece la región.

Para gozar del favor y la simpatía de esa izquierda, no basta con oponerse o haberse opuesto a tal o cual política estadounidense. Es necesario dar muestras de antiamericanismo sistemático, en toda circunstancia y en todo lugar, so pena de ser acusado de inconsistencia pequeñoburguesa y de patriotismo intermitente.

Hoy en día, las ocasiones no abundan para culpar a Washington por los males de nuestro subcontinente. Pues si hay una crítica que se le puede formular a Estados Unidos desde el final de la Guerra Fría, no es el inmiscuirse en los asuntos internos de América Latina, sino, al contrario, el no mostrar interés suficiente por sus relaciones con los vecinos del Sur.

A pesar de las nuevas circunstancias, la extrema izquierda latinoamericana se empecina en tratar de mantener en vida su antiamericanismo primario. Y ello, por simple conveniencia política: acusar a Estados Unidos es un cómodo expediente para encubrir y justificar los fracasos y desmanes de dicha izquierda.

Así pues, para esa izquierda, si la economía cubana se encuentra al borde del colapso, no es porque el régimen castrista ha impuesto al país recetas comunistas que han fracasado en todo el mundo, sino a causa del embargo estadounidense (un embargo que, dicho sea de paso, no le impide a Estados Unidos suministrar más de un tercio de los alimentos importados por Cuba). De la misma manera, si Fidel y Raúl Castro eliminaron totalmente, o Hugo Chávez y su comparsa suprimen progresivamente, los derechos de la oposición y de la prensa independiente, lo hacen, no porque intentan por esos medios espurios perpetuarse en el poder, sino porque dicha oposición y dicha prensa son "lacayos del Imperio".

En la subasta del antiamericanismo primario, todas las diatribas encuentran comprador, incluso, o sobre todo, las acusaciones más descabelladas y ridículas.

Es precisamente en esa materia en la que descuella el actual presidente venezolano.

Tan pronto como hombres y mujeres, por centenas de millares, osan desafiar a un régimen despótico enemigo o rival de Estados Unidos, Hugo Chávez sale en defensa de ese régimen arguyendo —sin aportar pruebas— que las protestas no son espontáneas sino orquestadas por "la mano del Imperio".

Chávez procedió de esa manera en 2008, cuando los habitantes del Tíbet se sublevaron contra el poder central de China. Lo hizo en 2009 cuando los iraníes se lanzaron a la calle a pesar de una represión brutal. Y arremete de nuevo hoy, con la misma retórica, para defender a un Vladimir Putin cuyos designios continuistas suscitan una ola de protestas sin precedentes en toda Rusia.

En lo que respecta a la declaración de independencia de Kosovo, Chávez ve en la misma, no una respuesta natural a la "limpieza étnica" de Milosevic, sino un burdo "plan imperial para dividir y despedazar al mundo y de esa manera dominar".

Y cuando el pueblo libio reclama democracia y libertad, y Muamar el Gadafi promete hacer una "carnicería" de quienes participen en manifestaciones en su contra, lo que induce a las fuerzas de la OTAN a acudir en socorro de los civiles y rebeldes de ese país, Hugo Chávez denuncia una "masacre" perpetrada por "Estados Unidos y sus aliados".

En su delirio americanófobo, Chávez cruza un nuevo umbral en el momento del terremoto que devastó Haití en enero de 2010. En esa ocasión, el gobierno chavista declaró, sin sonrojo alguno, que el seísmo fue "el claro resultado de una prueba de la Marina estadounidense".

Y ahora que se les ha diagnosticado cáncer a varios jefes de Estado latinoamericanos, actuales o pasados, Hugo Chávez formula públicamente la "hipótesis" de que el "Imperio" podría estar "induciendo" esa terrible enfermedad a dirigentes de la región.

Extraño. ¿Por qué el "Imperio" no inocularía cáncer —pues sabe hacerlo según Chávez— a verdaderos enemigos como Ahmadinejad o Putin, en vez de emplear tan mortífero procedimiento contra dirigentes latinoamericanos que, en realidad, no representan un peligro para Washington y con la mayoría de los cuales mantiene relaciones de amistad?

¿Por qué emprenderlas contra un Hugo Chávez que, a pesar de toda su injuriosa verborrea, en ningún momento ha cortado o suspendido los suministros de petróleo venezolano a Estados Unidos? Porque, conviene hacer notar que, frente al "Imperio", Hugo ladra pero no muerde.

Hay que rendirse ante la evidencia: las bufonerías de Chávez solo sirven para cubrir el antiamericanismo de risa y escarnio.

Por ello cabe plantear la pregunta siguiente: si tal y como asevera Chávez, el "Imperio" está en capacidad de movilizar pueblos, provocar terremotos e inocular cáncer, ¿acaso no es posible que ese mismo "Imperio" haya introducido una nanopartícula o un artefacto similar en el cerebro de Hugo Chávez a fin de inducirle a proferir sandeces extravagantes y juicios sin fundamento en contra de Estados Unidos y así tratar de empañar la aureola de prestigio que, en la historia de América Latina, se han ganado algunos posicionamientos críticos con respecto al Tío Sam?

¿Hipótesis inverosímil? Sin duda. No más inverosímil, sin embargo, que las acusaciones formuladas por el camarada Hugo contra el "Imperio" aborrecido y que suscitan el embeleso en los círculos procastristas de la región.