Domingo, 25 de Septiembre de 2016
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Primavera Árabe

Vaticinios

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2012 ha arrancado a toda marcha y promete ser tan interesante como el año que acaba de fenecer. Quizá con algún peligro añadido si Irán cumple su amenaza de cerrar el estrecho de Ormuz, por donde pasan cada día más de 15 millones de barriles de petróleo destinados al mercado internacional. O si la guerra civil en Siria se alarga y desestabiliza una región hipersensible, donde la paz se mantiene con alfileres.

El mundo árabe fue la estrella en 2011 y lo seguirá siendo en los próximos meses. Porque se trata de una zona geoestratégica importante —petróleo e Israel— y también porque hay una simpatía natural hacia unos movimientos populares que derriban viejas dictaduras. Como la hubo hace treinta años hacia América Latina cuando cayeron los regímenes represivos que gobernaban en casi todo el continente. Hoy Latinoamérica, con su normalización democrática y el auge de las clases medias, no despierta tantas pasiones. Incluso, en el caso de Cuba, partidarios y adversarios del régimen castrista esperan, resignados, el desenlace biológico —la muerte de los hermanos Castro— que decidirá el futuro de la Isla.

El año pasado, los pueblos árabes han hecho el recorrido inverso y han roto finalmente con esa pasividad y ese miedo que los mantuvieron durante décadas bajo la férula de los Ben Alí, Mubarak o Khadafi. Los tres han sido arrastrados por la ola revolucionaria que ha recorrido el sur del Mediterráneo —el primero huyó a Arabia Saudí, el segundo está siendo juzgado por un tribunal egipcio y el tercero ha muerto a manos de sus súbditos— y que llamamos la primavera árabe, porque había que darle un nombre único para simplificar las cosas, a pesar de las enormes diferencias entre Túnez, Egipto y Libia. La mayoría de los dirigentes han logrado sobrevivir a los embates de la calle, unos por el camino de la negociación y de las reformas políticas —el rey Mohamed VI de Marruecos— y otros a través de la represión, como está ocurriendo ahora en Siria, donde habrían muerto miles de personas.

En el año I de sus revoluciones respectivas, los ciudadanos de tres países se han liberado de las dictaduras dinásticas que se perpetuaban en el poder. Queda ahora lo más difícil: crear instituciones consensuadas y dotarse de gobiernos legítimos. Los tunecinos son los únicos que han dado pasos concretos en esa dirección. Han celebrado en octubre elecciones libres y bastante transparentes, según la mayoría de los observadores. Hubo, sin embargo, una sorpresa desagradable para los partidos de izquierda, que habían participado muy activamente a la lucha contra la dictadura de Ben Alí: fueron arrollados por los islamistas. Pasó lo mismo en Egipto, donde los Hermanos Musulmanes y los salafistas están arrasando en las elecciones organizadas bajo la vigilancia de los militares, que siguen en el poder. Libia irá por el mismo camino cuando esté en condiciones de celebrar elecciones. Y Marruecos, donde la monarquía ha abierto un poco la mano, acaba de dar una victoria electoral importante a los islamistas del Partido de la Justicia y del Desarrollo, cuyo dirigente, Abdelilá Benkiran, ha sido nombrado primer ministro.

¿Habrá democracia en esos países si los islamistas llegan al poder? No hay garantía de nada, pero todas las revoluciones no terminan necesariamente como en Irán, donde los ayatolás no han permitido la alternancia política en los últimos 32 años. La situación en Irak tampoco es muy alentadora. Con la salida de las últimas tropas estadounidenses a mediados de diciembre pasado, el primer ministro, el chií Nuri al Maliki, se sintió con las manos libres para revivir el viejo conflicto interreligioso y mandó detener al vicepresidente, el suní Tarek al Hachemi, que logró huir. Y, probable consecuencia de esa persecución religiosa y política, han vuelto los coches bomba y los terroristas suicidas que se llevan por delante a decenas de civiles.

¿Veremos algo diferente en los países que han vivido esa primavera tan ilusionante para las nuevas generaciones árabes? La respuesta no puede ser la misma para todos, porque las situaciones sociales, económicas y políticas no son idénticas. Mucho dependerá también de los acontecimientos en Siria. Si Bachar el Asad no da su brazo a torcer y, para distraer la atención, provoca un conflicto regional con el apoyo de su cómplice iraní y de sus aliados en Líbano y en los territorios palestinos ocupados —Hezbolá y Hamás—, la primavera pasará a un segundo plano. Felizmente, los peores vaticinios no se cumplen siempre.