Viernes, 15 de Diciembre de 2017
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Egipto

Tahrir, segundo tiempo

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En febrero pasado, Egipto dio una lección de cordura al mundo árabe con la renuncia del presidente Hosni Mubarak bajo la presión popular. Por desgracia, se han confirmado las sospechas de que ese feliz desenlace había sido una trampa montada por la cúpula militar para quedarse con el poder. A esto se debe el regreso de decenas de miles de manifestantes a la plaza Tahrir, la enorme explanada en pleno centro de El Cairo donde todo empezó a principios de este año. Desde el 19 de noviembre, Egipto ha entrado en la segunda fase de su revolución, y el riesgo de un derramamiento de sangre crece cada día (la primera fase no fue totalmente pacífica: murieron unas 300 personas en tres semanas, pero las fuerzas de seguridad parecen actuar ahora con más saña).

¿Qué ha pasado durante los nueve meses que siguieron a la caída de Mubarak, desde que los 24 generales del Consejo Supremo de las Fuerzas Militares, encabezado por el mariscal Mohamed Tantaui, asumieron la dirección provisional del país? Casi nada. Tantaui no ha respetado sus compromisos de organizar elecciones presidenciales a corto plazo —acaba de hablar de junio de 2012—, los presos políticos siguen en la cárcel y los tribunales no han juzgado a los policías responsables de torturas y asesinatos. Peor aún, el Ejército no parece dispuesto a volver a sus cuarteles.

Ha quedado claro que los militares sacrificaron al presidente Mubarak para salvarse ellos. No parecen haber tenido nunca la más mínima intención de soltar el poder político, que ejercen desde el golpe contra la monarquía en 1952, liderado por uno de ellos, Gamal Abdel Nasser. Y no lo quieren soltar porque lo necesitan para proteger sus enormes intereses económicos (25% del PIB nacional, según las evaluaciones generalmente manejadas) y ponerse a salvo de cualquier acusación de corrupción.

La cúpula militar pensaba salirse con la suya, mareando la perdiz durante meses, con la esperanza de que el movimiento revolucionario decayera por cansancio y falta de recursos. Se equivocó. Como en Túnez o Libia, la juventud egipcia no está dispuesta a dejarse confiscar su revolución y ha dado sobradas pruebas de su valor ante la brutalidad de las fuerzas de seguridad. Ahora bien, los militares ya no pueden escudarse detrás de un Mubarak. Su poder y sus intereses vitales están en juego, y si se sienten amenazados actuarán con mucha más violencia contra los manifestantes.

¿Qué haría la comunidad internacional en caso de una represión masiva, con cientos o miles de víctimas? Es poco probable que ocurra en la plaza Tahrir, y nadie quiere imaginar una reedición de la matanza de Tian’anmen, en la China Popular de 1989. No tanto porque los militares no quisieran, sino porque el castigo financiero de parte de Washington y el aislamiento internacional precipitarían la caída del régimen. El mariscal Tantaui y su Consejo Supremo han dado señales de una cierta flexibilidad, con la designación de un nuevo Gobierno civil, dirigido por Kamal Ganzuri, que ya fue primer ministro con Mubarak a finales de los años 90. Es una medida para ganar tiempo, que no cambia nada en el fondo, pero tiene el mérito para el Gobierno de abrir la puerta a la negociación con un actor político clave, los Hermanos Musulmanes.

Los islamistas —el sector mejor organizado de la sociedad egipcia— estuvieron en Tahrir en la primera fase de la revolución pero se han acercado ahora al Gobierno militar. A diferencia del resto de la oposición, los Hermanos Musulmanes no quieren cambiar la fecha de las elecciones legislativas, previstas para la semana próxima. La razón es sencilla: están seguros de poderlas ganar, como acaban de hacerlo en Túnez los islamistas de Ennahda. Y todo parece indicar que, en su afán de neutralizar a los revolucionarios de Tahrir, el régimen se acomodaría a una victoria de los Hermanos Musulmanes.

La estrategia de los islamistas ha quedado en evidencia en un debate organizado por la televisión satelital de Qatar, Al Jazeera, entre un joven líder de Tahrir y una representante de los Hermanos Musulmanes. Éstos consideran que "las elecciones son el mejor camino para romper el actual bloqueo político", mientras los otros las ven como una maniobra del régimen para acabar con la revolución. El pulso sigue, y habrá sin duda un tercer tiempo.

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