Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
18:59 CET.

Democracias sin demócratas

Al enterarse de las recientes victorias electorales de los islamistas en Túnez, Egipto y Marruecos, varios amigos y muchos comentaristas expresaron su desconcierto y su desánimo. ¡Tanta "primavera" y tanto Facebook e Internet para que, al final, los sectores más reaccionarios de las sociedades árabes lleguen al poder por las urnas! Los primeros en sentir esa frustración son los jóvenes que arriesgaron la vida en la plaza Tahrir, en El Cairo, o los marroquíes del Movimiento del 20 de Febrero, que han rechazado las reformas constitucionales otorgadas por el rey Mohamed VI y han boicoteado las elecciones la semana pasada. Esos jóvenes temen ahora que les roben su revolución para implantar dictaduras de otro tipo, que limiten aún más las libertades individuales, especialmente para las mujeres y las minorías religiosas, y acaben con sus sueños de subirse al tren de la modernidad política.

El riesgo de un retroceso existe, sin la menor duda. Podría repetirse el guión iraní, que acabó con la dictadura del shah, en 1979, e implantó un régimen mucho más intolerante y autoritario. Sería catastrófico si Egipto, con sus 80 millones de habitantes, siguiera los pasos de Irán, porque todo lo que ocurre en las orillas del Nilo tiene repercusiones en el resto del mundo árabe. La victoria del Partido de la Libertad y la Justicia (Hermanos Musulmanes) en la primera fase de las elecciones legislativas —habrá dos fases más, el 21 de diciembre y el 10 de enero, en el resto del país— y de otro partido islamista de creación reciente, Nour, no deja de ser preocupante, a pesar de que todos los pronósticos iban en ese sentido. Sorprendieron, sin embargo, la alta participación electoral y el entusiasmo expresado ante las cámaras de televisión por los egipcios, indiferentes a las consignas de boicoteo lanzadas por los manifestantes de la plaza Tahrir, que desconfían de un proceso manejado por el régimen militar.

En Marruecos no hubo tanto fervor, pero la participación superó ligeramente el promedio de las elecciones anteriores. A diferencia de sus correligionarios egipcios, el sector más radical de los islamistas marroquíes no quiso concurrir a las urnas (no porque rechacen la vía electoral, sino porque se oponen a la disposición constitucional que reconoce al rey su calidad de jefe espiritual). Se trata de la organización ilegal Justicia y Espiritualidad, principal componente del Movimiento del 20 de Febrero, que congrega también a grupos de extrema izquierda y militantes de causas muy variadas. Las contradicciones entre islamistas, por un lado, y por el otro, esa alianza poco común entre laicos e integristas reflejan el pluralismo de la sociedad marroquí, que no parece dispuesta a poner todos los huevos en la misma canasta.

Hay otros indicios tranquilizadores, tanto en Marruecos como en Túnez, donde los líderes islamistas han moderado su discurso. Lo han hecho porque, a pesar de sus buenos resultados en las urnas, no han conseguido la mayoría absoluta y necesitan el apoyo de otros partidos para formar un gobierno. En ambos países, los islamistas están negociando con nacionalistas, socialdemócratas y ex comunistas, algo impensable antes de la Primavera Árabe. En estas circunstancias, no hay motivo para no creerle al futuro primer ministro de Marruecos, Abdelillah Benkirane, cuando dice que su programa tiene dos ejes: "la democracia y el buen gobierno". En lugar de dedicarse a perseguir, como lo hizo en el pasado, a las mujeres poco vestidas —según su criterio— y a los bebedores de cerveza, el jefe del Partido de la Justicia y del Desarrollo (PJD) se ha comprometido a priorizar los asuntos económicos, la creación de empleos y la lucha contra la corrupción.

¿Fingen los islamistas cuando se declaran a favor de la democracia, cuyas reglas les sirven ahora para ganar elecciones y llegar al poder? Es probable que sí, pero no es un comportamiento exclusivo de los islamistas. El venezolano Hugo Chávez o el nicaragüense Daniel Ortega tampoco creen en la democracia y hacen todo lo posible —modifican las constituciones, hacen fraude electoral, compran el voto e intimidan a los inconformes— para perpetuarse en el poder. El autoritarismo tiene, sin embargo, sus días contados cuando una parte sustancial de la sociedad se moviliza, como en Venezuela o en Egipto. La dinámica revolucionaria en el mundo árabe ha favorecido hasta ahora a los islamistas, pero otros actores han surgido y quieren competir en el juego político. La lucha por la democracia apenas comienza.

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