Viernes, 30 de Septiembre de 2016
01:27 CEST.
Unión Europea

'Merkozy'

La Unión Europea (UE) es como esos enfermos que pasan de la depresión a la euforia sin que se sepa muy bien por qué. Antes de la cumbre de Bruselas, que reunió la pasada semana a los mandatarios de los 27 países de la UE, los políticos y un sinfín de expertos nos pintaban un desenlace casi apocalíptico si no se llegaba a un acuerdo para atajar la grave crisis financiera que afecta a la región. Estaban en juego la supervivencia del euro e incluso el futuro de la UE, aseguraban. No era para tanto.

Apenas dos días de negociaciones, arduas sin duda, fueron suficientes para pactar algunas medidas y desatar la euforia. Los más felices eran la canciller alemana, Angela Merkel, y su aliado francés, Nicolas Sarkozy, porque lograron imponer su plan de austeridad fiscal, que prevé sanciones para los Estados que incurran en déficit en sus cuentas públicas. El británico David Cameron, en cambio, no ha dado su brazo a torcer y ha rechazado cualquier injerencia de Bruselas en las decisiones presupuestarias del Gobierno de Londres. No fue una sorpresa. Los ingleses siempre han tenido muchas reservas ante la integración europea y no se han apuntado al euro, la moneda común. Para ellos, la UE no es más que un simple mercado, mientras Estados Unidos sigue siendo su principal aliado político y cultural.

La victoria del tándem Merkozy, esa extraña pareja que copa en estos días el escenario político europeo y prepara su reelección en sus países respectivos, no pudo ser completa por culpa de Cameron, porque las reglas de la UE exigen actualmente la unanimidad para tomar decisiones que afectan a sus miembros. El problema, sin embargo, será resuelto dentro de poco con la adopción de una mayoría cualificada del 85%, que será incluida en un nuevo acuerdo suscrito por la eurozona antes del próximo mes de marzo. Se trata sin duda de una decisión acertada, que contribuirá a mejorar el funcionamiento de las instituciones europeas.

Ahora bien, el pacto fiscal acordado en esa cumbre podría ser insuficiente o, incluso, contraproducente para frenar la depresión económica que amenaza al Viejo Continente. Los economistas están divididos en dos grupos: unos comparten las tesis del dúo Merkozy sobre la necesidad de reducir el gasto público y la deuda, mientras otros rechazan las medidas de austeridad —agravarán la situación actual, dicen— y piden más créditos para crear puestos de trabajo para los 23 millones de desempleados de la UE. Hay un tercer grupo, más sensato, que propone una mezcla de esas medidas: control de gastos, sí, pero también facilidades de crédito para las empresas y los autónomos.

"La gobernanza europea es tremendamente compleja", comentaba un analista español en un intento por vislumbrar cómo haría cada gobierno para aplicar las decisiones de la cumbre de Bruselas. Y llegaba a la conclusión, ampliamente compartida, de que se ensancharán aún más las distancias entre las dos Europas, una rica y otra pobre. Hoy existe una Europa a dos velocidades (17 países usan el euro y 10 mantienen su propia moneda, entre ellos dos países muy prósperos, Dinamarca y Suecia), pero los más pobres se beneficiaban de los subsidios europeos y podían contratar deuda para alcanzar poco a poco el nivel promedio. Así ocurrió con España, Grecia y Portugal, que pasan ahora por momentos muy difíciles. Los países que salieron de la órbita soviética y fueron acogidos por la UE, especialmente Rumanía o Bulgaria, no tendrán las mismas oportunidades.

Se acabó la bonanza, es cierto, pero la UE sigue siendo una gran realización. Ese sueño, hecho realidad por una generación que había vivido una guerra devastadora entre europeos, pasa por un mal momento, pero quizá sea una oportunidad para corregir sus deficiencias. En su mayoría, los ciudadanos europeos no tienen la menor idea del funcionamiento de las instituciones europeas, pero las perciben como una enorme y costosa burocracia. Confunden el Consejo Europeo, dirigido por el belga Herman Van Rompuy, con la Comisión Europea, cuyo presidente es el portugués Durão Barroso, o el Eurogrupo (ministros de finanzas de los países del euro) con el Banco Central Europeo. Peor aún, todos esos tecnócratas designados por los Estados, en función de cuotas establecidas, no rinden cuentas ante los electores de los países miembros. Y esto a pesar de que sus decisiones tienen un enorme impacto sobre sus vidas y lo tendrán aún más después de la última cumbre.